280. Historia del libre albedrío

El abate joven

 

El antropólogo de Princeton dijo que Apolo enseñó al hombre cómo empezar un poema o terminar con un amante. El historiador, enviado por Oxford al simposio, añadió que Atenea se empeñó en que aprendiéramos a lucir una armadura con estilo y no nos ensañáramos con el adversario caído. El teólogo de la Santa Sede insistió en la tesis de San Agustín de una sola alma y una sola voluntad. El matemático de Riga afirmó que el origen del conflicto era la incompletitud de nuestro lenguaje para definir la realidad. Asentí con la cabeza y contesté  que  todo eso estaba muy bien, pero, ayer mismo, en el hotel, había recibido una llamada  publicitaria ofreciéndome  un contrato con más datos y un teléfono de saldo y sin pensarlo dos veces salí corriendo a firmarlo. No habría parado de no ser por el aroma que me llegó al pasar junto al restaurante. «¿Aroma?», preguntaron los cuatro investigadores al unísono. «Sí», dije y añadí: «A aceite de oliva impregnando una pipirrana,  con su tomate, su cebolla, su atún y sus aceitunas negras. ¿Adivinan, caballeros, a dónde fueron a parar el contrato, el teléfono, los datos, Apolo, San Agustín, el lenguaje, Atenea y su armadura?».

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