304. El valor de una sencilla aceituna para Pepe
Pepe vio la última aceituna cuando ya habían anudado los sacos.
Estaba debajo del olivo viejo, encajada entre dos terrones, medio negra, medio morada, con una hoja pegada a la piel. Habían pasado tres veces por allí sin verla. A esas horas la luz de noviembre entraba baja entre los troncos y el bancal tenía el aspecto cansado de las cosas después del trabajo: ramas descargadas, hojas arrancadas, tierra removida, las lonas dobladas junto al camino.
Su hermano hizo sonar el claxon.
—¡Pepe! ¡Que se nos hace de noche!
Pepe levantó una mano.
—¡Voy!
No fue.
Miró la aceituna.
A los setenta y nueve años uno conoce perfectamente qué movimientos van a doler antes de hacerlos. Pepe llevaba tres días recogiendo y desde el mediodía sentía una punzada que empezaba en la cintura y terminaba en la pierna derecha. Había pasado más de cuarenta años trabajando de mecánico y conservaba la mala costumbre de tratar su propio cuerpo como había tratado los motores: mientras arrancara, se podía seguir.
Dio dos pasos hacia el árbol.
—¡Pero hombre! ¿Qué haces ahora?
Su hermano había salido del coche.
Pepe separó unas hojas con la punta de la bota.
—Nada.
—Pues haz el favor de hacer nada dentro del coche.
Se inclinó.
A mitad del movimiento tuvo que detenerse. Apoyó la palma en la rodilla, esperó y terminó de bajar.
—No me lo puedo creer.
Pepe cogió la aceituna.
—¿Has vuelto por eso?
Se incorporó despacio.
—Estaba ahí.
—También hay piedras y no te las llevas.
Pepe limpió la aceituna con el pulgar.
—Las piedras no dan aceite.
—Esa tampoco. Esa sola no da ni para manchar el pan.
Pepe levantó los ojos.
—¿Cuánto hemos recogido?
—Yo qué sé. Bastante.
—¿Y ese bastante de dónde ha salido?
—No empieces.
—Te lo pregunto.
—De los árboles, Pepe.
—No. De una, y otra, y otra. A mí no me ha bajado del cielo ninguna garrafa llena.
—Y por esta te vas a arreglar la jubilación.
Pepe cerró la mano.
—No. Pero es mía.
Su hermano dejó de sonreír.
Pepe abrió uno de los sacos y dejó caer dentro la aceituna.
Ni siquiera se oyó.
Durante toda su vida había reparado cosas que otros daban por perdidas.
Primero en un taller ajeno y después durante años en el mismo taller donde acabó jubilándose. Motores gripados, culatas, embragues, carburadores cuando todavía había carburadores, coches que llegaban en grúa y salían por la puerta haciendo un ruido que solo él parecía escuchar.
—Todavía pica un poco —decía el dueño.
Pepe levantaba el capó.
—No pica. Tú has aprendido hoy que el coche hace ruido.
No le gustaban los clientes que se quedaban mirando mientras trabajaba.
—¿Le importa si veo cómo lo hace?
—No.
Dos minutos después:
—¿Me pasa la trece?
—¿Qué?
—La llave del trece.
—Ah.
—Ya que mira, por lo menos trabaje.
Había aprendido a desconfiar de las averías fáciles y de las personas que empezaban una frase con «esto son cinco minutos».
Las máquinas, decía, avisaban.
Las personas eran otra cosa.
Cuando se divorció descubrió que una casa también podía averiarse sin hacer ruido.
No hubo una gran escena final. Hubo papeles, reparto, llamadas cada vez más breves y un día en que cerró una puerta y comprendió que al otro lado quedaba una parte de su vida.
Sus hijas eran ya mayores.
Pepe jamás decía que no lo quisieran.
Decía:
—Tienen sus cosas.
Era la frase que utilizaba cuando alguien preguntaba por ellas.
—¿Y tus chicas?
—Bien.
—¿Las ves mucho?
—Tienen sus cosas.
Y cambiaba de conversación.
Algunas semanas el teléfono no sonaba.
Otras sí.
Una tarde, mientras limpiaba con un trapo una llave inglesa que llevaba años sin necesitar, vio en la pantalla el nombre de una de sus hijas.
Contestó inmediatamente.
—Hola.
—Papá, ¿qué haces?
—Nada. ¿Tú?
