274. El verdadero sabor

Cembe

 

Todos los lunes por la noche repetíamos el ritual.

─¿Qué queréis de cenar? ─preguntaba mamá a viva voz desde la otra punta de la casa.

Mis hermanos y yo, tras una mirada cómplice gritábamos a coro:

─¡Pan con aceite y sal!

De inmediato, dejábamos nuestros juegos y enfilábamos el pasillo a la cocina ─así no manchábamos en el salón─. Entre risas, improvisábamos un descoordinado desfile infantil, mientras entonábamos un alocando mantra:

─¡Pan con aceite y sal! ¡Pan con aceite y sal! ¡Pan…

 

─¿Y a ti? ¿A qué te sabe? ─me pregunta mi esposa.

Vuelvo a mi vaso de cata azul. El aceite aún impregna mi boca.

─Hace mucho que no llamo a mamá.

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