229. Cortijo Edén
«Mi querida sobrina Milagros:
Sabes que te quiero como a la niña que no he tenido y que, desde que faltan tus padres, tienes en mí a una madre devota. ¡Cuánto me ha alegrado la noticia de que has alcanzado tu sueño! Después de ser una subinspectora de policía modelo, ahora has ganado, tras reñido concurso, la categoría de inspectora. Pero, al tiempo que celebro tu éxito, tengo, cariño, un motivo egoísta para escribirte este correo: te necesito aquí; preciso tu sabia intervención para salvar el Cortijo y a la familia.
Tus primos hacen honor al nombre maldito que el loco de tu tío Alberto se empeñó en ponerles. Caín ha querido darle vuelo al negocio, pasando de vender el aceite a granel a embotellar y comercializar, con marca propia, un virgen extra. Pero choca así con Abel, quien se ha embarcado en un proyecto de oleoturismo que disputa espacios y recursos a la producción de aceite. Mis hijos hacen malabarismos financieros y jurídicos para que sus actividades cohabiten en la sociedad familiar y yo hago los míos para que ellos convivan sin matarse…
También sabes que en tu tío no puedo hallar apoyo ni consuelo: ahora los médicos hablan de deterioro cognitivo asociado a la edad; yo creo que siempre ha estado majara y, sencillamente, su chaladura va en aumento. Como muestra, un botón: ahora le ha dado por alimentar con la mano a las avispas. Mientras los demás nos afanamos en espantarlas, él parte un grano de arroz, lo pone en la yema del dedo y se queda extasiado viendo cómo el insecto, allí posado, prepara el botín con patas y mandíbulas, hasta que levanta el vuelo acarreándolo…
En fin, que esto es un manicomio. Mi amor, mientras te asignan destino, ¿por qué no vienes a pasar unos días con nosotros, acompañada del bueno de tu Manolo o incluso sola, si él no puede? Aunque estamos en octubre, Caín quiere adelantar la cosecha por no sé qué historias de que así sale mejor aceite, aunque se obtenga menos… Así que, si vienes ahora, volverías a disfrutar de los olivos cargados y del trajín de la recogida, que tanto te fascinaba de niña. Y harías feliz a tu tía Rosario, que te quiere infinito y te manda un sinfín de besos.»
Manolo rastreó concienzudamente las tarifas de trenes, pues el matrimonio era muy ahorrador, hasta que encontró el billete más económico para Milagros. En la estación de Jaén, la recogió su primo Abel. Los diez años que los separaban habían significado primero la distancia entre una adolescente y un niño; luego, entre una mujer adulta y un muchacho. Ahora, cuando la flamante inspectora rondaba los cuarenta, esa década ya no contaba: ambos eran adultos. Milagros no podría, como antes, reconvenir a su primito y darle un tirón de orejas cuando se portara mal.
La inspectora se fijó en que Abel encajaba en la imagen que la tradición atribuye a su homónimo bíblico: de constitución grácil, con guedejas rubias y ojos azules. Su hermano, por lo que recordaba, también respondía al estereotipo del Caín de la historia sagrada: moreno, más fuerte y algo tosco de modales.
Al volante, Abel aprovechó para desgranar ante su prima las virtudes del oleoturismo. Primero explicó qué era: se trataba de enseñar el olivar, la recogida y el triturado de la aceituna, organizar catas y explicar al visitante la cultura del aceite. Pero pronto fue más lejos: para eso, no hacía falta tener una explotación a pleno rendimiento. Bastaba conservar algunos olivares y un vestigio mínimamente operativo de la almazara; el resto podía convertirse en espacios para catas, alojamiento, actividades… Era un negocio más sencillo, entrañaba menos costes, exigía menor inversión… y, según sus cuentas, ¡dejaba un beneficio neto muy superior! Después Milagros se enteraría de que, en cambio, Caín no ponía en cuestión el derecho a existir del negocio oleoturístico; solo pedía que se desarrollara sin perturbar la explotación, cosa que, según él, tampoco era complicada.
