243. Índice de acidez

Emanuel Elias Sánchez

 

Antonio Vidal repite tres veces el mismo gesto antes de cada intervención. Corta, moja, muerde. Nunca dos bocados iguales, nunca una palabra de más. La primera vez que operó un aneurisma, las manos le temblaron tanto que dejó caer el bisturí; desde entonces trae, cada semana, una botella sin etiqueta de la almazara de su padre en Martos. Nadie en el hospital pregunta por qué. Marta, la instrumentista, le sirve el aceite en el mismo plato blanco, antes de que él se lave las manos.

Esa mañana el aneurisma roza la arteria basilar, un margen de dos milímetros que no perdona temblores. Marta corta el pan más grueso de lo habitual. Sirve más aceite del que suele. Antonio no lo nota, o no lo dice.

Cuando llega el momento, es la botella la que tiembla en la mano de Marta. El chorro se tuerce, se derrama fuera del plato y mancha la mesa de acero en un hilo dorado. Antonio moja el pan en el charco y muerde con la calma exacta de todas las veces. Se lava las manos y entra. La puerta se cierra. Marta se queda con la botella vacía y el plato sucio, bajo el fluorescente.

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