251. Papeles de almazara y picardía
Prólogo del editor
Entre unos legajos de procedencia incierta, adquiridos hace años en una almoneda de Úbeda, vino a parar a mis manos un cuaderno con tinta ya desvaída, cosido con hilo basto y ennegrecido por el rigor de los siglos y la humedad.
El volumen, caligrafiado con letra irregular, recoge nuevas de olivares, molinos, cosechas, ventas y pleitos, mezcladas con sucesos que el autor cuenta con más naturalidad de la que suele permitirse quien confiesa sus propias trampas. No faltan nombres de personas principales, que he preferido conservar tal como aparecen, pues mudar el crédito de los vivos siempre fue prudencia, y trocar el de los muertos suele denotar vanidad cuando no afrenta. No puedo asegurar que el autor fuese en verdad quien dice haber servido en la almazara de don Hernando de Isuela, ni me consta que existiera tal don Hernando, aunque la descripción de sus propiedades coincide en parte con antiguas noticias de molinos de aceite de la comarca olivarera jienense de La Loma o sus inmediaciones. Lo que sí puedo afirmar es que quien escribió estas páginas conocía el ministerio del engaño tanto como el de la aceituna, pues de ambos habla con igual soltura y amplio conocimiento.
He respetado la relación en cuanto he podido, corrigiendo apenas aquellas palabras que el tiempo había vuelto ilegibles, y no he querido quitarle su desvergüenza, que es la mejor prenda que tiene. Hallará el lector en ellas la voz de un hombre que conoció el hambre, el aceite y la condición humana, y que de todo ello supo sacar jugo con la misma prensa.
«Andanzas y desengaños de un pícaro bajo la sombra de los olivos»
A quien preguntare por qué razón entré a servir en una almazara, le responderé que la necesidad tiene más caminos que la santimonia, y que yo, por no tener vocación para ninguna de las dos, escogí el que oliera mejor. Sucedió esto en tierras de Jaén, cuando los hombres medían el año de una cosecha a la siguiente y el invierno se conocía por el trajín de las prensas. Allí vine a parar, mozo de pocos años, de deudas tempranas y de entendimiento despierto, después de haber asistido a un sacristán que tenía por milagro cobrar dos veces el mismo entierro, y a un escribano capaz de borrar una deuda con la misma pluma con que la había inventado. De ambos aprendí que el oficio honrado y el deshonesto se diferencian menos en la ejecución que en la excusa que se busca después.
Mi nombre, que poco importa ya, se quedó perdido entre las voces de los arrieros. Todos me llamaron Perico, y yo dejé que así fuera, porque un pícaro sin nombre propio tiene más espacio para inventarse otro cuando la providencia lo requiera.
La almazara pertenecía a don Hernando de Isuela, acaudalado de hacienda abundante y conciencia de precio variable, cosa que averigüé antes que el susodicho. En los meses de cosecha acudían cuadrillas enteras, y bajo tanta brega descubrí pronto que en una almazara sobran ojos para vigilar la aceituna y faltan para celar a quien la pesa. Entré yo como ayudante del maestro molinero, oficio que acepté con la humildad justa para que nadie sospechara de mí antes de tiempo.
El maestro se llamaba Teodosio y tenía una nariz que parecía puesta allí para velar el aceite; desconfiaba de todos, y con particular rigor de quien no tuviese oliva propia, es decir, de mí. Me enseñó a distinguir la aceituna madura de la pasada, y yo le dejé creer que retenía solo eso, cuando en realidad aprendía también cuánto podía escamotearse de una carga sin que la balanza lo notase, y cuánto podía notarlo la balanza sin que Teodosio lo dijese, que suele ser más de lo que uno cree y menos de lo que uno teme.
Aquel oficio me agradó desde el primer día, no por el concierto que en él había, mas por los resquicios que ese mismo orden dejaba. La aceituna llegaba henchida, la piedra la reducía a pasta, la prensa exprimía cuanto podía darse, y entre esas tres certezas cabía siempre una duda del tamaño de una jarra, que era justo la medida que a mí me convenía.
