272. Un algo-ritmo con mucho arte

Víctor Manuel Valdesueiro Bernabé

 

Un sueño recurrente viene a mi cabeza una y otra vez. Mi familia tiene miedo. Hablan entre suaves susurros de viento porque saben que, tarde o temprano, vendrán a por nosotras.

La noche es cerrada. El otoño ha llegado al cortijo y unos nubarrones, deseosos de soltar su pena, ocultan la luna.

Todo sucede a cámara lenta. Llegan exhalando vapor y haciendo crujir la hierba bajo sus pies. Rodean a mi padre, pertrechados con largas varas. A pesar de ser centenario, sigue siendo robusto y achaparrado como un olivo.

Él intenta protegernos, pero vuelve a perder la batalla y a ver partir a sus pequeñas de piel color aceituna. Sus brazos quedan desnudos, como ramas sin fruto.

Nuestra carne, firme y redondeada, es exprimida con tanta fuerza que abandonamos el cuerpo convertidas en oro líquido. Y aquí estoy ahora, encerrada, virgen y pura, esperando que alguien disfrute de mis bondades.

El cliente escuchó la historia, entre incrédulo y apesadumbrado, y mandó cambiar su dónut por una tostada de aquel irresistible elixir.

El camarero no entendía nada. Era el cuarto cliente que, tras sentarse frente a la nueva aceitera de última tecnología, cambiaba la comanda por pan con aceite de oliva.

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