292. La luz que queda…

Miguel Morales Reina

 

Amanecía un nuevo día en la campiña y el calor ya apretaba…

Jorge estaba emocionado. Después de mucho insistir, hoy me acompañaba en mis labores. Se levantó antes que yo, cuando terminé de vestirme, ya esperaba en la puerta con su talega preparada.

Le había conseguido una vara pequeña, a su medida. Desde que apenas levantaba un palmo, cogía cualquier rama y se enfrentaba a los imponentes olivos del abuelo, decidido a varearlos.

Antes de las diez ya se había comido su hoyo con aceite y descansaba a la sombra de un olivo. Me acerqué a él y un destello me cegó…

Por un instante volví a ser un niño…

Mi padre caminaba entre aquellos olivos hablando de una buena cosecha y de un aceite que guardaría el alma de nuestra tierra.

Parpadeé y regresé al presente…

El destello nacía de la placa que colocamos en ese olivo en memoria de mi padre, pues quiso quedarse para siempre entre sus campos.

Una lágrima me recorrió la mejilla. Abracé muy fuerte a mi hijo y observé como la luz acariciaba su rostro…

Entonces comprendí que el verdadero oro no brota de la tierra, sino de la memoria…

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