Don Gaspar
La primera ocasión de ejercitar mis componendas me la otorgó, sin pretenderlo, una tinaja, aunque a decir verdad la procuré bastante. Recibía por aquellos días don Hernando a un mercader de Córdoba llamado don Gaspar de Villafranca, que compraba aceite para enviarlo a Sevilla, y que había llegado con dos criados, una mula negra y un libro de cuentas tan abultado que parecía llevar dentro las deudas de medio reino. Yo, que conocía la utilidad de andar cerca de los tomos gruesos, me ofrecí a llevar la candela hasta la bodega antes de que nadie me lo pidiera.
Don Gaspar levantó un cuenco de barro, lo acercó a la nariz y aseguró que conocía bien el aceite de Jaén y que nadie podría embaucarle, frase que a mí me sonó menos a advertencia que a precio puesto sobre su propia vanidad, y que me apresuré a anotar para cobrarlo más tarde.
Escogió por fin una partida, y sobre ella se levantó una disputa de números que duró un buen rato. Yo callaba, no por modestia, en tanto porque había aprendido que el silencio, bien administrado, vale más caro que cualquier consideración. Entonces el mercader quiso saber de mi boca si el aceite era bueno, pregunta que tenía celada, y que yo, acostumbrado a las tretas ajenas, esquivé con otra artimaña mía:
—Señor, bueno es. Lo que ignoro es si lo será para vos.
Don Gaspar sonrió, creyendo hallar en mí una honradez que en realidad era cálculo, pues nada gana tanta confianza como una verdad dicha a tiempo, y nada la pierde tan rápido como espetarla siempre. Don Hernando me miró con una dureza que prometía trabajo doble para el día siguiente. El mercader compró la partida y, al marcharse, me dio una moneda, que guardé sabiendo que sería la más pequeña de cuantas ganaría aquel año, y por eso mismo la más fácil de recordar.
La fama del molino
Aprendí después que el aceite tiene un enemigo más rentable que el alpechín, y ese enemigo es la curiosidad ajena. Aquel año empezaron a llegar a la almazara hombres de diferentes lugares, no todos con intención de comprar, y a mí me dejó don Hernando el encargo de recibirlos, sin sospechar que ponía al lobo a custodiar el corral.
Entendí pronto que nadie desea únicamente comprar una mercancía, ansía llevarse también una historia que contar, y que los relatos, a diferencia del aceite, no pagan alcabala. A unos les hablaba yo del olivar viejo, cuyos árboles habían visto tantas cosechas que ya nadie recordaba quién los había plantado, cosa que era cierta solo a medias, pues yo mismo había inventado la mitad que faltaba; a otros les mostraba un trujal viejo y les decía que había servido a una familia de caballeros, título que aquella maquinaria jamás mereció ni conoció. Y a los más curiosos les acercaba una piedra de molino y les aseguraba que, arrimando el oído, se oía crujir la aceituna bajo ella. No faltaba quien lo intentara, y yo esperaba a que separase la cabeza de la roca para decirle, con la gravedad que solo da la práctica, que no había oído nada porque el aceite aún no había nacido. La frase causaba admiración, y la admiración abría los bolsillos con más generosidad de la que suele conseguir el razonamiento, cosa que yo ya sabía antes de decirla, que es la diferencia entre el necio que acierta y el truhan que apunta.
Don Hernando comprendió mi utilidad, y no mi condición, error frecuente en los amos, y me dejó acompañar a los tratantes, y de ahí saqué propinas, encargos, comida fuera de hora y, sobre todo, noticia de cuanto se hablaba en la comarca, que era la mercancía que yo más apreciaba, por ser la única que no pesaba en la balanza y sin embargo más pesaba en mi bolsa.
Doña Beatriz
Fue por esas fechas cuando apareció doña Beatriz, viuda de un propietario de olivares, dueña de una finca llamada La Serna. Vino acompañada de un administrador enjuto, cuya labor parecía consistir en maliciar de cuanto oliese a negocio, defecto que a mí me convenía sobremanera, pues un hombre que difidencia de todo suele descuidar de qué debe desconfiar primero. El administrador tenía la aceituna de La Serna por excelente, Teodosio por irregular, y yo, que la había catado días antes, sabía que ambos llevaban parte de razón, y también presuponía que decir la verdad entera a ninguno de los dos me reportaría tanto provecho como repartirla.