—Corriendo, como siempre. Oye, te quería preguntar una cosa.
Pepe dejó el trapo sobre la mesa.
—Dime.
—¿Tú sigues teniendo aquel juego de herramientas grande?
Miró la caja metálica que tenía delante.
—Sí.
—Es que a Dani le hacen falta unas cosas para el garaje y he pensado que como tú ya no trabajas…
Pepe permaneció callado.
—Papá.
—Estoy.
—¿Lo usas?
Miró las llaves colocadas por tamaños.
Algunas tenían cuarenta años. Con una había desmontado el primer motor después de casarse. Otra conservaba una pequeña muesca que él mismo había hecho para distinguirla de las del taller.
—Alguna vez.
—Pero para cuatro cosas de casa tendrás otras.
Pepe cogió la llave del trece.
—Que venga Dani y coja lo que necesite.
—Ay, gracias. Ya sabía yo que contigo no habría problema.
—¿Cómo estáis?
Hubo una pausa pequeña.
—Bien, bien. Los niños enormes. Luego te llamo con más tiempo, ¿vale? Que voy fatal.
—Vale.
—Un beso, papá.
—Otro.
La llamada duró dos minutos y cuarenta y siete segundos.
Pepe no miró el tiempo.
Dejó el teléfono boca abajo.
Luego volvió a colocar la llave del trece en su sitio.
Dani nunca fue a recoger las herramientas.
Pepe tampoco volvió a mencionarlas.
Los olivos eran diferentes.
No llamaban cuando necesitaban algo.
No prometían venir.
No tenían prisa.
Había que podarlos cuando tocaba, limpiar alrededor, mirar el fruto y aceptar que un año dieran más y otro menos. A cambio no prometían nada.
A Pepe aquello le parecía un trato limpio.
Nunca decía «mi olivar». Decía «los olivos».
Eran pocos y desiguales. Uno crecía torcido hacia el camino; otro había perdido media copa durante una tormenta; el del fondo daba una aceituna pequeña que costaba Dios y ayuda recoger. El más viejo tenía el tronco abierto y una oquedad oscura en la madera.
Pepe sabía cuál necesitaba poda, cuál venía cargado y cuál iba a engañarlo con mucha hoja y poco fruto.
No decía que los quisiera.
Los cuidaba.
Era otra cosa.
Y los necesitaba.
También era otra cosa.
Su pensión entraba puntualmente.
—No alcanzo mal —decía.
Nunca «cobro poco».
Podía pagar la luz, el agua, la compra, la contribución. Podía comprar aceite.
Naturalmente que podía.
El problema de una pensión pequeña no consiste siempre en no poder comprar algo. Consiste en que cada cosa que compras ocupa el lugar de otra.
Pepe sabía hacer esa cuenta mejor que muchas multiplicaciones.
Una tarde se detuvo ante el aceite en el supermercado.
Cogió una botella.
Miró el precio.
La volvió a dejar.
Cogió otra.
—¿Pero esto qué lleva?
Una mujer que estaba a su lado se volvió.
—Aceite.
—Eso pone. Yo buscaba dónde dice que viene también la sartén.
La mujer se rio.
—No dé ideas.
—Yo tengo olivos.
—Pues tiene usted un tesoro.
Pepe miró otra vez el precio.
—No. Tengo trabajo.
Compró una botella pequeña porque todavía faltaban semanas para disponer del suyo.
Guardó el recibo.
Esa noche volvió a mirar el precio.
Al día siguiente llamó a su hermano.
—El jueves empezamos.
—Han dicho que puede llover.
—Por eso.
—A tus años podrías comprar el aceite y dejarnos tranquilos a todos.
—¿Me lo vas a comprar tú?
—No.
—Pues el jueves.
Y colgó.
En la cooperativa olía a hoja machacada, aceituna húmeda, gasóleo y maquinaria caliente. Pepe conocía aquel olor mejor que los nombres modernos que aparecían en las botellas de aceite.
Cuando llegó su turno, miró la báscula.
—¿Está bien?
El trabajador ni levantó la cabeza.
—Siempre está bien hasta que marca menos de lo que esperabais.
—Pues hoy está regular.
—¿Esperabas más?
—Llevo setenta y nueve años esperando más.
El hombre levantó entonces la cabeza.
—Eso ya no te lo peso yo.
Pepe sonrió.
