267. El árbol que todavía da sombra
En Aimogasta la tarde no cae: se queda quieta sobre la tierra.
A las cuatro de la tarde, cuando el sol todavía golpea fuerte las paredes y las sierras del Departamento de Arauco parecen más cerca de lo que están, el viento empieza a traer polvo desde el campo. Se mete por debajo de las puertas, se pega a los vidrios, se queda en los patios. En verano llega caliente; otros días baja seco desde la sierra y hace crujir las ramas de los olivos.
Juan conoce ese viento.
Conoce también el ruido de las acequias cuando todavía llevan agua, el olor de la tierra mojada después de un riego y ese silencio que queda en las fincas cuando se apaga la bomba y solamente se escucha alguna hoja golpeando contra otra.
Todas las tardes llega al predio a la misma hora.
Saca una silla verde de plástico, bastante castigada por el sol riojano, y la pone frente al olivo.
Después se sienta.
Desde allí puede ver el tronco retorcido, enorme, abierto en varias direcciones como si la madera hubiera aprendido a resistir a fuerza de años. Detrás están los cerros. Más lejos, las fincas de Arauco, con sus hileras de olivos buscando el agua y la luz en una tierra que nunca fue fácil.
Juan levanta la vista.
La copa ya no es la de antes.
Quedan pocas hojas.
Muy pocas.
Pero arriba, en una rama que parece sostenida por pura terquedad, todavía hay algo de verde.
—Vos sos el porfiado —dice.
No es la primera vez que le habla.
Tampoco espera que el árbol le conteste.
Hace años que Juan cuida aquel olivo.
Al principio bastaba con abrir el predio, acomodar la silla y contarles a los visitantes que aquel árbol tenía más de cuatrocientos años.
Después empezó la enfermedad.
Y entonces cuidar el olivo significó otra cosa.
Significó verlo cambiar.
La copa comenzó a abrirse. Algunas ramas se secaron. Las hojas perdieron fuerza. El tronco, que parecía capaz de aguantar otros cuatrocientos años, empezó a mostrar que también la madera se cansa.
Juan podía señalar dónde había comenzado.
También podía recordar cómo era antes.
Pero no hablaba demasiado de eso.
En Arauco hay cosas que uno aprende a mirar sin nombrarlas.
Aquella tarde llegó un matrimonio de Córdoba.
El hombre llevaba una cámara colgada del cuello. La mujer caminaba despacio, mirando el suelo de tierra y después los cerros, como si quisiera guardar todo antes de acercarse al árbol.
—¿Este es el olivo histórico? —preguntó la mujer.
Juan señaló la reja.
—Ese mismo.
La mujer se acercó.
—¿De verdad tiene cuatrocientos años?
—Más de cuatrocientos —respondió el.
Ella volvió a mirar el tronco.
—¿Y está enfermo?
Juan tardó un momento.
—Sí.
—¿Se puede salvar?
Juan levantó la vista hacia la copa.
—Eso estamos tratando de averiguar.
La mujer permaneció en silencio.
Y después preguntó:
—¿Por qué le dicen el abuelo?
Juan sonrió.
—Porque de acá viene buena parte de nuestra historia.
A ella le pareció gustarle la respuesta.
A él también.
Porque era verdad.
En Aimogasta, el olivo nunca fue solamente un cultivo.
Está en las veredas, en las plazas, en las casas y en las fincas. Hay árboles que la gente conoce desde antes de aprender a leer. Algunos fueron plantados por un abuelo. Otros por un padre que ya no está. Otros crecieron al costado de una acequia y nadie recuerda quién puso la primera estaca.
Y después está la Arauco.
Esa es otra cosa.
La aceituna que pasó de una generación a otra. La que se cosecha en las fincas pequeñas. La que termina en frascos de vidrio, sobre una mesa familiar, junto al pan y al queso.
Alejandra lo dice sin vueltas, una pequeña finquera del pueblo que sabía sobre el asunto.
—La Arauco es otra cosa.
Juan la había escuchado decirlo muchas veces.
Aquella tarde llegó en bicicleta con dos frascos dentro de una bolsa de arpillera.