Al entrar en el cortijo, envuelta en una rebeca que la protegía de la fresca brisa del atardecer, a Milagros la asaltaron los recuerdos: volvió a tener, como antaño, la sensación de entrar en una colmena. Nadie parecía reparar en nadie y, sin embargo, todos sabían qué hacer. De los olivos repletos, las cuadrillas recogían ya las primeras aceitunas. Un tractor avanzaba trabajosamente hacia la almazara y, junto a las tolvas, hombres y mujeres iban y venían entre voces, el zumbido de los motores y el fragor de la maquinaria. En el aire flotaba un olor intenso y fresco a aceituna recién molida. Aquello, se dijo, era un organismo vivo: sería un crimen mutilarlo hasta convertirlo en caricatura de sí mismo, como pretendía Abel…
Su tía se la comió a besos, tal y como había anunciado. El marido, Alberto, la recibió con una enorme sonrisa, aunque se limitó a darle un cordial apretón de manos. En el comité de bienvenida estaban también Candela y Adela, las respectivas esposas de Caín y Abel. Por fortuna para quien tuviera que recordar quién era la esposa de quién, los nombres de los miembros de cada matrimonio tenían la misma inicial. En la apariencia física, en cambio, no había correspondencia dentro de las parejas: Candela era una rubia despampanante y Adela una vivaracha morena. También por suerte ninguna parecía proclive a alimentar la guerra familiar: se llevaban bien entre sí y con sus respectivos cuñados y, lejos de azuzar a sus maridos a la contienda, intentaban apaciguarlos.
Quien tenía aquella tarde un aspecto fúnebre era Caín. Saludó con afecto a su prima, pero se notaba que algo le roía por dentro. Lo soltó durante la cena.
—Hemos recibido esta mañana —confesó— una notificación de la Junta. Nos ordenan devolver la subvención de ciento ochenta mil euros que nos habían concedido para renovar la maquinaria. Por un pretendido incumplimiento de las condiciones de la ayuda, que no comparto y, a decir verdad, ni entiendo.
—¿Y qué? —respondió Abel, despreocupado de lo que le sucediera a la explotación agrícola.
—Tenemos, además, un préstamo de doscientos mil euros que, si decae la subvención, el Banco tiene derecho a dar por vencido anticipadamente. A su vez, esta pérdida de liquidez conlleva incumplir las exigencias de una segunda subvención, del mismo importe que la primera, destinada al proyecto oleoturístico. Es un efecto dominó diabólico: si se desencadena, esto significará la ruina de Cortijo Edén, SL.
Abel se levantó de golpe y rodeó la mesa para encararse con su hermano. Agarrándolo por las solapas, lo increpó:
—Tú has tramado esto: lo que pretendes es arruinar mis sueños.
Mientras Rosario corría para separar a sus hijos, Abel soltó bruscamente a Caín, que cayó de espaldas, junto con la silla. Luego agarró de la mano a su mujer para salir disparado hacia sus habitaciones. Adela, al alejarse, volvió la vista con aire consternado.
La tía Rosario quedó devastada.
—Ay —se decía, sollozando—, al menos mis nietos están internos en sus colegios de Jaén y se han librado de presenciar este espectáculo. Pero esto es la debacle: ¡ellos también se quedarán sin sustento!
Cuando la inspectora, como era su costumbre, habló a las ocho de la tarde con su marido y le contó cuanto había acontecido, Manolo fue algo cáustico:
—Mila —le dijo—, esto son problemas de ricos…
Ya instalada en su cama de forja, a Milagros le costó conciliar el sueño. Pensó que su marido tenía razón. Ella era la pariente pobre. Sus padres habían emigrado a Madrid y se habían instalado en el barrio de La Elipa, donde conoció a su novio, se casó y había vivido siempre. En cambio, la hermana de su madre, Rosario, se había casado con Alberto, un señorito. A veces invitaban a sus padres al cortijo, donde acababan arrimando el hombro en los trabajos agrícolas, sin paga. Y ahora le tocaba a ella, de nuevo, sacarles las castañas del fuego. Sin embargo, ¡eran su familia y los quería! Además, ella era policía; más aún, ya toda una señora inspectora. Cierto es que había acudido allí en viaje privado, dejando la placa en el cajón de su mesilla de Madrid. Pero no se lo perdonaría nunca si, en mitad de una de aquellas madrugadas calladas del olivar, la despertaban para avisarle de que el fratricidio de las Escrituras se había repetido, delante de sus narices, en el cortijo de su familia…
A la mañana siguiente, la invitada se levantó resuelta a descifrar el enigma de la subvención amenazada. Para ello, se encerró en el despacho de Caín con él y con don Aurelio, el abogado de la casa. Caín era un maniático del orden. Sobre la mesa de caoba, depositó carpetones con las facturas de la maquinaria, los certificados de obra, los sellos de registro de las memorias y los balances trimestrales entregados a la Junta, todo pulcramente dispuesto. Demostró que había ejecutado al pie de la letra las inversiones previstas y creado los puestos de trabajo comprometidos.
—El problema, por lo que veo —advirtió don Aurelio—, es que has gastado menos de lo presupuestado.