Esperó el cálculo.
—¿Cuántos litros?
Se lo dijeron.
—¿Y en garrafas?
El trabajador hizo la cuenta.
Pepe frunció el ceño.
—Hazla otra vez.
—Va a salir lo mismo.
—Entonces no te costará nada.
El hombre repitió la operación.
—Lo mismo.
Pepe asintió.
—Ahora sí.
Cuando tuvo el aceite en casa colocó las garrafas contra la pared.
Una al lado de otra.
Las contó.
Después preparó dos aparte.
Una para cada hija.
No las llamó.
Pensó que ya vendrían.
Pasaron varias semanas.
Una tarde sonó el teléfono.
Era una de ellas.
—Papá, ¿sigues teniendo aquel taladro?
Pepe miró las dos garrafas que seguían separadas junto a la pared.
—Sí.
—Es que…
La dejó hablar.
Cuando terminó, Pepe dijo:
—Cuando vengas, llévate también aceite.
—Ay, sí. Genial. Que está carísimo.
—Tengo una garrafa para ti.
—Pues me haces un favor enorme.
Pepe miró la otra.
—Hay otra para tu hermana.
—Pues ya se lo digo yo.
—No. Ya se lo diré yo.
—Como quieras. Papá, te dejo, que voy conduciendo.
—No hables conduciendo.
—Llevo manos libres.
—Me da igual.
—Ay, papá…
—Cuando llegues me llamas.
—Sí, sí. Un beso.
No llamó al llegar.
Dos días después apareció a por el taladro.
Se llevó también la garrafa.
Pepe la acompañó hasta el coche.
—Ponla de pie.
—Papá, sé llevar una garrafa.
—El tapón puede perder.
—Que sí.
—Y el taladro no lo dejes en el maletero si llueve.
—No va a llover.
—Eso no lo sabes.
Su hija cerró el maletero.
—¿Necesitas algo?
La pregunta llegó cuando ya tenía la puerta del coche abierta.
Pepe tardó demasiado en responder.
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Pues te llamo.
—Vale.
La vio marcharse.
Después entró en casa.
La otra garrafa permaneció junto a la pared.
Mucho después, a varios kilómetros de allí, frente al Hospital La Fe de Valencia, otros olivos dieron fruto.
Las aceitunas comenzaron a caer.
Primero unas pocas.
Después tantas que había que mirar dónde se pisaba.
Algunas permanecían enteras junto a los alcorques. Otras reventaban bajo las suelas y dejaban una pasta oscura sobre el pavimento. Las ruedas pasaban por encima. La gente las esquivaba para no mancharse.
Una mujer que salía del hospital apoyada en el brazo de su hija pisó una y perdió ligeramente el equilibrio.
—¡Mamá!
—No ha sido nada.
—Mira por dónde vas.
La mujer bajó los ojos.
—¿Todo esto son aceitunas?
—Sí.
—¿Y no las recoge nadie?
—No sé, mamá.
La mujer levantó la cabeza hacia las ramas.
—Con el precio que tiene el aceite.
—Vamos, que tenemos el taxi esperando.
Dieron unos pasos.
—Tu abuelo no habría dejado ni una.
—Mamá…
La mujer volvió la cabeza.
—Ni una.
Siguieron andando.
Detrás de ellas, una aceituna reventó bajo una rueda.
Este año las recogieron.
Alguien llegó antes que los zapatos.
No sé quién tomó la decisión ni qué destino tuvo el fruto.
Pero las recogieron.
Pepe no supo nada.
Un mediodía abrió una de sus últimas garrafas.
La inclinó sobre un embudo. El aceite descendió primero en un chorro grueso y después fue adelgazando.
Hasta detenerse.
Pepe no retiró la garrafa.
Esperó.
Una gota se formó en el borde.
Cayó.
Otra.
Esperó.
—Vamos…
Cayó una tercera.
La dejó vacía sobre la encimera.
Entonces sonó el teléfono.
Pepe miró la pantalla.
Era su hija.
Contestó.
—Hola.
—Papá, una cosa. ¿Tú tendrás todavía…?
Pepe miró la garrafa vacía.
Después miró por la ventana.
—Dime.
Meses antes había tardado unos segundos en agacharse por una aceituna que no alteraría el peso de su cosecha.
Frente a La Fe hicieron falta años para que alguien decidiera recoger las otras.