244. Karma
Mi bisabuelo cultivó enormes olivos de secano. Eran su alimento, su luz, su medicina… Llevaban decenas de años creciendo en unas tierras que heredó mi abuelo, justo cuando él falleció con una sonrisa en los labios: recién había descubierto abundante agua subterránea y culminó la construcción del único pozo por todas aquellas tierras.
En los alrededores habría unas seis viviendas; familias beneficiadas gracias a mi abuelo, generoso con su agua quien además ofrecía salarios por cualquier tipo de mano de obra. De no existir el pozo, la vida regresaría al mismo martirio de antes, o peor… El clima se había agravado con el paso de los años; en aquella región cuando lloviznaba era a causa del meado de los pájaros… Al verse bendecido, se le ocurrió comenzar a plantar más de trescientas estacas de olivo para que sus descendientes pudieran lograr casi cuatro mil litros de aceite al año. Sacaba sus particulares cálculos de cara al futuro. Decía que el olivo crece muy lento, pero cuando se impone se convierte en una bestia. Repetía que en el campo jamás se debe parar el trabajo; ni un solo día, ni una sola hora…Yo nunca tuve interés por nada de aquello. Para mí, un “no parar en el campo” era la consecuencia o la mala suerte de haber nacido en aquel entorno.
No imaginaba a qué descendientes se refería por entonces; si contaba conmigo, que ni siquiera había nacido, el infeliz estaba perdido.
Colinas y pendientes lo aislaban todo. Era de suponer que por allí jamás llegaría el progreso. Me parecía un milagro que en aquella “choza” hubiese corriente eléctrica, pero mi abuelo siempre contó con muy buenos amigos pudientes. Supongo que así logró que le colocaran un poste de madera con peste a químicos y aisladores de porcelana. Este tenía una especie de ganchos en forma de ele desde su base y yo tenía unos cinco años cuando lo descubrí. De aquel poste me arrancaba horrorizada mi madre cada vez que me veía con intenciones de alcanzar algún nido de aves en su cresta…, una semana más tarde después de que este llegó, algunos vecinos ya estaban halando también electricidad… Por ello, de noche podía extasiarme en alguna ventana observando cuál de las lejanas lucecillas se apagaban antes o después que otras.
De aquella época recuerdo a mi abuelo atiborrarse de “casamiento”, así le llamaban a juntar en el mismo bocado una oliva con un trozo de tocino o de arenque. Me resultaba asqueroso verle meterse semejante mezcla en la boca tan temprano en la mañana… y más acompañada de chupitos de risol. Detestaba que mi madre me llevase allí cada verano y la lentitud del tiempo en transcurrir para alcanzar la adultez y poder quitarme de encima aquella tortura.
Apenas supe mucho más tarde, que el día que yo nací el único que estuvo al lado de mi madre durante el parto fue mi abuelo el olivero. Se subieron en el Cuatro Latas y volaron hasta la Maternidad Provincial. No imagino cómo pudo dejar la plantación y permanecer en la ciudad tantas horas hasta que supo que todo había salido perfecto. Mi abuelo fue incapaz de ocultar su gozo cuando supo que tenía un nieto varón y que este al crecer estaría a su lado llevando las riendas de su amado olivar. Durante tres días, emocionado, se dispuso a la tarea de embellecer la casa hasta hacerla irreconocible, mientras mi abuela se dedicaba a los últimos detalles de un ajuar de bebé que mi madre había comenzado con una barriga que ya le rozaba la nariz. “La recién parida” se echó a llorar cuando entró a casa conmigo en brazos y vio su habitación.
Mi abuelo apenas sabía leer, pero le encantaba que mi madre lo hiciera. Por eso, cuando ella era muy chiquitilla y ni siquiera había comenzado en la escuela del pueblo él le compraba montones de libros. Yo creo que a causa de esto era tan rara, y que por la misma razón la abandonó mi padre de manera oficial cuando yo tenía unos tres años. Él desapareció hasta que yo me convertí en adulto, cuando fui yo mismo quien comenzó a buscar el acercamiento.
Estudió literatura muy lejos del olivar, al que regresaba por aquella época, si acaso, una vez al mes, de ahí que le tomara el gusto a vivir en las grandes ciudades. Se expresaba distinto a la gente del campo y mis abuelos se enorgullecían de lo que habían logrado con sacrificio. A mi madre le encantaba la música clásica, la independencia y confeccionar elegantes recetas de cocina en sus momentos libres, después de impartir clases en el instituto.
A mí nunca me gustó leer, yo prefería jugar Atari. De ahí que ella mandara a arreglar el televisor de la finca. Así lograba arrastrarme hasta aquel espeluznante nido de sudores y abnegación por los pelos cada verano y fines de semana.