—¿Cómo puede ser eso un problema? —se preguntó Caín—. Puedo entender que, si la ayuda se calcula como un porcentaje del coste, eso determine una reducción de su importe, ¡pero no su cancelación!
—La clave —explicó don Aurelio— es que la memoria técnica estimaba la cifra de negocio a partir de la propia inversión, entre otras variables. Al ajustar los números, tus ingresos quedan por debajo del umbral que hace el proyecto elegible para el programa de ayudas…
Milagros salió de la reunión frustrada y convencida de que la burocracia era una máquina del diablo o un castigo divino. Quiso entonces visitar a Abel, con dos objetivos: desde luego, bajarle los humos y, además, informarle de la dificultad hallada, manteniéndolo implicado en la búsqueda de una salida. Por el camino se cruzó con una sonriente Adela. Al llegar al despacho de su primo, le dijeron que el señorito estaba trabajando en Jaén. Volvió entonces sobre sus pasos para reanudar su entrevista con Caín. Cuando pasaba junto a la ventana del escritorio, miró distraída hacia el interior. En la penumbra de la estancia, distinguió cómo su primo besaba a su mujer con pasión. Milagros sonrió, enternecida: qué bien, pensó, que sigan tan enamorados después de… ¿cuántos serían ya?, unos ocho años de matrimonio… Decidió no importunarlos y siguió andando veinte pasos más, hasta que la sonrisa se le heló en la cara: aquella mujer era morena y olía a un perfume de madreselva, no de jazmín; ¡Caín no besaba a su esposa Candela, sino a su cuñada, Adela!
—Ay —se dijo para sus adentros—, si Abel se entera de esta infidelidad, ¡entonces tendrá un nuevo motivo, y más pasional, para agredir a su hermano!
Por la tarde, la inspectora tuvo que dedicarse a calmar los nervios de la tía Rosario. A falta de mejor ocurrencia, decidió tenerla a su lado mientras hacía unas tiradas de tarot. Y es que ella no atribuía a este método un significado místico, pero sí le gustaba utilizarlo, porque, según decía, iluminaba su pensamiento. Les divirtió que cinco de las seis cartas que vieron la luz fueran de oros, un palo muy apegado a la tierra y cuyo color evocaba el aceite. Cada naipe contestaba a una pregunta.
—El Tres de Oros —explicó Milagros— corresponde a la atmósfera que nos rodea y significa un entorno de cooperación, que funciona como un reloj.
—Es el cortijo —interpretó Rosario, con un deje de melancolía.
—El Dos de Oros —continuó Milagros— habla de un equilibrio dinámico, pero aparece invertido, lo que denota que es muy precario. El Cinco del mismo palo significa pérdida, exclusión. Responden, respectivamente, a dos preguntas que me suelo plantear: presentación y nudo de la historia…
—También esto es diáfano, sobrina: habla de mis esfuerzos de malabarista para mantener la paz entre mis hijos y mi fracaso, que nos impulsa a la ruina.
—Ya veremos, tía, esperemos que no… Luego tenemos el Caballero de Oros, que curiosamente sale dos veces: derecho cuando pregunto sobre el criminal e invertido cuando inquiero, precisamente, por el desenlace. Pero, ojo, hablo de «criminal» en sentido figurado: me refiero a quién es responsable de que el final sea uno y no otro. Y ahora no recuerdo qué simboliza esa carta, tengo que consultar las claves.
—Hija, no te compliques: está claro que ese Caballero es mi rubio Abel, que está fuera de sí y lo pone todo patas arriba… ¿Y quién es ese tipo tan curioso que parece pensar colgado de los pies?
—Contesta a una pregunta que también me suelo formular: cómo estoy viendo yo la situación. El Colgado acaso sugiere que la analizo mal, desde una perspectiva equivocada…
Aquella noche Milagros, después de simular que se acostaba, se levantó para vigilar la habitación de Caín, pues tenía miedo de que Abel pudiera presentarse allí, buscando camorra. Deambuló por el jardín una hora larga, hasta que decidió regresar a su dormitorio. Entonces, en el silencio de la noche campestre, ladraron los mastines que guardaban la finca. Luego se oyó un alarido, pero no en la estancia donde descansaba Caín, sino en el ala contraria, ¡donde dormía Abel!
La inspectora corrió hasta allí, temiendo haber interpretado todo al revés: ¡era Caín, como en el relato bíblico, quien habría atacado a ese hermano ladino que boicoteaba la explotación y cuya esposa, además, él codiciaba! Arribó a la estancia dispuesta a luchar, porque desde dentro llegaba un estrépito de golpes contra muebles y paredes.
