237. No te estreses, sigue disfrutando

Mirlos

 

Eran las diez y media de la mañana cuando recibí la llamada de mi madre, su voz era tenebrosa, me puse en alerta y le pregunté qué le pasaba, porque la notaba contrariada.

¿Cómo había sido posible que el día anterior, al ir al supermercado, se me hubieran olvidado parte de los ingredientes de la lista?, su lista. Ella nos iba a preparar, el día de hoy, la comida que llevaríamos para la romería: tortilla, ensalada y unos bocatas pequeños de cinta de lomo con queso y pimiento asado. La boca se me hizo agua cuando me lo contó, y ahora, sudoroso en el gimnasio, tendría que salir escopetado al super para comprarle: el aceite, las aceitunas variadas (las verdes gordal para mí, las negras son las favoritas de mi padre, mi hermana y mi madre escogen siempre las machacadas y el frasco del cóctel) y las patatas de freír (antes solo había un tipo y no sabías para qué eran mejor). Así que he soltado la máquina dejando a mis bíceps sorprendidos de la sesión tan corta y he partido zumbando.

No tardé más de media hora en hacer la faena, y para compensarla, me senté con ella y me puse a pelar las patatas. Su melena tenía recogida en un moño, atravesado por uno de esos palos parecidos a los palillos chinos, pero este era de metal, me confesó una vez por lo bajito que era su arma defensiva, ese día no le dije nada, espero que nunca le haga falta; se sentó después de ponerme un café y mientras me hablaba estaba pendiente a su vez, con el rabillo del ojo, de lo que pasaba en la tele. Cortaba ella la cebolla en trozos pequeños y el chorizo (que se lo pondría a mitad de la tortilla).

Solo usa aceite de oliva virgen extra porque afirma le da ese sabor exquisito a la tortilla; se lo echó a la sartén y se puso manos a la obra. Mientras tanto, yo mezclé el aceite para la ensalada, con vinagre, un diente de ajo, unas ramitas machadas de romero y sal y pimienta. Es más sano, me dije, ya me lo decían los abuelos, se sabía por costumbre, y ahora, en cambio, nos lo ponen en la etiqueta. Los investigadores nos confirman con nombres complicados (AOVE, oleocantal, polifenoles y antioxidantes) sus propiedades conocidas de antaño: para la presión alta, para prevenir enfermedades metabólicas, para la salud digestiva, la piel y el cabello hidratados, antiinflamatorio, etc.; todo eso era de conocimiento popular, sin estudios universitarios ni masters… Con el aliño listo, me levanté para coger un frasco, reposaría en la nevera hasta que nos marcháramos.

Casi eran las dos cuando subimos todos al coche. A las dos y media aparcamos el coche. Nos juntamos un montó como todos los años, seríamos unos cincuenta, cantamos, rezamos y caminamos acompañados por la brisa y un sol tímido que nos dejaba disfrutar sin agobios del día. Después de la misa, y ya con una sensación importante de apetito, nos fuimos a buscar una sombra; durante la celebración, los dueños de los olivares no nos regañaban por meternos en sus campos, siempre y cuando no le diéramos un tajo a las ramas como recuerdo de la romería.

Escogimos un árbol de brazos anchos con una sombra generosa, se sentó mi hermana (tenía hermosos cabellos castaños) y extendió el mantel, de espaldas la podías confundir con mi madre. Su novio solo sonreía, se cohibía con la presencia de mis padres, era la segunda vez que le veíamos.

La tortilla, la ensalada y los bocatas estaban en el centro, a un lado un táper con fruta, mi hermana sacó uno mediano que tenía jamón y queso y otro con un surtido de aceitunas, ya estábamos listos para disfrutar del festín… Todo estaba delicioso, no quedó nada, salvo un trocito de carne que había traído mi madre para dárselo al chucho enano que había adoptado hacía dos años y se lo dimos en ese momento, nunca mientras comíamos. La fruta fue nuestro postre, por suerte salió buena: dulce y sabrosa.

Estuvimos unas horas interactuando con los demás, mi padre llevaba tiempo que no veía a su hermanastro (nuestro tío), era tan delgado como un palo seco y su aspecto en general hacía pensar que le había pillado una tormenta: su pelo blanco desmelenado, su ropa mal puesta y sus pantalones como la de los jóvenes muestra calzoncillos. Mi padre aseguraba que era un excéntrico, solo cuando iba al trabajo (era abogado) se arreglaba.

Se nos había hecho un poco tarde, así que apuré a todo el mundo para que recogiéramos y nos pusiéramos en marcha, tenía una modorra terrible, mi tío hacía un rato largo que se había marchado y yo sucumbía a una siesta deliciosa, pero recogimos con presteza y nos volvimos por donde vinimos.

O eso creí yo, una hora después no conseguía la salida, al preguntar a los demás, comprobé que todos estaban iguales; de la cháchara que mantenían, nadie se fijó en mi error. Erré el camino y, para más inri, al salir a la carretera, tomé la dirección que más nos desviaba de nuestro destino.

