245. Aceite sin voces
La primera voz que salió de la sartén fue la mía.
—Tú habla, mujer. Si aquí estamos entre nosotros.
Nati me agarró la muñeca antes de que pudiera apagar el fuego. Durante unos segundos seguimos mirando el aceite. Se oyó el roce de una rama, una respiración cerca y, al fondo, a Lolo pidiendo que estiráramos el manto. Después no hubo más que el zumbido de la nevera.
—¿Ya está? —preguntó.
Incliné la sartén. El aceite volvió de un lado a otro sin decir nada.
Nati soltó mi muñeca. Llevaba el abrigo encima del pijama y las zapatillas de estar por casa. Había venido andando a la almazara antes de que abriéramos.
—Saca lo mío, Gloria.
Detrás de nosotras, al otro lado de la pared, estaban los ciento ochenta litros que íbamos a envasar aquella mañana.
En nuestro valle, el aceite soltaba al calentarse algunas de las palabras dichas durante la recogida. Cada porción hablaba una sola vez. Podías echar dos cucharadas en una sartén y escuchar una discusión sobre el tiempo; las dos siguientes traían una tos o nada. Nunca se sabía qué habría en el fondo de la botella. Las voces se repartían al moler las aceitunas y ya no había manera de separarlas.
Mi madre calentaba primero el aceite de los dulces, lo dejaba enfriar y luego hacía la masa. Así evitaba que una magdalena saliera del horno acordándose de algún juramento. Cuando cocinaba para nosotros no se molestaba. Echaba las patatas aunque alguien siguiera hablando. Si me veía acercar una silla para escuchar, me mandaba poner la mesa.
La sartén conservaba un poco de calor. Nati se frotó las manos sobre ella.
—Puede que no haya quedado —dije.
—Puede.
Le señalé la silla. No se sentó.
Yo recordaba el lugar de aquella conversación. Habíamos terminado la parte alta del bancal y Nati se había quedado arrodillada, sacándose tierra de una bota. Llevaba varias semanas durmiendo en el cuarto de su madre. Me contó que a veces, al volver del trabajo, dejaba pasar unos minutos dentro del coche antes de entrar en casa.
Yo estaba anudando una esquina rota del manto. Faltaban dos viajes hasta el remolque y había mirado la hora. De lo que Nati dijo después me acordaba a medias. Me pareció un desahogo y la animé a seguir hablando sin levantar la vista del nudo.
—Aquí no ha salido —insistí.
Nati miró el frasco del que habíamos tomado la muestra. Quedaba casi entero.
—No me hagas irme así.
Fui a detener la envasadora, aunque todavía no la habían puesto en marcha.
La idea de cobrar por las voces había sido mía. A una pareja que visitaba la finca le serví pan con aceite. La mujer lo probó, acercó el plato a su marido y preguntó si podían llevarse una botella. Después se quedaron escuchando a tres hombres discutir desde una cazuela. Les vendí dos botellas. Volvieron al mes siguiente con un amigo que tenía restaurantes.
Hasta entonces yo organizaba las cuadrillas en invierno y atendía las visitas el resto del año. Acompañaba a la gente entre los olivos, les enseñaba a no dejarse las aceitunas debajo de los zapatos y recogía sus vasos de cata cuando se iban. Me pagaban cada tarea por separado. El negocio nuevo me permitiría tener trabajo fijo.
Rafa, el dueño, me dejó hacer las cuentas. Reservaríamos la parcela cuyo aceite vendíamos en nuestra gama gourmet, moleríamos la aceituna por separado y guardaríamos el lote en un depósito pequeño.
El restaurador quería aquel virgen extra para los menús de degustación de sus restaurantes. Lo serviría primero en crudo, con pan templado, y después calentaría una pequeña porción ante cada mesa para que se oyeran las voces. Había llamado a esas cenas «Una noche con la cosecha».
Con el recargo, cada uno de los ocho trabajadores cobraría doscientos euros, además de sus jornales. Yo también.
