246. Aceitunas de colores
Mi familia es un clan ruidoso y divertido. Tíos, sobrinos, abuelos y hasta parientes lejanos, cada vez que se juntan, no se cansan de contar historias del campo de olivos que tienen en Catamarca, esa provincia del noroeste de Argentina. Según dicen, ese amor por los olivos lo heredaron de sus antepasados, que… también son los míos. Pero lo más raro es que aseguran que de los frutos de esos árboles obtienen: ¡»oro líquido»!
Hace justo un año convencí a mis abuelos de que me llevaran al campo. Tanto había escuchado hablar de ese lugar mágico, que tenía ganas de conocerlo. Además, eso del «oro líquido» me intrigaba.
Un día, mientras la abuela me fue a buscar al colegio para llevarme a hockey, me hizo sus preguntas de siempre:
—¿Qué materias tuviste hoy?
Y como cada vez, llegó la que no puede faltar:
—Y… ¿te late el corazón?
La primera vez que me lo preguntó, me asusté.
—¡Sí, abuela! Si no me latiera, estaría muerta —le dije.
Ella rio a carcajadas.
—Charito… ¡yo me refería al amor!
Hasta ese día, mi respuesta siempre había sido la misma: «No, no me gusta nadie».
Pero esa vez, dije:
—Ay, sí, abuelita. Me gusta Juan, un chico del cole. No se lo cuentes a nadie, es un secreto tuyo y mío.
Vi su cara de emoción, y aproveché para cambiar de tema:
—Abuelita, ¿te puedo pedir algo?
—¡Lo que quieras!
—Quiero que me lleves al campo. ¿Vamos?
—El campo está lejos, en Catamarca, son más de quince horas en autobús y después dos en camioneta.
—¡Me encantan los viajes largos!
La abuela se quedó pensando y al rato dijo:
—Primero tengo que hablar con tus padres y, con el abuelo.
Esa misma noche me mandó un audio de WhatsApp:
—Mi amor, ¡nos vamos el viernes al campo! Besos.
Preparé la valija con todo: ropa interior, jeans, shorts, remeras, buzos, una campera gruesa y un libro.
El viernes a la tarde, papá nos llevó a la terminal de Retiro. Allí estaban esperándome los abuelos.
En el viaje cenamos los sándwiches que la abuela había preparado. Antes de que apagaran las luces, me dormí. Me desperté con el sol en la cara. Faltaba poco para llegar.
Damián, el encargado del campo, nos vino a buscar. Enseguida subimos a la camioneta. Me dolía la cola de tantas horas sentada en el autobús, así que, para olvidarme del dolor, me puse a mirar el paisaje. Había cactus por todos lados: con brazos y sin brazos, todos inflados y erizados.
Al llegar, al fin pude ver ese famoso lugar del que mi familia habla todo el tiempo: ese campo rodeado de montañas y con olivos vestidos de aceitunas.
—En este campo se produce aceite y ese aceite se saca del fruto… —empezó a decir la abuela.
—Ya lo sé. Vos, el abuelo, mis papás y los tíos me contaron muchas veces, que la aceituna es un fruto, y su jugo, el aceite. Pero… ¿cómo hacen para sacar ese aceite que está escondido dentro de las aceitunas? ¿Las exprimen con un exprimidor? ¿Las aplastan y después las cuelan?
—Ya vas a ver… —dijo el abuelo, haciéndose el misterioso.
Miré a mi alrededor y vi algo raro al pie de cada tronco de olivo: ¡mangueras!
—¡¿Y eso?! —dije, señalando con el dedo.
La abuela contestó como si hubiera estado esperando mi pregunta:
—Cuando llegamos aquí por primera vez, era un desierto árido, sin una gota de sombra, sin una gota de agua. Apenas unos arbustos bajos y tercos aferrados a la tierra seca. Soñábamos con verlo convertido en un oasis de olivos, pero en esta zona no llueve casi nunca y los olivos, para crecer, necesitan agua. Así que plantamos olivos bebés y buscamos el agua que dormía en las profundidades de la tierra, y la hicimos subir. Y a través de esas mangueras con agujeritos les dimos de beber.
—¿Hay agua en las profundidades de la tierra? —pregunté sorprendida.
—Sí. Allí abajo hay ríos que no se ven. Bueno, te sigo contando: esos olivos pequeñitos se fueron convirtiendo en árboles grandes y fuertes. Pero, igual que nosotros, necesitan agua toda su vida. Es por eso que esas mangueras están ahí.
De pronto, las gotas empezaron a brotar, parecían salir de pequeñas mamaderas.
Después caminamos hacia la casa, para almorzar. Cuando terminamos, los abuelos se fueron a descansar.
Mientras dormían su siesta, me fui a dar vueltas por el campo. De repente escuché un ruido tremendo. Miré y… ¡algo muy grande avanzaba hacia mí!
Me tapé los ojos, no quería ver. ¿Qué era? ¡¿Un monstruo?! Se movía dando zancadas que hacían temblar la tierra.