La plantación de aquellos árboles que parecían fantasmas retorcidos de mis abuelos me daba pánico por mil razones. Primero, me parecía que todo allí estaba muy sucio y olía a aceite rancio. Además, soy alérgico a un montón de cosas y para colmo, entre ellas, al polen del olivo… Las paredes cubiertas de un polvo centenario estaban cargadas de estanterías de maderos carcomidos. Soportaban múltiples envases de barro reventados de olivas intentando curtirse. Mi abuela las machacaba con una piedra para sumergirlas en aquella agua sucia (o así la veía yo), a la que añadía un sinfín de hierbas del pequeño huerto aromático ubicado a continuación de la arcada posterior de la casa. En las tinajas lo mismo metía romero, que ajo, hinojo, limón y hasta guindillas. Una semana o un mes más tarde apartaba una buena parte de aceitunas para mi madre y el resto mis abuelos lo devoraban a diario.
Lo sé todo, porque enfrente de aquella larga mesa de la cocina-comedor se veía y escuchaba hasta lo más ínfimo, donde me sentaba muchísimas horas con mi Atari, abstraído, intentando no escuchar tanta ignorancia y atraso, pero a veces no quedaba otro remedio.
— ¿Y dicen que te va bien en la escuela?
—Sí abuela, me va bien, es fácil. Ni siquiera tengo que estudiar…—le respondí mientras la sentía en el otro extremo de la mesa, muy cerca de la enorme campana de una chimenea alimentada en invierno todo el santo día con la madera de la poda. Mis ojos andaban fijos en aquella tele en blanco y negro ubicada entre olivas y amarillentos libros. Apenas le vi su rostro mientras confeccionaba sus andrajos, con un guiso que, según ella, sería todo un manjar.
—¿Seguro?
—Que sí…
—Prueba esto antes de la comida. Está que se las pela—me dijo después de verter un chorro de aceite en un trozo de pan. —Es el picual, del nuestro.
—Abuela, qué picual ni qué porquería.
—En los labios, almíbar…, sabe a ángeles. Solo pica un poco en la garganta…
Lo hice. La odié ese día con toda mi alma.
—¿Para qué sirve el picor? ¡Uf!, déjame, abuela, prefiero las crepes que mi madre me hace en casa por las mañanas.
—¿Podrías traerme tres o cuatro huevos del corral?
—Abuela, no, que yo no sé nada de eso. ¿Y si me pican las gallinas? Te sentirás culpable. Hace frío, hazlo tú.
No se me olvida su mirada en los finales de aquel invierno. Sonrió con los ojos. Se acercó a mí y me acarició el cabello. Salió de la estancia con una cesta mientras mi abuelo, sudoroso y pleno de greda mojada de pies a cabeza hacía su entrada. La escuché por unos segundos hablar risueña con él en el umbral de la puerta. Era domingo y un día especial para ellos. Había terminado la cosecha del año.
—La ensaladilla está en la mesa… Ahora regreso. —le dijo guiñando un ojo. Alcancé a verla, me señalaba a mí con un gesto de quijada. En ese momento me sentí aún más fuera de aquella familia.
Y total, que en la mesa no había ninguna ensaladilla, o al menos no con el concepto que yo tenía. Allí solo había aceitunas verdes machacadas con ajo, cebolleta picada y aceite de la finca… Mi abuela le había agregado además trozos de naranja amarga por encima al conjunto, y, por si fuera poco, le había espolvoreado pimentón.
Estudié música a la fuerza porque a mi madre se le metió en la cabeza. Recuerdo verla dando vueltas como una loca conmigo por toda la ciudad buscando el conservatorio. Según ella, yo no tenía afición por nada. Me parece que, desesperada, llamó a mi padre por esa época para ver si él lograba hacerme entrar en razón. Según supe él le respondió que, si yo no quería estudiar, pues que no estudiara, así de simple.
Pero lo hice. Después de graduarme a veces tocaba en una banda o me llamaban como suplente en las sinfónicas de otras ciudades. Mi salario fijo era el de profesor de clarinete en el mismo conservatorio donde había estudiado. Allí me junté con una mujer sosa y estricta; la bibliotecaria de mi centro de trabajo. Fue cuando mi madre me dejó el piso y regresó al campo de olivos. No llegó siquiera a los tres años; falleció prácticamente un mes después de que lo hiciera mi abuela.
Si tomábamos aceite apenas mencionábamos el olivar, a pesar de que este provenía de allí. Sin embargo, vale mencionar que todavía íbamos algunas veces de vacaciones a la finca.
Allí quedaba únicamente mi abuelo, pero valía la pena. Aún recuerdo la conversación del último día que le vi en vida.
—Abuelo, tenemos que descansar. Nos hemos matado durante meses, comprende. Si fuera posible no quiero que en estos días llames a nadie, suspende la faena. No quiero escuchar equipos de ningún tipo, ni tractores, ni motosierras, ni ese gentío de campesinos analfabetos dando voces de madrugada…, escucha, no queremos mover un pelo, no queremos saber de nada. Tú mejor te duchas bien y te arreglas, te llevaremos a un buen restaurante… Nada de recetas de las tuyas, entérate de una vez.
—No te preocupes, pequeño… Mijo, que yo no puedo dejar de…, vale, así será.
