268. Volví a caer
No supe que iba a caer hasta que la rama dejó de sostenerme.
Antes de eso solo hubo tiempo: luz, agua, savia; el calor creciendo sobre mi piel y retirándose cada noche; el viento que llegaba de la sierra y hacía crujir las ramas. La lenta obstinación de estar viva sin saber para qué.
Nací una primavera, entre flores blancas que apenas duraron unos días. Al principio fui poco más que una promesa verde prendida a una rama. Nadie reparó en mí. Éramos miles, y el árbol nos sostenía a todas con la paciencia de quien lleva mucho tiempo haciendo lo mismo.
Yo aún no sabía que aquel era un árbol viejo; lo aprendí por el modo en que resistía. El viento podía bajar furioso de la sierra y revolvernos, pero el tronco apenas cedía. Había inviernos dentro de aquella madera, veranos, cicatrices cerradas alrededor de ramas que ya no existían. A veces una mano recorría su corteza y se detenía en alguno de sus nudos. Entonces intuía que allí había sucedido algo, aunque no pudiera saber qué.
Durante meses conocí el mundo desde aquella rama. Aprendí el peso del aire antes de la lluvia, el temblor de los insectos al posarse cerca, el rumor de las abejas entre las últimas flores, unos pasos bajo nuestra sombra, el motor de una máquina trabajando lejos. Por las mañanas, unas gotas de agua amanecían sobre mi piel y tardaban unos minutos en desaparecer.
Después llegó el calor. La tierra perdió su olor húmedo, las hierbas se volvieron ásperas y amarillas y el aire dejó de moverse durante las horas centrales del día. Algo se acumulaba dentro de mí al mismo tiempo que aumentaba mi peso. No tenía nombre para aquello. Solo sentía que retenía una parte minúscula del verano, como si la luz entrara en mí y ya no encontrara la salida. Julio fue luz; agosto, resistencia.
Las noches comenzaron a alargarse. El aire de la mañana llegó más frío desde la sierra y mi piel empezó a abandonar el verde. Algunas de las otras iban por delante; otras permanecían obstinadamente verdes. Habíamos crecido juntas, alimentadas por la misma rama, y aun así ninguna maduraba exactamente al mismo tiempo.
A veces alguna caía sin previo aviso. Un instante estaba allí y al siguiente la rama quedaba vacía. Esperábamos oír algo: un golpe contra la tierra, el roce entre las hierbas, quizá nada. Yo miraba aquel pequeño hueco durante días. No sabía qué había más allá de la rama.
Una mañana el cielo amaneció cubierto. El viento traía humedad y la tierra volvió a oler como al principio. Entonces escuché un motor; después, voces y metal golpeando contra metal. Las ramas parecieron reconocer aquellos sonidos antes que yo y, por primera vez, sentí temblar al árbol.
Ahora ya sé que a eso lo llaman noviembre.
Los hombres aparecieron poco después. Dejaron cajas junto al camino, extendieron grandes redes sobre la tierra y descargaron unas varas largas que apoyaron contra los troncos. El más viejo se acercó a nuestro olivo. Llevaba las manos endurecidas, surcadas por grietas oscuras. Antes de empezar, apoyó una de ellas sobre el tronco.
—Vamos allá, viejo —dijo.
Reconocí aquellos dedos. Los había visto recorrer la madera, detenerse en los nudos, apartar alguna rama seca. No sabía quién era aquel hombre ni qué unía su vida a la del árbol, pero había una familiaridad en su manera de tocarlo que no necesitaba explicación.
Después empezaron a varear.
Los primeros golpes sonaron lejos de mí. Saltaron de rama en rama y me alcanzaron convertidos en un azote violento. Las hojas chocaban, las ramas se arqueaban y a mi alrededor empezaron a caer frutos. Me aferré con todas mis fuerzas. Durante unos segundos creí que bastaría con resistir, como había resistido el árbol al viento, al calor y a las tormentas, pero no fue suficiente.
Caí.
Vi la rama alejándose, el cielo ocupándolo todo y después una extensión de tela que subía hacia mí. Golpeé la red, reboté y otra aceituna cayó encima. Luego otra. El mundo se convirtió en peso, roces y cuerpos. Verdes, moradas, casi negras, nos mezclamos hasta que ya no pude distinguir las que habían crecido junto a mí de aquellas que venían de otras ramas. Por primera vez comprendí que ser una entre miles no era lo mismo que ser miles.
