294. La última cosecha

Carlos Hugo Burgstaller

 

Antonio levantó con delicadeza la aceituna oculta entre los terrones de tierra. Le sopló el polvo que la cubría. Miró el cielo y los olivares que lo rodeaban. No era el peso de los años, ni las cicatrices del trabajo las que le nublaban la vista. Un brillo interno, blanco, casi cegador le llegaba desde el fondo de esa pequeña forma que sostenía en su mano

Parpadeó un par de veces para recobrar una vista ya muy fatigada. Y en una epifanía laica se vio, en el brillo de aquella fruta, siendo un niño corriendo detrás de los hombres que cosechaban las aceitunas. Vio la falda al viento de una joven Carmen. Los ojos profundos y sin futuro de su primer hijo. Los canastos, los carros, el viento y el horizonte de una tierra que nunca fue suya, aunque en ella fue dejando su vida. Las blancas paredes de su casa de piedra. La muerte de su padre y la cruz que señalaba su tumba.

Suspiró, negó las lágrimas y decidió a apoderarse de su pasado y de lo que le quedaba de vida, tragó la aceituna en un último adiós.

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