Cuando doña Beatriz me preguntó qué pensaba, respondí que la aceituna era honrada y que los hombres que la recogían tenían más celeridad que paciencia, respuesta que no comprometía a nadie y agradaba a todos, arte que había perfeccionado más que la molienda misma. El administrador se dio por ofendido; ella, en cambio, quiso saber quién había hablado, y desde aquel día empezó a solicitar mi presencia cada vez que llevaba aceituna al molino, cosa que yo procuré merecer con la diligencia de quien sabe que una viuda con olivares vale, en confianza, tanto como diez mercaderes.
Aquello me metió en un aprieto agradable, pues don Hernando quería que La Serna vendiese a la casa, doña Beatriz deseaba saber si le convenía vender de inmediato o esperar, y el administrador quería que yo confirmase siempre que la cosecha valía más de lo que decía el molino. Cada uno me ofrecía algo por opinar, y deduje que una misma verdad puede tener tres precios según quién la necesite, y que un pícaro con buena memoria puede cobrarlos los tres sin que ninguno se entere del otro, siempre que sepa, como yo sabía, no equivocarse jamás de cliente al sentenciar.
Lo que no debía escuchar, pero convino haber oído
Hasta que escuché lo que no debía, y de inmediato atisbé que aquello me convenía más que ninguna otra cosa oída hasta entonces. Una noche, mientras limpiaba en la bodega, oí voces detrás de una puerta; don Hernando hablaba con un comerciante sobre unas tinajas destinadas a Cantillana, y el comerciante le acusaba de haber mezclado aceite de distinta calidad, cosa que mi amo negaba con la firmeza de quien ya lo tiene pensado desde antes de que se lo barrunten. Yo conocía aquellas tinajas, pues había ayudado a llenarlas, y supe ansí que tenía en las manos algo que ni el mejor de mis embustes me había dado hasta el momento: una certidumbre ajena y sin estrenar.
A la mañana siguiente don Hernando me llamó a su presencia y me cuestionó acerca de qué me había percatado la noche anterior. Le respondí que había sentido voces, dos hombres que hablaban de que el aceite tenía memoria, frase que no era mentira ni era toda la verdad, que es la proporción exacta en que a mí me gustaba servirlas. Frunció el ceño, e inferí que el peligro no estaba en que yo conociese de la mezcla, sino en que él supiera que yo lo sabía sin coligir todavía qué pensaba hacer con ello, razón que decidí no aclararle.
Aquella tarde fui a ver a don Gaspar y le conté lo sucedido sin dar nombres, que es la forma más rentable de contar cualquier cosa. Él me preguntó si quería venderle la nueva, y le respondí que quería ofertarle la solución, pues el aviso se agota en un día y el remedio se cobra cada vez que se repite. Propúsele que comprase la partida completa, con la condición de probar antes las tinajas delante de testigos. Si el aceite resultaba defectuoso, don Hernando habría de rebajar el precio; si resultaba bueno, don Gaspar compraría toda la cosecha restante. En cualquiera de los dos casos, noté, ganaba yo, y esa fue, más que la justicia, la causa que me movió a proponerlo.
Se abrieron las tinajas al día siguiente. El aceite era bueno, no excelente, aseguro bueno, y así lo halló don Gaspar, que lo probó, lo olió y pidió pan. Cuando preguntó por qué se había hablado de mezcla, nadie respondió, y fui yo quien tuvo que explicar que una cosa era mezclar aceites y otra entreverar razones, y que aquella distinción, aunque sonaba a sabiduría, no era sino la manera más elegante que había hallado de no estafar del todo. Don Gaspar me sostuvo la mirada un instante y luego rompió a reír, diciendo que aquel mozo vendía mejor que su amo. Don Hernando no rio. Compró la partida y el escándalo murió allí. Gané dinero, obtuve fama de listo y granjeé, de paso, un enemigo, que en mi cuenta particular siempre conté como ganancia, pues un émulo bien puesto vale por dos amigos indecisos.
La despedida
Don Hernando no tardó en averiguar que había cobrado favores de media provincia, y me llamó canalla, con el juicio justo que da conocer a alguien a medias, pues si me hubiera conocido a fondo me habría llamado algo peor y con más precisión. Empezó a vigilarme de cerca, y alcancé que había llegado la hora de marcharme, no por arrepentimiento, mas porque un pícaro que permanece demasiado tiempo en un mismo molino termina moliéndose a sí mismo. Antes de partir quise ver una vez más el olivar de La Serna, donde estaba doña Beatriz.
