276. Aquel sol

Fiore Renard

 

La abuela decía que el tiempo no se mide en horas, sino en cosechas. Su almazara olía a hierba fresca, a piedra húmeda, fantasía y paciencia.

Cada otoño, vareábamos con entusiasmo los olivos centenarios, como niños sacudiendo el polvo en armaduras de guerreros firmes. Una falange en resistencia eterna contra el gélido viento de la sierra. La aventura terminaba siempre en la inmensa prensa de granito, la cual despertaba con un bramido dócil para transformar nuestro esfuerzo en un hilo denso y esmeralda.

Una tarde de invierno, con las manos ya temblorosas por la edad, descorchó una botella y vertió un chorro dorado sobre una rebanada de hogaza aún tibia.

—Pruébalo despacio —me susurró, mirándome con ojos sabios, cansados pero expectantes—. No es solo zumo de aceituna; es el sol del verano que conservamos cristalino como remedio infalible para el frío invierno.

Cerré los ojos. El primer bocado contrastó el apacible amargor térreo del campo con un picor limpio en la garganta que supo a vida y fiesta. Sonreí. Sonreímos.

Treinta años después, cada vez que destapo una aceitera, la abuela sigue viva en esa gota que resbala lenta, iluminando la mesa como un sol nostálgico.

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