271. Hacia el norte

Roberto Pili

 

Cerró los ojos, deseaba descansar. Apoyó la espalda huesuda en una piedra grande que presidía el lugar donde habían decidido parar. Lo que hubiera dado por una ducha… En el deseo la fantasía vuela, y los recuerdos. Aparecieron como otras veces, en algún lugar detrás de sus párpados, las agradables imágenes de una infancia que se le hacía cada día más presente y añorada. A menudo pensaba en su abuelo. Todavía conseguía recordar su voz. Sentía en su cuerpo el de aquel niño nervioso, las piernas tensas por el esfuerzo de moverse al compás del andar lento, pausado de su abuelo. Volver atrás era una gozada. Se le dibujó una sonrisa en la cara. Durò poco.

Mucho de lo que ahora sufrían había empezado a verse cuando él todavía estaba. Todo el mundo sabía, no se hacía más que hablar de lo mismo. No sirvió para nada. Nuestra especie es testaruda en los errores que comete. No importa que sean claras las consecuencias, sabemos no pensar en la muerte a sabiendas de ser mortales. Recordó una vez más los paseos juntos por el olivar, cuando pasado el verano más crudo, avisaba el otoño de su llegada con esa confusión de colores y frescura tan agradable. Las cosas se complicaron pronto, antes de las previsiones más pesimistas. El sufrimiento que compartía con millones de seres vivos reapareció al abrir los ojos, al mirar esas pocas decenas de mujeres y hombres que le acompañaban y que como él intentaban recuperar fuerzas. Volvían los recuerdos, se mezclaban los años y el verdor de las ramas con los brazos resecos de los olivos, las lágrimas con el miedo.

Sacó de la mochila el cuaderno donde un tiempo le gustaba escribir cualquier cosa. Ahora cabía poco más que una simple crónica de viaje, un diario, el día a día. Anotaba escuetamente lo que pasaba, el papel era escaso. Abrió una página del principio: En la mesa hay de todo y todo poco me apetece. Un vaso de vino, una rebanada de pan con aceite, una loncha de chorizo. Hoy he cumplido con eso de que hay que alimentarse. No tengo ánimo. Las voces de las charlas de mi familia, de los amigos que rodean la mesa, me llegan como sonidos debajo del agua. Ay, el agua… son 42 meses que no cae una gota de lluvia. Querido abuelo, de lo que te has librado. El olivo que me regalaste en tu olivar se secó. Hace tiempo de aquello. Ya no hay agua más que para beber, cocinar y lavarse, poco. La otra noche se llevaron a Toni. Había hecho un empalme al tubo rojo del Ayuntamiento. Robar agua… Le escuché hablar. Dónde estaba no se le veía pero entendí que escupía palabras con su mujer. Casi una letanía: “pues sí, eso, vale, eso… pero si se muere el olivar prefiero pudrirme en la cárcel. Déjalo ya, déjalo ya… no reces por mi Rosa. Pégate un tiro, que en el paraíso en el que crees, el mentiroso del cura dice que no hay restricciones, que hay agua y hasta cascadas, la madre que le…  

Se mezclaban cosas y momentos, bailaban los años.

Empezaron a pasar los días encerrados, las máquinas renqueantes para hacer soportables esos meses infernales que se alargaban cada año. Su padre se desvivía para que las plantas se mantuvieran fuertes. No tardó mucho en tener que rebajar las expectativas: que por lo menos aguantaran vivas. Hasta los más fuertes claudicaban y lo peor estaba siempre al acecho.

Se organizaron. Los turnos cubrían la noche. A la luz del día, cuando estar al aire libre resultaba peligroso, pequeños grupos se movían en coches adaptados para vigilar los olivares. Al primer aviso se podía conseguir llegar rápido, apagar las primeras llamas. Pero no siempre daba tiempo. Compraban agua a precio de gasolina, quizás a los mismos que pagaban a los locos. En un principio pocos se lo creían, deseaban que así no fuera. Las temperaturas eran tan elevadas que una reacción natural no podía ser descartada: una, no diez. Una tarde cazaron a uno. Confesó: le habían pagado. No fue posible sacarle nombres. El tipo temía por su familia, si cantaba.

Un crujido le despertó de sus ensoñaciones. Los caballos avisaban. Alguien intentaba forzar el almacén. Se levantó pegando un grito: ¿Quién va ahí? 

Eran semanas que andaban, andaban hacia el norte, dos carros, cuatro tablas de paneles solares, dos caballos, unas cincuenta personas. Al principio al menos. Algunos se habían quedado sin fuerzas. El destino era un lugar donde la vida fuera aguantable: al norte, muy al norte. ¿Existía de verdad ese lugar? Se lo creyeron lo suficiente como para organizarse y partir. Pensar en cuánto tardaría en llegar la ruina también allí ¿Para qué hubiese servido?.