—¡Una avispa ha picado a Abel y lo sigue persiguiendo! —gritaba Adela.
El barullo solo cesó cuando apareció el tío Alberto y, de alguna misteriosa manera, persuadió al insecto para que saliera por la ventana.
Al regresar, aliviada y divertida, a su habitación, Milagros consultó en internet qué representaba el Caballero de Oros: era un personaje metódico y minucioso, que avanza con paso lento y cansino. Y entonces tuvo una revelación: la Junta de Andalucía era el «criminal», una maquinaria pesada que —al aplicar, implacable, sus protocolos— causaba el desastre. En esto, se asemejaba a las avispas del tío Alberto: podían picar, mas no por maldad, sino obedeciendo a su naturaleza. Por eso, cuando don Alberto las trataba con la serenidad del lunático, no se veían amenazadas y comían de su mano. En cierto sentido, el comportamiento del tío era más cuerdo que el de los demás, pues permitía que la avispa consiguiera un bocado asequible y se retirara.
A la mañana siguiente, Milagros se apresuró a concertar, con la ayuda de un amigo que tenía en la Junta, una cita con el jefe del servicio que tramitaba el expediente de la subvención. Mientras, de camino a Jaén, contemplaba por el cristal del autobús las hileras de olivos que trepaban las lomas, pensó: ¿acaso podían darle también a la Administración una carnaza? En realidad, la solución que propugnaba Caín —rebajar el importe de la subvención, sin eliminarla— era para la Junta una salida bien digna, un «bocado asequible». El problema era que su formalismo le impedía aceptarla. Hasta ahora ella había clamado contra semejante mentalidad, tan burocrática, tan apegada a la letra de la ley e insensible ante la justicia. Ahora bien, la carta del Colgado le pedía subvertir el enfoque. Y eso consistiría, precisamente, en abrazar ella misma una especie de hiperlegalismo… Tal cosa encajaba asimismo con la carta que ilustraba el desenlace, el Caballero de Oros invertido: podía propiciar un final feliz si detectaba un aspecto en el que los funcionarios, traicionándose a sí mismos, ¡se hubieran saltado la sacrosanta letra del reglamento!
—Tiene usted razón, Milagros —admitió el señor Pinto, el jefe de servicio—. No habíamos computado en la cifra de negocio de Cortijo Edén los ingresos derivados del oleoturismo. Pero la entidad que desarrolla ese proyecto es la misma y la Ley nos impone atender a todos sus ingresos, cualquiera que sea su origen. Otra cosa es que, al caer la inversión, el importe subvencionable también disminuya. Pero la ayuda pervive.
Milagros salió exultante del edificio. Telefoneó a Caín, quien dio saltos de alegría, aunque puso una pega:
—Calculo que la subvención se rebajará en un 20%. Esto todavía da derecho al Banco a solicitar el reembolso del préstamo, pues su cláusula atiende solo a la merma de fondos en la explotación agrícola. La solución puede ser un simple apunte en los libros: poner en la contabilidad analítica que la rebaja afecta, por mitades, a las dos actividades, la agrícola y la oleoturística. Pero Abel no lo consentirá.
La inspectora se dirigió entonces, sin aviso previo, al despacho que Abel tenía en Jaén. Caín trabajaba en el cortijo y su cuñada Adela teletrabajaba desde allí, lo que quizá había facilitado sus relaciones ilícitas; mientras que Candela era profesora en la universidad de Jaén y también su cuñado Abel tenía su centro de operaciones en la capital de provincia, que le servía como foco de captación de tours. Milagros llegó dispuesta a poner a su primo en su sitio, como cuando era un niño travieso. Él se sobresaltó ante esa visitante inesperada y briosa, pero se sobrepuso. Tras escucharla con atención, rechazó la propuesta con frialdad.
—Lo he pensado mucho y prefiero —proclamó— que esto termine en ruina. Es la única forma de acabar, de una vez, con esa explotación absurda. A mí me bastan sus restos.
Milagros lo miró largamente. Qué desfachatez, pensó. Reparó entonces en el aroma que flotaba en la estancia. No vio ningún ambientador. Se levantó y rodeó la mesa, para acercarse a husmear a su primo.
—¿Qué demonios haces? —protestó este.
—Solo quería constatar que este olor a jazmín que percibo, el perfume de tu cuñada Candela, se desprendía de ti. La vi salir del edificio. Una visita afectuosa, por lo que veo. Pero no te alarmes, mi niño —concluyó la inspectora, retomando su asiento—. ¡Yo sé guardar los secretos de familia! Por cierto, ¿ves ahora mi propuesta de arreglo con mejores ojos?