239. Un cuarto de litro

José Luis Gavira García

Aurelia guardaba la alcuza de hojalata bajo el colchón de lana, envuelta en trapos oscuros como si fuera un recién nacido. En el crudo invierno del cuarenta y seis, el aceite virgen era más que un simple aliño: la única frontera entre la vida y el cementerio.

Su hijo menor miraba la rebanada de pan negro sobre la madera astillada. La mujer inclinó el pico de la aceitera con pulso vacilante por el ayuno. Dejó caer un hilo finísimo y dorado que empapó la miga de salvado. Tres gotas. Ni una más.

Cuando el muchacho terminó, rebañó el plato de barro con el dedo y se lo llevó a la boca. Chupó la mesa allí donde había caído una lágrima extraviada.

Aurelia volvió a esconder la alcuza. Aquella tierra daba latidos y a ellos les quedaba exactamente un cuarto de litro de vida.

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