De pronto, oí una melodía que se acercaba. Era la voz de Damián… ¡cantaba! ¡¿No se daba cuenta del peligro?!
—¿Qué hace eso acá? ¡La tierra se va a abrir! —le dije temblando.
—Ja, ja, ja, ja. ¡Es la máquina cosechadora de aceitunas! —dijo Damián, divertido—. Es como un camión que tiene… algo parecido a unos brazos que sacan las aceitunas de los árboles.
—¡¿Un camión con brazos?!
—Te voy a contar cómo trabaja: se mete alrededor de los olivos, y esos brazos mueven las ramas y las aceitunas saltan como ranitas a un cajón que tiene la máquina. Pero… hay otra manera de cosecharlas. ¿Querés ver?
—¡Claro! —exclamé más tranquila, porque eso que parecía un monstruo, ya se había ido.
—Vamos a buscar un rastrillo —me dijo Damián.
Mientras andábamos por el campo, vi olivos con aceitunas verdes (como las de la pizza), moradas, y negras (como las que le gustan a papá), y… ¡todas en un mismo árbol multicolor!
—¿Cómo es que en un mismo árbol hay aceitunas de tres colores diferentes? Y esas medias violetas… ¡qué raras! Nunca vi de ese color.
—Bueno, las verdes son las más jovencitas; las moradas o violáceas, las adolescentes; y las negras, las adultas. Nacen todas verdes, pero no maduran al mismo tiempo, algunas son más remolonas que otras. ¡Así es la naturaleza!
Con rastrillo en mano me puse a cosechar. Estaba en eso cuando apareció la abuela, un poco despeinada.
—¡Hace una hora que te busco! ¡Estaba asustada! ¿Y ese rastrillo?
—Estoy trabajando —dije muy seria.
La abuela rio y enseguida dijo:
—¡Vení que el abuelo te quiere mostrar algo!
—La llevo en el tractor —propuso Damián.
La abuela prefirió ir a pie.
Me sentía supercontenta, siempre quise ir arriba de uno de esos. Sentada en la cabina, ¡veía todo el campo!
Después de un rato estábamos las dos frente a un gran galpón con varias máquinas afuera y adentro. El abuelo nos esperaba.
—Te voy a explicar cómo se extrae ese jugo —dijo el abuelo, muy serio y concentrado.
—Ese es el molino —dijo, señalando una de las máquinas de afuera—. Rompe las aceitunas para que liberen el aceite que contienen. Las aceitunas lo fabrican y lo guardan en pequeñas bolsitas que se encuentran en la pulpa, la parte carnosa que comemos. Después, todas esas aceitunas rotas se mezclan y se forma una pasta.
—Y… ¿cuándo se saca el carozo ? —le pregunté
—¿Carozo? —se preguntó el abuelo, pero enseguida contestó —. Ah sí, te referís al hueso. No se saca. También se rompe.
Y ahora, entremos.
El lugar era muy grande.
—Esa pasta pasa por dos centrífugas, esas que están ahí —señaló con el dedo—, que dan vueltas y vueltas, como cuando el lavarropas centrifuga la ropa. En la primera, en esos giros rápidos, separa lo sólido —cáscara, hueso y pulpa— de lo líquido: agua y aceite.
—¡¿Las aceitunas tienen agua?!
—¡Todas las plantas y animales tienen! ¡Vos también!
—¿De verdad?
—¡Cuántas cosas por aprender, mi pequeña!
—¿Y qué más?
—Después, la otra, separa el agua del aceite. ¡Mirá ahora…! ¡Ese, ese que estás viendo, es el jugo de la aceituna: el oro líquido!
Y vi salir de esa máquina el oro líquido. Lo probé: ¡riquísimo!
Volvimos a la casa los tres juntos, agarrados de las manos. Estábamos felices.
Cenamos temprano, y mientras comíamos yo no podía dejar de hablar de esa hermosa experiencia: cómo los olivos llegaban a nuestra mesa convertidos en aceite.
Antes de dormir, llamé a Naomi, una de mis amigas de cole, y le conté que había bebido oro.
—Te afectó el sol, amiga —dijo muy seria.
Casi sin parar, le conté lo que había vivido.
—¡Ahora yo quiero conocer el campo! —exclamó Naomi cuando nos despedimos.
Al día siguiente me desperté temprano. Había llegado el momento de volver a la ciudad. Sabía que iba a extrañar mis días en el campo con los abuelos, esos días donde había descubierto los secretos de ese árbol milenario que, de alguna manera, también era parte de mí: el olivo.
Desde entonces, cada vez que pongo aceite en la ensalada, vuelvo a ver el fruto en el árbol, la cosechadora haciendo bailar al olivo y las aceitunas desprendiéndose. También veo el molino rompiendo el fruto y esas centrífugas dando vueltas a toda velocidad para extraer el aceite.
Ya pasó un año de mi viaje. Los olivos están otra vez vestidos de aceitunas. Estoy esperando a los abuelos para ir al campo y esta vez vamos a ser más de tres. Me van a acompañar la profe de Ciencias y todo mi grado. El autobús ya está en la puerta del colegio…