275. Envero

Tinajera

 

Una botella de plástico verde hace que me detenga en la estantería del supermercado. Lleva olivos en la etiqueta y un código QR. En casa, al romper el precinto, el flujo viscoso del aceite cae sobre las patatas y las zanahorias, previamente sazonadas. Los aldehídos del envero se expanden por la cocina, evocando recuerdos de mi pasado.

La enorme puerta de hierro de la almazara volvía a abrirse. La molinera, menuda y vivaracha, nos guiaba por un garaje de vigas oscuras, nidos de pájaros, gasoil y guano. Al fondo, se percibía un olor a alpechín que iba aumentando. Tras otra puerta, estaba el santasanctórum: máquinas negras de aceite, tinajas enormes. Una pátina oleosa cubría todo, incluso el delantal limpio de la almazarera. Esta llenaba nuestras garrafas con una tinajera de aluminio; siempre se derramaba. Al cobrar, los billetes de mil pesetas desaparecían en su bolsillo de sarga.

Escaneo el QR. En la pantalla aparece la hija de la molinera hablando de oleoturismo; de fondo, esas mismas máquinas restauradas. Degusto mi cena. Mientras, la nueva almazarera nos ofrece un recorrido virtual por las instalaciones.

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