285. La última aceituna

Luis Lexandel Pita Garcia

 

El inspector llegó al olivar con una carpeta y la certeza de que aquello era un fraude. Los árboles, decían, lloraban aceite de oliva virgen extra por las noches. Un milagro, repetían. Una estafa, pensó él. Acampó entre las hileras. Esperó. A las tres de la madrugada, el olivar comenzó a susurrar. No eran hojas. Eran voces. Miles de voces antiguas hablando en lenguas muertas, contando historias de podas y sequías, de manos quebradas por el frío, de niños que aprendieron a caminar entre surcos. El inspector quiso huir. No pudo. Una aceituna cayó en su mano abierta. Estaba tibia. Late, pensó, y se rió de su locura. Pero latía.

Al morderla, no encontró amargor. Encontró a su bisabuelo, al que nunca conoció, cantando una canción de aceitunas mientras ordeñaba un olivo que sangraba oro verde. Despertó al mediodía, solo, en un campo común. En su carpeta, en lugar del informe, había una receta escrita con letra temblorosa: pan, tomate, aceite, silencio. Nadie volvió a verlo. Pero en el pueblo aseguran que hay un olivo nuevo, el más joven del olivar, y que sus aceitunas, al caer, pronuncian su nombre. El oleoturismo, dicen, nunca fue lo mismo.

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