213. Bajo un nuevo cielo

Jacobo Vieites Sánchez

La primera vez que hundió la azada en aquella tierra sintió que el corazón se le aceleraba.

Había preparado el terreno durante meses. Ahora, uno a uno, plantaba los pequeños olivos con mimo, como quien arropa a un niño. Después se alejaba unos pasos, los contemplaba en silencio y pensaba en sus hijos.

Quería que algún día corrieran entre aquellos árboles. Que conocieran el olor de la tierra después de la lluvia, el sonido de las ramas al ser vareadas y el sabor del aceite de oliva recién elaborado. Quería transmitirles algo más que unos árboles y sus frutos. Un legado.

Quería enseñarles lo que su generación aprendió demasiado tarde: que la tierra no pertenece a nadie y que es un tesoro que debe cuidarse.

Se limpió el sudor de la frente y miró el horizonte.

Al fondo, bajo un cielo extraño, estaba la Tierra, despojada de aquel brillante color azul que antaño la distinguía.

Entonces volvió a la faena y siguió plantando olivos entre el polvo de su nuevo planeta, convencido de que algún día aquellos árboles darían fruto y sus hijos conocerían aquel líquido dorado.

Y quizá esta vez aprenderían a no destruir el lugar que llamaban hogar.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad