258. Olivares tech

Fran Buesa

 

Por los olivares de Jaén, la mosca del olivo campaba a sus anchas. Su vida era sencilla: volar, comer, aparearse y elegir buenas aceitunas donde ir dejando sus huevos. Sus larvas se encargarían del resto.

Los olivareros llevaban generaciones intentando acabar con ella. Trampas, cebos, insecticidas, podas… El insecto había aprendido a esquivarlo todo. Y hasta se divertía.

—¡Más suerte la próxima vez! —zumbaba mientras escapaba de una nube de insecticida.

Cada amanecer sobrevolaba los olivos buscando frutas sanas. Se posaba, tanteaba la piel y, si nadie la molestaba, dejaba allí su descendencia.

Hasta aquella mañana.

Acababa de aterrizar sobre una aceituna magnífica cuando escuchó un zumbido. Alzó la cabeza. A pocos centímetros, suspendido en el aire, había un pequeño dron. Una cámara la observaba fijamente.

La mosca permaneció inmóvil. El dron también. Intentó escapar. Demasiado tarde. Una boquilla microscópica giró hacia ella y disparó una única gota de insecticida. La mosca cayó fulminada.

El dron escaneó la aceituna, comprobó que estaba sana y siguió patrullando.

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