234. La luz que quedaba

Raiz de Luz

 

Mi madre no tiraba el aceite de oliva. Lo usaba una vez y otra en distintas comidas. Cuando quedaba oscuro y quemado, servía para encender la noche.

Con una botella, una bombilla de mate y un hilo armaba un candil. El aceite viejo alimentaba la mecha y su llama débil dibujaba sombras en las paredes. No teníamos luz eléctrica. Afuera, la huerta era una tristeza de tierra seca; adentro, una zanahoria, unas papas y un huevo de nuestras gallinas alcanzaban para inventar la cena.

Yo miraba la llama temblorosa y también los vestidos de mi madre, tratando de imaginarme dentro de ellos. No sabía cómo decir quién era. Apenas podía decir que tenía hambre, frío o miedo. Pero bajo aquella luz, algo en mí comenzaba a reconocerse.

Pasaron los años. La pobreza no desapareció de un día para otro. Tuve que aprender, estudiar, trabajar y resistir. Cada caída me obligó a inventar otra manera de levantarme.

Ahora sé que aquella llama no alumbraba solamente la casa. También iluminaba un camino. Del aceite gastado nació la luz; de la tierra pobre, el alimento; de una vida herida, una mujer capaz de volver a empezar.

Y todavía arde.

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