Lo hablamos junto a la furgoneta. Lolo preguntó si se pagaba más por cantar. Nati quiso saber cuándo cobraríamos. Otro dijo que su mujer iba a reconocerlo hasta carraspeando. Nos reímos. Les leí el papel que autorizaba la venta de las voces de aquella parcela y firmamos sobre el capó.
Durante los primeros días Lolo contó chistes mirando las ramas. Se sabía pocos y los repetía, por si alguna aceituna no los había oído. Rafa vino una mañana a pedir que cantáramos algo de la recogida. No se nos ocurrió nada que supiéramos entero. Yo empecé una canción y tuve que dejarla porque se me había metido una hoja en la boca.
Después llovió dos días. Perdimos horas, apretamos al volver y dejamos de acordarnos del restaurante. Con las manos heladas, uno no se preocupa de qué conversación va a tener interés para un señor que cena a quinientos kilómetros.
Nati me habló de su madre el último día. El depósito se llenó aquella noche.
Rafa y yo lo probamos allí mismo, con pan de la víspera. Olía a hoja machacada y picaba al tragar. Volví a mojar antes de tapar el frasco.
A la mañana siguiente, Rafa llegó con las cajas vacías en la furgoneta. Las dejó a medias al ver que no estábamos trabajando. Le expliqué que faltaba resolver una cosa y me siguió hasta la cocina.
Nati ya se había ido. Tenía que estar en casa cuando llegase la mujer que cuidaba a su madre por las mañanas. Antes de salir recogió en un tarro el aceite de la sartén. El del frasco no quiso llevárselo.
—Firmó —dijo Rafa.
—Lo sé.
—Estuviste tú delante.
Saqué de un cajón los papeles. Estaban sujetos con la goma de un manojo de espárragos. Rafa los miró sin cogerlos.
—¿Qué ha dicho?
—Que no quiere que salga una conversación suya.
—¿Pero qué conversación?
Le expliqué lo de su madre. Hasta ahí. Rafa arrimó el taburete con el pie y se sentó.
—Podemos quitar el nombre de la etiqueta.
—No está puesto.
—Pues nadie sabrá quién es.
En las botellas no figuraban nuestros nombres, pero quien hubiese trabajado un día con Nati reconocería su manera de empezar las frases. Además, dos de los restaurantes estaban en la provincia. Se lo dije. Rafa se quedó mirando las cajas.
—Llama al hombre. A ver qué te dice.
El comprador contestó desde un coche. Me oyó entrecortadamente y tuvo que bajar la ventanilla para hablar con alguien. Luego volvió a mí.
—Gloria, yo no he pedido que nadie cuente cosas personales.
—Ya. Nosotros tampoco lo habíamos pensado así.
—¿No podéis escuchar antes lo que mandáis?
—Entonces te llegaría callado.
—Pues eso no me sirve.
Le propuse venderle el aceite sin la experiencia. Tenía cocinas de sobra para gastarlo. Me dio un precio bastante menor y aclaró que tampoco podía quedarse los ciento ochenta litros de golpe. Lo oí consultar algo con su acompañante.
—Y sin calentarlo —añadió—. Para calentarlo ya estamos nosotros.
Dije que volvería a llamarlo.
Rafa se había levantado.
—La mitad de las cenas están anunciadas. No puede prometerles esto y ponerles luego un altavoz.
Me sorprendió que se preocupara por el hombre. Después pensé en mis propias promesas.
Lolo tenía la furgoneta pendiente de una reparación. La usábamos para recoger a dos compañeros y me había enseñado el presupuesto tres veces. Los doscientos euros no cubrían todo, pero le permitían dejarla en el taller. Le dije que llegaban el viernes.
Era jueves.
Al mediodía reuní a la cuadrilla. Faltaba Nati. Me había pedido que no dijera su nombre, una precaución que duró hasta que todos vieron qué silla estaba vacía.