Jamás me había fijado en sus manos hasta ese día y confieso que me horroricé. Eran muy gruesas, casi deformes por el trabajo y por su artrosis. Le temblaban mientras hablaba y observaba a la vez de soslayo a mi compañera, quien sonreía complacida por mi firmeza. Mi abuelo no supo por unos segundos si tomar hacia la derecha o hacia la izquierda e intentaba ocultar esas manos de Popeye en su antiguo y mugriento sombrero de paja trenzada.
Y, pequeño…, ¿yo? Vaya, si es que por aquel período del tiempo yo andaba por la treintena. Ni idea de cómo él se las arreglaba cuando le visitábamos, hoy creo que su actitud merecía reconocimiento. Con su alegría oculta junto a su tristeza perenne y una pérdida de masa muscular espantosa era capaz de contratar a una persona y que esa misma nos cocinara, lavara nuestra ropa, fregara y nos hiciera flotar por los aires… Además, la vivienda se había remodelado bastante con el paso de los años y estar en ella ya no era lo mismo que antes, o quizás mis razonamientos de niño y adolescente eran opuestos al actual. Así que, nada más fallecer el patriarca, pasó lo que pasó… Justo una semana más tarde, la puerta eléctrica de mi garaje atrapó mi mano derecha destrozándole los tendones. Adiós a la música. Solo quedaban los olivos, el dinero que mi abuelo me había dejado y una confusión tremenda en cuanto a si vender o no.
Al administrador del abuelo por esas fechas le dije un día lo que le dije: “Llévate ese jodido libraco pleno de garabatos de delante de mis ojos… Tú sigue al tanto de todo como siempre, y ya veremos”.
Mi compañera y yo comenzamos a soñar, sobre todo porque el precio de las olivas había bajado. Estaría implícito mantener el cultivo y la cosecha, pues se trataba de una de las actividades más importantes de nuestro proyecto. Ayudaba que los muros de piedra y el gran cobertizo se habían puesto de moda y que el turismo rural entraba en su apogeo. Habría que retocar paredes, levantar o tirar algún que otro muro y conformar rincones de ensueño, solo eso entre tantos detalles en cuanto a espacio existente habitable. Quedaba invertir en ampliaciones, más baños, una piscina mediana y un letrero lumínico enorme dando la bienvenida a los futuros huéspedes y comensales.
Comenzaron los trabajos, los pagos a los arquitectos, la compra de materiales y las gestiones de permisos… No fue tan simple; había que adaptarse a las condiciones y evitar la tala… Hubo decenas de plataformas sobre pilotes y algún que otro soborno de vez en cuando, teniendo en cuenta que aquello no era un terreno muy apto para la construcción.
Hicimos casi todo lo programado y sé que mi abuelo, en caso de resucitar, me habría matado a sangre fría porque su trozo de mar de olivos, arado siempre a la perfección, donde por impoluto se podría ver hasta un gato pardo en la noche a más de cien metros, ahora estaba invadido. Nosotros pensábamos en el dinero, en nuestros planes y en una biodiversidad que enriquecería el entorno. Las zonas de los cornicabras y los arbequinos se colmaron de amapola común, de jaramago, de manzanilla, de borraja y plantas trepadoras con un verdor y un colorido que atraía hasta a las aves.
Me sentía en el paraíso y hasta mi padre comenzó a visitar aquello con frecuencia desde que lo había dejado de ver hacía más de treinta años. Y aquella misma señora, quien nos atendía desde antes contratada por mi abuelo en nuestras vacaciones, se convertía en la chef de nuestro proyecto. Nos daba a probar aquellos platos que yo ahora encontraba divinos, con un potencial excelente para ofrecer a los futuros clientes… Entonces comprendía por qué el mundo era capaz de amar aquellos organizados paisajes de troncos nudosos tan gruesos y enrevesados en medio del cielo y la tierra, en medio de un calor abrazador o de un austero frío… Las majestuosas bestias se imponían con sus hojas firmes y sus frutos milenarios… provocaban saborear lo mejor de nuestro universo concentrado en unas gotas de oro líquido.
Se nos había ido casi todo el dinero en el plan y en especial en la piscina, en unos tiempos donde ambos dormíamos definitivamente en la finca; ella sin otro trabajo y yo en el paro, un panorama pasable si todo hubiese fluido o hubiésemos obtenido alguna ganancia.
Nos abstuvimos de comprar el segundo motor de agua intentando algún tipo de ahorro, pero esto no habría sido la causa de lo ocurrido más tarde.
Una especie de agonía se extendió por más de un par de semanas. La antigua, aunque excelente motobomba de gasoil de mi abuelo, la misma que tantas veces desbordó de agua el gran depósito elevado, comenzó a carraspear, a toser y a escupirnos encima un hilo de agua marrón. A veces, solo salía un soplo de aire, seco, agrio…, hasta que esa noche con la linterna pudimos apreciar en el fondo del pozo un lodo agrietado que nos partió el alma; la vida se nos quebraba. Junto al barro y en la superficie de las paredes había piedras que comenzaban a cubrirse de moho. Un par de ranas yacían en el mismo centro, muertas.