Llegamos a un pueblo que no conocíamos, por suerte había un hostal aún abierto y los cinco conseguimos alojarnos en tres habitaciones (mi padre durmió solo). Para cenar nos ofrecieron unos filetes, patatas fritas y ensalada. ¡Madre mía!, dijimos, el aceite no sabía a nada, era de los otros. Comimos todos sin decir palabra, nos marchamos con un regusto triste en la boca al son de las campanas de las once de la noche.

Estando tan lejos, por la mañana decidimos aprovechar y hacer una excursión. El pueblecito era pequeño pero matón, qué bonito que era, su paisaje estaba cubierto de alegres almendros, lo que nos evocó el pueblo de mis padres (el de ayer) donde kilómetros de olivos acariciaban el horizonte. Nuestro padre rememoró, otra vez, porque durante la romería se puso a contárnoslo al detalle, las veces que se sacaba un extra recogiendo las aceitunas, era jornalero. En casa, el abuelo siempre hacía unos botes de aceitunas de sus matas. Uno era tan fuerte que, de pequeños, cuando nos las ofrecía, salíamos corriendo despavoridos. Ahora, las hace mi padre para Navidad, cuando se reúnen todos y es que, entre la guindilla, el pepinillo, los ajos, las cebolletas, las alcaparras, el ají dulce y el pimentón creaba una bomba.

Estando con nuestras divagaciones, caminando por esos largos caminos, llegamos a los pies de un arroyo bastante poblado de plantas: juncos y eneas entre las que más destacaban. El chucho (que es además su nombre) salió corriendo y saltó entre las plantas hacia el agua, con la mala suerte que se quedó atasco entre ellas. A mi madre casi le dio un soponcio, mi hermana se había quedado más atrás con su novio y no se enteraba de nada. Mi padre se agitó, yo me preocupé, creí que explotaría como una granada. Me quité los zapatos y tan pronto pisé el suelo, me clavé finas ramitas en la fina piel de mis pies, además de que se me empaparon, me puse de nuevo los zapatos con los calcetines mojados en mis pies sangrantes y sucios. Me remangué los bajos y caminé hacia su orilla fangosa, el chucho se hundía cada vez más, solo le veía las patas y la cabeza que expresaba algo de miedo, creía yo. Justo cuando me incliné y me agarré a unas de las ramas que ahí había y parecían de las más robustas, mi pie se resbaló y se deslizó hacia abajo por el margen nutrido y oscuro. El hedor a podrido me puso nervioso, recordé el móvil en mi bolsillo, la billetera y las llaves del coche y de mi casa y la de la casa de campo de mis padres. Me enfadé conmigo mismo, con una pierna hundida hasta la rodilla, cogí mi brazo derecho y saqué el móvil, lo lancé a la altura de mis padres y le pedí que lo cogiera, lo siguiente que mandé por los aires fueron las llaves y la billetera.

Tuve la mala suerte de perder el equilibrio al quedar la pierna atrapada en ese lodo putrefacto de nutrientes cuando giraba por lo que resulté más embarrado, suspiré y me centré en coger al perro que gemía más de miedo que de dolor y lo saqué, para entonces había llegado mi hermana (la única que tengo y para mi pesar, con solo dos dedos de frente), porque no se le ocurrió nada más útil que hacer un reportaje de los hechos que acontecían, si la hubiera tenido cerca, en ese mismo instante estaría conmigo embarrada, o luchando contra tanto junco.

Como temía perder la zapatilla, decidí sujetarla con las manos mientras levantaba la pierna, yo no me sentía cómico pero las carcajadas estridentes de mi hermana parecían decir eso, mi madre solo tenía ojos para su chucho y mi padre, mi padre estaba tan agotado que empezó a marchar hacia el coche. Solo me ayudó a salir de esa afanosa situación el novio de mi hermana.

Me acompañó el enfado, la peste, las risas hirientes y la suciedad. Estaba más molesto que cansado, alcanzamos a mis padres que estaban a trescientos metros de distancia, el perro reseco y oloroso todavía en los brazos de mi madre. Mi hermana seguía su cutre-humillante reportaje cuando nos dimos cuenta de que no íbamos bien.

Media hora después, ya siendo casi las seis, conseguimos llegar al coche perseguidos por un tufo penetrante, estábamos cansados. Calculamos lo que tardaríamos en llegar a la ciudad, y nos rendimos, regresamos al hostal para pasar una noche más.

 

La mañana era hermosa y fresca, conseguí descansar y me sentía feliz. Levanté a la tropa, desayunamos con diligencia y puse el Waze para no errar nunca más. Partimos a las diez de la mañana, conduje por el camino indicado, media hora después, me di cuenta de que íbamos mal encaminados, tantos pueblos con los mismos nombres, tantas calles con los mismos recuerdos y reconocimientos… Paramos un segundo, puse el Waze de nuevo con la calle correcta, lo revisé dos veces más, y partimos al fin hacia nuestro real destino.

¡Qué suerte!, mi hermana encontró un bote de aceitunas variadas y no las estamos comiendo.

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