288. El mejunje

Aurora Bueno Marco

 

Las morcillas se resbalaban entre mis dedos como serpentinas de papel. El aceite de oliva brotaba con impaciencia, como bocanadas de aire esperando la tripa natural. Al caer a la sartén, se fundían en un abrazo caliente; el aceite se entrelazaba con la sangre de cerdo, la cebolla hervida y la grasa. La morcilla se rebelaba, abriéndose en canal, entrelazándose con el aceite de oliva.

El olor llegaba a mí, alimentándome como un aroma nutritivo. Chafaba la morcilla con el tenedor, con ansiedad. El aceite de oliva se transformaba gradualmente en oro negro. La turma del toro cayó con un peso imponente; el aceite gritó, salpicándome la cara.

La gota de aceite me quemó el párpado, dejando su enfado en mi piel. Retiré la sartén con rapidez, emplaté la comida con apuro; el hambre me daba golpes de atención y el intestino me hablaba con violencia. El rosco de pan de espelta lo mojé en el mejunje proteico y el aceite explotó en mi boca con un gusto delicioso.

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