Expliqué que una persona ya no quería vender su conversación. El comprador exigía las ocho autorizaciones.
—Pero están las ocho —dijo Lolo.
Tenía razón. La retirada de Nati era todavía una petición hecha en una cocina. Podía haber metido sus papeles en el sobre y mandar las cajas.
—Una ya no vale —dije.
Rafa me miró. Nadie habló durante un rato.
—¿Y lo que hemos trabajado? —preguntó uno de los muchachos.
—Los jornales están pagados. Eso no cambia.
—Ya sé que están pagados.
Me arrepentí de habérselo recordado.
Lolo apartó de la mesa un vaso con restos de café.
—Yo estuve cantando. Se me quedó la garganta que no podía ni tragar. No lo habría hecho por gusto.
Dos se rieron un poco. Él no.
Propusieron escuchar más muestras, como si por sacar suficientes cazos pudiéramos encontrar la frase de Nati y dejar limpio lo demás. Luego alguien preguntó si ella sabía cuánto iba a costarnos. Yo empecé a explicar su situación. Dije «su madre» y vi que todos se preparaban para escuchar.
Me callé.
Lolo empujó otra vez el vaso.
—Pues llámala. Que venga.
Cogí el teléfono. Tenía el dedo sobre su nombre cuando recordé a Nati calentándose las manos, sin haberse atrevido a sentarse. Dejé el teléfono boca abajo.
—Se lo pedís a ella y al final va a decir que sí.
—A lo mejor quiere decir que sí —contestó Lolo—. No sabes tú todo lo que quiere la gente.
Rafa dio por terminada la reunión. Había que volver al campo. Me quedé recogiendo los vasos para no salir con ellos.
Nati regresó por la tarde. Traía una bolsa con pan, una lata de atún y su cuaderno de cuentas. Había buscado cuánto dinero tenía disponible.
—Puedo dar ciento veinte ahora —dijo—. Y el resto, poco a poco.
—Somos ocho.
Abrió el cuaderno. Había una suma borrada tantas veces que el papel se había quedado fino.
—Ya sé cuántos somos, Gloria.
No le dije que lo guardara. Se lo dejé abierto mientras contaba lo de la reunión. Cuando llegué a lo del teléfono, cerró el cuaderno sin poner la goma.
—Podías haberme llamado.
—No quería que te hicieran pasar por eso.
—Ya me has hecho pasar.
Partió el pan apoyándolo contra el borde de la mesa. No había comido desde por la mañana. Yo tampoco, pero no cogí el trozo que dejó cerca de mí.
—¿Qué dijiste exactamente aquel día? —pregunté—. A lo mejor, explicándolo bien…
Nati siguió abriendo la lata. La anilla se le quedó entre los dedos.
—No voy a decírtelo otra vez.
Busqué el abrelatas. Tardé mucho en encontrarlo, aunque siempre estaba en el mismo cajón.
Cuando terminamos de comer, fuimos al despacho de Rafa. Nati le dijo que no autorizaba la venta. No añadió nada. Yo esperé con ella.
Rafa nos preguntó si estábamos seguras. Hizo varias llamadas. Su comprador habitual acababa de llenar los depósitos; otro rechazó el aceite en cuanto supo que se lo entregaríamos calentado. En la cocina de las visitas tardaríamos meses en gastarlo. Rafa tenía pendiente el pago de las botellas.
Al final, un taller aceptó llevarse una parte para hacer pastillas de jabón de oliva. La mujer preguntó cuántos bidones tendría que traer. Pagaba al recogerlos, pero por debajo de lo que habríamos obtenido antes de inventar el negocio de las voces.
Había que calentarlo primero. Nati no quería enviarlo intacto a otra fábrica para que su frase saliera allí.
—Eso también cuesta —dijo Rafa.
Nati preguntó si esas tardes se pagaban.
—Como las otras —dijo Rafa.
