303. Getsemaní

Marlena Agata Trelka

 

Cuando empezaba la cuaresma íbamos, a través de la nieve, a una iglesia helada a pesar de los radiadores puestos al máximo. Mi imaginación volaba mientras escuchaba los salmos que empezaban con las palabras «En el huerto de los olivos…». Veía a Jesús arrodillado bajo la sombra de uno de ellos, mirando al cielo, en una tarde templada, dorada, hablando con su Padre por última vez.

Décadas después llegué a Córdoba. Era agosto. Busqué ese huerto sin saber por qué. Cuarenta y cinco grados. Los olivos que encontré no eran frondosos: hojas pequeñas y duras, plata por el envés, troncos retorcidos como puños cerrados contra la sequía.

Comprendí entonces, pese a todo lo heredado y la infancia religiosa, algo que se me había escapado siempre. Aquel hombre no eligió cualquier árbol para su última noche de duda. Eligió el único capaz de sobrevivir a lo que él estaba a punto de atravesar: uno que crece donde nada debería crecer y da frutos, que tarda generaciones en hacerse fuerte. El olivo no ofrece sombra fácil, sino algo mejor: la prueba de que se puede resistir el fuego y, después, dar aceite, luz, alimento, durante mil años más.

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