Cuando el árbol dejó de temblar, el hombre mayor cogió a una de nosotras y la hizo rodar entre sus dedos.
—Buena cosecha —dijo.
Otro hombre soltó una carcajada.
—Eso dijiste el año pasado.
El viejo sonrió.
—Mientras haya para volver, es bueno.
No entendí aquellas palabras.
Antes de marcharse, volvió al tronco, retiró una rama rota y pasó los dedos por la herida.
—El año que viene, Antonio —gritó alguien desde el camino—. Como sigas hablando con los árboles, empezamos sin ti.
Así supe su nombre.
Nos volcaron en cajas. Hasta aquella mañana había conocido a las otras por su cercanía: la que crecía a mi lado, la que recibía antes el sol, la que había oscurecido más deprisa. Allí esas diferencias empezaron a perder importancia. Éramos un mismo peso, una multitud que olía a fruto maduro, hojas rotas y tierra húmeda.
Pude ver nuestro olivo mientras se alejaba, más grande y más desnudo a la vez. Nunca más lo vería.
El viaje fue un traqueteo de cuerpos apretados, aire frío y olores conocidos. Cuando nos detuvimos, nos volcaron de nuevo y empezamos a movernos sin que ninguna pudiera decidir hacia dónde. Había motores, golpes metálicos, agua y voces entre el estruendo.
El agua nos recorrió con fuerza y se llevó polvo, tierra y hojas. Su contacto me devolvió por un momento las mañanas de primavera, cuando permanecer en una rama me había parecido la única forma posible de existir. Pero allí nada permanecía.
Seguimos avanzando hasta que el ruido se hizo más grave. Las que iban delante desaparecían y no regresaban.
Entonces me llegó el turno.
No sé explicar lo que ocurrió después porque todas las palabras que conocía pertenecían a un cuerpo, y yo estaba dejando de tenerlo.
Mi piel se abrió. La pulpa dejó de contenerme y aquello que siempre había sentido como un límite desapareció. Intenté encontrar alguna frontera que dijera «hasta aquí soy yo», pero no la encontré.
Éramos pulpa, piel, hueso triturado, humedad y olor. Todo lo que había estado separado se mezclaba en una pasta densa. Sentía a las otras, pero ya no como sobre la red. Entonces nuestros cuerpos se tocaban. Ahora no había cuerpos que pudieran tocarse.
Y, sin embargo, yo seguía allí. O una parte de mí.
La masa se movió lentamente y pequeñas gotas empezaron a encontrarse unas con otras. Lo que durante el verano había permanecido oculto dentro de cada fruto se reunía ahora, separándose poco a poco del resto.
Después llegó el giro. Una fuerza desconocida nos arrastró y separó lo pesado de lo ligero. Dejamos atrás la materia oscura y avanzamos convertidas en otra cosa: líquida, verde y dorada a la vez.
Caímos por un conducto de acero en un hilo continuo.
Intenté recordar mi rama, el viento de la sierra, la tierra después de la lluvia, la mano de Antonio sobre el tronco. Pero junto a esos recuerdos aparecieron otros: una rama que nunca había visto, un amanecer desde el otro lado de la ladera, la sombra de otro árbol, una mano distinta.
Creí que estaba olvidando, pero ocurría justamente lo contrario. Ya no sabía cuáles de aquellos recuerdos me pertenecían.
Allí no quedaban bordes, pieles ni cuerpos. Solo aquel líquido reuniéndose gota a gota, donde cada una llevaba consigo algo que las demás no habían vivido.
Yo había desaparecido y, de algún modo, seguía allí.
Entonces oí una palabra nueva.
—Aceite.
No sabía qué significaba, pero supe que hablaba de nosotras.
De nosotros.
Me quedé quieto dentro de aquella palabra.
Permanecimos un tiempo en la oscuridad. Dejé de medir los días. A veces buscaba el lugar donde había crecido y encontraba, junto al árbol y Antonio, tierras más empinadas, troncos desconocidos, amaneceres que nunca había visto. Al principio intentaba separar aquellos recuerdos. Con el tiempo dejé de hacerlo.
Éramos aceite. Ya sabía cómo nos llamaban.
Lo que todavía ignoraba era para qué.
La respuesta llegó cuando una parte de nosotros fue conducida hasta botellas de cristal oscuro. Volvimos a tener límites: paredes lisas y frías que contenían algo que ya no podía dividirse. Sobre el cristal colocaron una etiqueta con el dibujo de un olivo y palabras que había oído entre los hombres. Jaén era una de ellas.