—Te traje esto —dijo.
—¿Qué es?
—Aceitunas.
Juan la miró.
—Ya veo.
—Probá, están ricas.
Abrió uno de los frascos.
Alejandra se sentó en el escalón de la casilla.
—Son de la última cosecha.
Juan tomó una.
La mordió.
Salada. Firme. Carnosa.
Durante unos segundos no dijeron nada.
A lo lejos se escuchaba el motor de una bomba de agua.
—¿Y la finca? —preguntó él.
Alejandra bajó la mirada.
—Mal.
No hacía falta explicar mucho más.
Su familia tenía los olivos desde hacía décadas. Los árboles habían pasado de una generación a otra hasta llegar a ella.
Pero empezaron a enfermar.
Uno.
Después otro.
Después una hilera entera.
—El otro día saqué seis —dijo.
—¿Los arrancaste?
—Sí.
—¿Y vas a plantar de nuevo?
Alejandra se quedó mirando el frasco.
—De a poco.
Juan sabía lo que significaba ese “de a poco”.
Significaba comprar plantines cuando hubiera plata.
Significaba esperar.
Significaba regar.
Significaba trabajar sin saber si dentro de algunos años los árboles iban a llegar a producir.
—Mi bisabuelo los plantó —dijo ella—. Yo no quiero ser la que los termine de sacar.
Juan no respondió.
En La Rioja uno aprende temprano que el agua vale oro.
Que una acequia limpia vale.
Que una cosecha perdida vale meses de trabajo.
Y que arrancar un árbol que tardó años en crecer no es solamente sacar madera de la tierra.
Es sacar una parte de la familia.
A veces llegaban personas preguntando por la historia de la muchacha que había escondido un olivo debajo de una batea.
Juan la contaba.
No siempre de la misma manera.
La historia decía que, durante la época colonial, hubo una orden de los reyes españoles para cortar los olivos de estas tierras. El árbol se habría salvado escondido debajo de una batea gracias a una joven llamada Expectación de Ávila.
Era una historia hermosa.
También era una historia discutida.
El historiador del pueblo, Don Víctor, había investigado el asunto durante años.
No había encontrado la orden de tala.
Tampoco podía ser Expectación de Ávila la mujer que aparecía en la leyenda, al menos no según las fechas conocidas de su vida.
Juan lo sabía.
—Entonces, ¿es mentira? —le había preguntado una turista una vez.
Él había pensado un rato.
—No sé.
—Pero si no ocurrió…
—Hay cosas que no necesitan haber ocurrido exactamente así para formar parte de un pueblo.
La mujer no pareció entender.
Juan tampoco estaba seguro de entenderlo del todo.
Pero cuando miraba el olivo, comprendía una cosa.
Durante generaciones, la gente había necesitado que aquel árbol significara algo.
Quizás eso también era una forma de verdad.
Julio llegó un viernes por la tarde.
Venía con unos papeles bajo el brazo y la camioneta llena de herramientas.
Se acercó a la reja.
—¿Cómo está?
Juan no necesitó preguntar a quién se refería.
—Igual.
Julio miró la copa.
—Igual no.
Juan se quedó callado.
—Cada vez hay menos ramas —continuó Julio.
Se acercó un poco más, pero no tocó el árbol.
—La bacteria no perdona.
Juan ya conocía el nombre.
Xylella fastidiosa.
Lo había escuchado tantas veces que había terminado por asociarlo con aquellas ramas secas.
Julio le había explicado que la enfermedad podía transmitirse mediante insectos que se alimentaban de la savia. Una vez dentro de la planta, la bacteria afectaba los vasos por donde circulaban el agua y los nutrientes.
Juan lo había entendido a su manera.
—El árbol tiene agua y no la puede tomar.
—Algo así.
—Entonces se muere de sed teniendo agua abajo.
Julio lo miró.
—Sí.
Juan volvió la mirada hacia el suelo.
La tierra estaba seca.
—Qué cosa de mierda.
Julio no respondió.
Se agachó y levantó una hoja.
La hizo girar entre los dedos.