Me preguntó si me marchaba, y le dije que mi suerte había empezado a conocerme demasiado, respuesta que le agradó más de lo que agradaría a un confesor. Quiso saber qué pensaba hacer, y confesele que buscar otra almazara. «¿Y qué sabéis hacer?», me preguntó, y yo, mirando los árboles, le desvelé que sabía cuándo una aceituna está madura. Ella repuso que eso lo sabe cualquiera, y yo añadí que también sabía cuándo un hombre está maduro para ser engañado, cosa que muy pocos saben y menos aún admiten, lo que le sacó una carcajada y el comentario de que yo tenía mala sangre, a lo que repliqué que tenía mala hacienda, y que la sangre se adapta a lo que hay, no a lo que se predica. Me ofreció trabajo en su finca, y lo rechacé, no por escrúpulo, sino porque había aprendido que el pícaro prospera mientras nadie tiene tiempo de conocerlo entero, y en su finca, con el tiempo, acabarían conociéndome.
Partí aquella misma tarde con tres monedas, una camisa limpia y una pequeña redoma de aceite que doña Beatriz me regaló al despedirme, regalo que acepté con más gratitud de la que suelo mostrar, quizá porque era el primero que nadie me cobraría después.
Muchos años más tarde, ya viejo, me encontré en Plasencia con un mercader que había conocido aquellos tiempos, y me preguntó si aún recordaba la almazara de don Hernando. Le dije que sí, y que recordaba mejor aun cuánto había sacado de la misma. Me preguntó también si recordaba el aceite, y le respondí que el aceite no se olvida, porque guarda dentro de sí todo lo que ha tocado, y que en eso se diferencia de los pícaros, que preferimos olvidar la mitad de lo que rozamos, por higiene de conciencia. Saqué entonces de mi bolsa la redoma pequeña que había conservado durante tantos años, casi vacía ya, y él la acercó a la nariz sin hallar en ella ningún aroma, porque solo había pasado el tiempo. La guardé de nuevo sin explicarle que aquella era, precisamente, mi mejor mercancía, un frasco vacío que aún sabía vender como añoranza.
A partir de ese momento ejercí de molino en molino, cobrando siempre lo debido para no ser colgado y mintiendo siempre lo justo para no ser creído del todo, que es la medida exacta en que un tunante llega a viejo. No volví a hacerme rico, ni volví tampoco a pasar hambre, y entre esos dos extremos hice carrera larga. Cuando me preguntaban qué había aprendido en aquella almazara solía responder: que la aceituna tarda un año en hacerse y un día en caer; que el aceite puede subir de precio sin crecer una sola gota, arte que yo mismo practiqué con mis propias palabras; y que quien sabe escuchar el ruido de una prensa termina por oír también el de los bolsillos ajenos, que suena mejor y rinde más. Nunca añadía la cuarta, que era que yo, Pedro de La Vega, había entrado con penuria en aquel molino y había salido de él con oficio de embelecar y conciencia bastante para no engañarme a mí mismo, que es, entre los pícaros, la rareza que a algunos nos sostiene la vejez.
Moraleja
Quien vive de argucias acaba necesitando que los demás conserven la memoria corta, y sabe además que esa necesidad es la mejor renta que puede administrarse. El astuto gana una cosecha, una venta, una jornada de ventaja, pero el tiempo lleva cuentas más exactas que cualquier mercader, y a la larga cobra sus intereses aunque tarde en presentar la factura. El olivo enseña otra ley distinta, crece despacio, resiste la sequía y entrega su fruto después de largos meses, cosa que ningún embuste consigue, por ingenioso que sea.
El aceite, después de pasar por la piedra y la prensa, conserva la sustancia que llevaba escondida, y algo semejante ocurre con los pícaros que llegan a viejos, pues por mucho que hayan mudado de nombre, de amo y de treta, queda en ellos aquella sustancia primera que ni el embauque termina disimulando. Perico ganó dinero con sus ardides, aprendió oficio con el trabajo, y guardó para sí, sin confesarlo de pleno, la advertencia de que la treta abre camino, pero solo la destreza permite recorrerlo hasta el final sin que a uno lo cuelguen a mitad de trayecto. Y esa fue, al cabo, su ganancia verdadera, la única que ningún amo pudo descontarle.