Viajamos dentro de cajas de cartón hasta una tienda pequeña, con baldosas gastadas y un mostrador de madera impregnado de café, queso curado, especias y pan.
El hombre que abrió la caja se llamaba Manolo. Lo supe porque los clientes pronunciaban su nombre al entrar. Cuando llegó mi turno, me sostuvo entre las manos y leyó la etiqueta despacio.
—A ver si es verdad —murmuró.
Tomó otra botella de la caja, la abrió y vertió un poco en un pequeño vaso. Lo calentó entre las manos, acercó la nariz y después tomó un sorbo. Cerró los ojos.
Fue la primera vez que vi a alguien probar aquello en lo que nos habíamos convertido.
Manolo asintió.
—Este sí.
Me colocó en el estante de arriba. Pronto entendí que aquel lugar significaba algo. Cuando alguien preguntaba qué debía llevarse, Manolo nos miraba y acercaba su mano.
—Para echar aceite en una sartén, muchos te hacen el apaño. Para tomarlo crudo, ya es otra historia.
Llevaba cuarenta años detrás de aquel mostrador. Se lo oí contar a una mujer que le preguntó cuándo pensaba jubilarse.
—Cuando me echen. Yo ya no sabría dónde ponerme.
Conocía cada producto de la tienda y también hablaba de nosotros. Contaba que veníamos de Jaén, de olivos entre sierras y de frutos recogidos cuando aún conservaban frescura. Lo decía con tanta seguridad que yo buscaba en mis recuerdos algún rastro suyo, pero no lo encontré.
Una tarde supe por qué.
—Tú hablas mucho de Jaén —le dijo un cliente—. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste?
—Nunca.
El hombre soltó una carcajada.
—Entonces no cuentes tantas historias.
Manolo levantó la vista hacia nuestro estante.
—Yo no las cuento. Las cuenta ese aceite.
El cliente volvió a reírse, pero Manolo no.
Una mujer me eligió una mañana de febrero. Había entrado huyendo de la lluvia y llevaba pequeñas gotas prendidas al abrigo.
—Manolo, necesito aceite.
—¿Para qué lo quieres?
—Para pan.
Manolo me señaló.
—Entonces este.
La mujer leyó la etiqueta y se detuvo en el dibujo del olivo.
—Mi madre compraba uno de Jaén.
—Pues prueba este.
Salimos dentro de una bolsa de papel. Ya había dejado de llover, pero me alcanzó un olor conocido: tierra mojada. Regresaron la primavera y aquella rama desde la que había aprendido el mundo. No era la misma tierra, pero se parecía lo suficiente para traerla de vuelta.
Aquella noche la mujer me llevó a una cocina pequeña. La radio sonaba baja mientras preparaba la cena, hasta que sacó el pan.
Cortó una rebanada, abrió la botella y la inclinó. Habían pasado meses desde que dejé de ser fruto, pero al empezar a fluir volví a sentir movimiento: un descenso lento, continuo, casi silencioso.
Un hilo verde y dorado cayó sobre el pan.
Me extendí por las grietas de la miga. La mujer añadió unos granos de sal, tomó la rebanada y la probó.
Cerró los ojos al hacerlo, como Manolo.
Masticó despacio. Su mano quedó quieta sobre la mesa mientras la radio seguía hablando para nadie. Y sonrió.
—Igual que tú, madre —dijo.
No supe quién era aquella mujer a la que llamaba madre ni dónde había aprendido a preparar así el pan. No vi su cocina, ni su infancia, ni las manos que alguna vez debieron de hacer aquel mismo gesto. Nada de eso me pertenecía.
Pero volvió a cerrar los ojos.
Durante toda mi existencia había creído que recordar consistía en conservar. Yo había guardado el árbol, el viento, la lluvia y la mano de Antonio. Después había recibido recuerdos que nunca fueron míos. Aquella mujer me enseñó que también podía ser otra cosa.
Podía ser volver.
Entonces recordé a Antonio bajo el olivo y entendí sus palabras.
«Mientras haya para volver, es bueno.»
El árbol seguiría creciendo sin mí y, cuando llegara otro noviembre, Antonio extendería de nuevo las redes. Otras ocuparían nuestro lugar.
La mujer tomó otro trozo de pan y añadió un poco más. Volví a caer, convertido en aquel hilo dorado que durante meses había permanecido escondido dentro de nosotros sin que ninguno supiera para qué.