—Todavía estamos aprendiendo.
Juan soltó una risa corta.
—Mientras ustedes aprenden, nosotros arrancamos árboles.
Julio no le discutió.
Porque sabía que era cierto.
En los últimos años habían llegado especialistas de distintos lugares de la Argentina.
Habían tomado muestras.
Habían estudiado plantas.
Habían colocado trampas.
Habían recorrido las fincas.
Habían buscado una manera de frenar la enfermedad.
Pero el árbol seguía perdiendo ramas.
Y mientras los técnicos buscaban respuestas, las familias tenían que decidir qué hacer con sus tierras.
Algunos arrancaban.
Otros vendían.
Algunos dejaban de plantar.
Otros, como Alejandra, insistían.
No por negocio.
Por costumbre.
Por memoria.
Por orgullo.
O quizás porque todavía no sabían hacer otra cosa.
Una tarde, Juan encontró a Alejandra parada frente al olivo.
—¿Qué haces acá? —preguntó.
—Mirándolo —le respondió ella.
—Eso hago yo todos los días.
—Ya sé.
Alejandra se acercó un poco más a la reja.
—¿Sabes qué me dijo mi hijo?
—¿Qué?
—Que venda la finca.
Él no respondió.
—Dice que no tiene sentido seguir poniendo plata.
—¿Y vos qué le dijiste?
—Que probablemente tenga razón.
Juan la miró.
—¿Y entonces?
—Entonces no la voy a vender.
—Eso no tiene mucho sentido.
—No.
Alejandra sonrió.
—Pero tampoco tiene sentido que un árbol de cuatrocientos años siga parado después de todo lo que pasó. Y miralo.
Los dos levantaron la vista.
El viento movía las ramas más altas.
Una sola todavía parecía viva.
Esa noche, después de cerrar la casilla, Juan caminó hasta la reja.
Había dejado de contar los pasos hacía tiempo.
Antes eran cuarenta y dos.
Ahora ya no sabía.
Se apoyó sobre el alambrado.
El olivo estaba oscuro contra el cielo estrellado.
Más allá, algunas luces de Aimogasta empezaban a encenderse.
Durante el día el calor había sido duro. Ahora el aire fresco bajaba desde los cerros y se metía entre los árboles.
Juan pensó en todos los que habían pasado por allí.
Los que llegaron para sacarse una fotografía.
Los que lloraron.
Los que tocaron el tronco.
Los que preguntaron por la edad.
Los que quisieron llevarse un brote.
Los científicos que buscaron una respuesta.
Los productores que arrancaron árboles.
Los que todavía plantaban.
Pensó también en Alejandra.
En su finca.
En los árboles de su bisabuelo.
Entonces recordó algo que Julio le había dicho unos días antes.
La enfermedad podía matar árboles.
Podía secar una finca.
Pero había algo que no había conseguido destruir.
La Arauco seguía estando.
El material genético de aquel viejo olivo continuaba en otros árboles.
En otros troncos.
En otras raíces.
El abuelo podía morir.
Pero no estaba solo.
Juan levantó la cabeza.
En aquella rama alta había algo pequeño.
No alcanzaba a distinguirlo bien.
Se acercó.
Era una flor.
Una sola.
Blanca.
Tan pequeña que casi parecía una equivocación.
Juan se quedó mirándola.
No pensó en milagros.
No pensó en leyendas.
Tampoco pensó en los cuatrocientos años.
Pensó en la mañana siguiente.
En la silla verde.
En el mate.
En los visitantes.
En las fincas.
En los árboles que todavía quedaban.
Y por primera vez en mucho tiempo entendió que quizá cuidar aquel olivo no significaba conseguir que viviera para siempre.
Quizá significaba que, cuando llegara el momento, no estuviera solo.
Juan apoyó la mano sobre la corteza.
—Mañana vuelvo —dijo.
Después cerró la puerta del predio.
La flor quedó arriba, moviéndose apenas con el viento de la noche.
Y abajo, en la tierra seca de Arauco, había cientos de árboles que todavía no sabían que llevaban dentro la misma historia.