Yo devolvería el anticipo que había cobrado por preparar la venta. No alcanzaba para compensar la pérdida ni para pagar los doscientos euros a nadie. El comprador de los restaurantes canceló el pedido. Rafa se quedó con las cajas y con buena parte del aceite que habría que ir gastando en la cocina de las visitas. Mi trabajo fijo no volvió a mencionarse.
Calentamos el lote durante dos tardes en las ollas grandes de aquella cocina. Empezamos por el frasco que habíamos apartado para las pruebas. Rafa nos enseñó dónde apoyar los recipientes y nos advirtió que no los llenáramos demasiado. Había que vigilar el fuego. No podíamos dejarlos solos para no escuchar.
Nati se colocó los protectores de oídos que usábamos con las máquinas. A mí me dio otro par. Hablábamos por señas.
Al final de la primera tarde me dolía la cabeza por la presión de los protectores. A pesar de ellos, alguna voz llegaba. Me pareció oír mi nombre y alcé una de las copas con un dedo. Era uno de los muchachos preguntando por el agua. Dejé pasar unos segundos antes de taparme otra vez. Nati estaba de espaldas, doblando un paño.
Reconocí entonces la carcajada de Lolo, la que le salía cuando intentaba acabar un chiste antes de que los demás le pisaran el final. Me apreté los protectores con las palmas. Aún se le oía.
Nati me tocó el codo. Había apagado la hornilla y me señalaba las asas. Aparté las manos de los oídos para coger el paño que me ofrecía. Levantamos a destiempo y tuvimos que volver a apoyar la olla. Nati recolocó su paño. Esperó a que la mirara, contó con los labios y la llevamos entre las dos hasta la tabla que Rafa había dejado preparada.
Mientras esperábamos a que el aceite se enfriara, Nati salió al pasillo a llamar a casa. Apagué el otro fuego y me quedé en la cocina. Me dolían las orejas, pero no me quité los protectores. Cuando volvió, el aceite aún estaba templado. Hubo que esperar más antes de pasarlo a los bidones.
No supe si salió la frase de Nati. Ella tampoco me lo dijo.
El viernes cobré menos de lo previsto. Lolo me pidió que dejara de apuntar como pendiente la reparación de su furgoneta. Había encontrado a un hombre que le prestaba una para terminar la campaña.
—La mía ya la arreglaré.
Quise explicarle cómo habíamos repartido los gastos. Me dijo que no hacía falta y se fue a buscar su mochila. Fui detrás y le pedí disculpas por haberle asegurado la fecha del pago. Se quedó esperando por si añadía algo. No añadí nada.
El sábado vino la mujer del taller a recoger los bidones. Nos dejó una pastilla de jabón de oliva de una tanda anterior. Al terminar de cargar, me lavé las manos con ella en el fregadero. Froté el pulgar contra la palma para quitarme el aceite que había quedado junto a la uña. Aclaré la pastilla y la dejé en un plato.
Nati volvió a la cuadrilla el lunes. No hubo discusión. Alguien le preguntó por su madre y ella contestó que seguía igual. Luego todos nos pusimos a trabajar.
El siguiente olivo tenía una rama baja que obligaba a agacharse al pasar el manto. Nati se golpeó el hombro y dijo una palabra bastante fea. Nadie se rio. Ella miró las aceitunas que quedaban encima.
Paramos a comer junto a la furgoneta. Lolo se sentó con los muchachos, un poco más allá. Nati trajo una tortilla y me ofreció un trozo. La había hecho con el aceite de la muestra, el que había quedado en la sartén la mañana de su visita.
—Ese ya estaba gastado —dijo.
Lo probé. Se había pasado con la sal.
Mientras comíamos, Nati empezó a contarme algo de la mujer que iba a cuidar a su madre. Se detuvo. Tenía una miga pegada en el pulgar y se la quitó con los dientes.
Esperé.
—Otro día —dijo.
Volvió a envolver la tortilla. Yo sujeté el papel por las esquinas para que no se lo llevara el aire.