Tocó en su bolsillo la ramita ya lisa de tanto frotarla. Su padre se la dio con los ojos lúcidos: “se ha muerto, ya se ha muerto”. No hablaba de una persona. Quizás para él el olivo de la tierra roja era algo más. Esa mancha de color en el gris del olivar ayudaba a orientarse en un campo con pocas referencias. No para su padre que allí había pasado su vida entera. Se conocía los olivos uno a uno, como a sus hijos. Fue el único olivo que ese año soltó unas poquitas hojas. A los demás ya se los había llevado otro fuego sin llama. Setenta grados. No habían pasado 5 años desde la primera vez que vieron con asombro esa cifra en el monitor. Encerrados en casa miraban la pantalla de control que les habían obligado a instalar. Aparecieron esos números imposibles, absurdos. La señal venía del detector plantado en medio del olivar. Dos horas aguantó firme, sin bajar de una décima de grado. No se podía hacer nada. Refugiarse y esperar. No caía una gota desde hacía 7 años. 

En un frasco, bien protegido en el carro, descansaba el último litro de aceite. No se podía tocar. Testigo de una época que, como la tristeza verde de las últimas aceitunas, temían que no volviera jamás. Abrió la puerta reforzada del carro almacén, verificó que no faltaba nada y volvió a cerrarla. Los caballos relinchaban todavía.

El abuelo se ahorró mucho miedo, mucho dolor. Viviendo él todavía no se había manifestado completamente esa destrucción anunciada. Desaprensivos, locos y ciegos, interesados los que vendían la teoría de una simple mala racha. Algunos seguían confiando que no tardaría en volver la aceitunera de siempre, los días duros, duros y tan alegres de la recogida. Allí, no.

También se ahorró la granizada. Diez minutos interminables en los que el cielo escupió piedras como nueces y acabó con la esperanza hasta de los más optimistas. Aquello era una sentencia de muerte. El olivar no se recuperaría jamás. Acabado el granizo salió un sol de justicia, las temperaturas pasaron de doce a cuarenta y cinco grados en menos de media hora y el festín de la maldición fue definitivo. Por las ramas destrozadas se coló todo lo que el demonio había mandado a esa tierra miserable. Los árboles se llenaron de manchas negras, se agrietaron las ramas que no había destrozado el granizo y un enjambre de bichos asquerosos atacaron las raíces vivas, acabando bajo tierra la obra destructora del cielo. 

Cerrar los ojos y salvarse de esos recuerdos con otros más antiguos, que atesoraba, por lo menos había que intentarlo, y lo intentaba. Abrirlos era condenarse a ver las consecuencias de esa pesadilla. Tragar lágrimas para no hundir a los demás. Asustados lo estaban todos, él incluido. Había que retomar la marcha. Muchos se habían levantado reordenando los pocos enseres que les fue permitido llevarse. 

Día tras día, sumando quilómetros, lentos pero sin parar, notaban que el calor amainaba lo suficiente para creerse que existía algún lugar en la Tierra donde vivir en paz por lo menos con el clima. Unos camiones los habían llevado hasta la zona de partida, donde ya no se permitían medios motorizados. Desde allí, andando. La gente del campo iba siendo más amable conforme iban avanzando y el trueque les permitía conseguir lo suficiente para no pasar demasiada hambre, ni sed. Una noche un ligero temblor del cuerpo le sorprendió. No, no era miedo, ni cansancio, era otra sensación, algo casi olvidado: un escalofrío. ¿Desde cuándo no sentía eso? Algunos se miraron con una mezcla de sorpresa y alegría. Hacía frío. Todavía faltaba mucho para alcanzar el destino previsto. Habían firmado unas cartas donde se indicaba con exactitud hasta donde tenían que llegar y allí, sólo allí podían pararse. 

La primera gota la notó en una mejilla, otra en la mano. Llovía. Los más pequeños no habían visto eso nunca y corrían enloquecidos para recoger con cualquier objeto ese líquido bendito. No hacía falta. Desde ese momento hacia adelante, los cuentos se harían realidad y verían el agua que cae del cielo muchas otras veces.

Justo ese día tocaba revisión del carro almacén. Había que tener muy claro lo que quedaba, lo que podían intercambiar, lo que podía utilizarse y cuando. Cuánto tocaba a cada uno. En el rincón derecho, debajo del ventanuco de aireación, un rayo de luz iluminaba el tiesto verde. Estaba lleno de tierra del olivar de su abuelo. Notó algo nuevo. Se acercó y los ojos se le llenaron de lágrimas. Las hojas diminutas que asomaban del ocre de la superficie él las había visto en algún momento de su niñez, después sólo en fotografía. Hasta ese momento.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad