214. Confidencias desde el Portichuelo

Julia-Emma

 

La lonja, que mira a poniente, es el origen y el lugar de reunión de la familia. Es una especie de refugio ajardinado cubierto por las hojas de una parra ya cansada de crecer. Después de mucho tiempo regreso a ella para recordar. Ya no existe herida ni grieta que rompa la paz. El valle, con su quietud, me ha convertido en un asceta. Soy libre para dar vida a mis recuerdos.

Tengo ochenta años, cinco hijos y seis nietas. Mi vida nació y arraigó en el campo. Aquí me casé pero no sé si aquí moriré. La familia piensa en mí y en mi mujer, piensan en su padre y su madre. Todos mis hijos, mis nueras, mis yernos y mis nietas quieren nuestro bien y desean que los pocos años que nos queden de vida sean lo más plenos posibles. Quieren, desean que mi esposa y yo vayamos a vivir con alguno de ellos o que, en su defecto, ingresemos en una residencia. Y ellos y ellas no saben que esa pequeña y futura vida que, según ellos nos queda, sólo podremos conseguirla en la casería en la que nací.

Escribo esto hoy que es domingo. Quedan pocos días para que llegué el puente de diciembre y comience de manera oficial la campaña de recogida de la aceituna. Escribo desde el salón, acompañado por el crepitar acompasado del fuego. Escribo desde la casería. Y escribo mientras mi mujer repasa los aperos necesarios para la recolección de la aceituna. Sé que ahora mismo estará en el sótano mirando escrupulosamente los lienzos con el objeto de confirmar que están en buen estado.

Desde tiempos antiguos, la aceituna en nuestra finca siempre ha sido recogida por la familia. Nunca ha participado elementos ajenos a nosotros. En primer lugar porque es un rito muy sagrado en el que renovamos el vínculo de sangre familiar y en segundo lugar la razón es más prosaica, pues no hay más de trescientas olivas.

A mi lado se encuentra Curro, concretamente a mis pies, calentándose al cobijo de la lumbre. Curro es un perro, un pastor alemán. El padre de Curro también hizo compañía al mío.

En la casería la vida discurre de manera circular. Todo se repite, pero lo mágico es que cada repetición es siempre diferente. En el campo nunca se repetirá, por ejemplo, del mismo modo, la fiesta de San Antón…

Ahora mismo suena un viejo tocadiscos, regalo de mi padre, a la vez regalo del suyo. A todos nos gusta la música clásica. Consideramos que mientras Dios creó el mundo, podría estar sonando alguna cantata de Bach.

Soy agricultor y también me gustan las artes, fundamentalmente la música y la literatura, teniendo una especial inclinación por la poesía.

Una de mis nietas es una magnifica poeta. Recuerdo, creo que hace alrededor de quince años, cuando me encapriché por crear nuestra propia marca de aceite, todavía sigue teniendo una gran aceptación en los mercados, y para promocionarla le encargué la composición de un poema o un texto en prosa poética. Me gustó tanto que, Julia, mi nieta, me regalo un cuadro con el mismo. Tuvo la habilidad de acertar, de saber la importancia que la recogida del oro verde tiene para la familia.

El texto dice así: ´´ El viento no dejó de aullar en la noche, mientras la llama crepitaba en la lumbre ajena al ajetreo de las primeras nieves. Julia y Emma terminaron de vestirse. Sus ropas las habían heredado de su bisabuela. Eran las típicas de una jornalera. —¡Qué pena que no estuviera aquí!, —pensaron. Por fin, iban a echar el deseado jornal de aceituna, su rito iniciático en este mundo de hombres de manos rudas, de mujeres fuertes como la tierra. El olivar se hacía escarcha en la profundidad del valle y el sol dormitaba en lo más alto del cielo. Llegaron al tajo como unas más. Sus caras mostraban serenidad y miedo. La aceituna esperaba con impaciencia ser recogida, tornarse en aceite y ser el sustento del hambre y de las esperanzas de muchos. A su lado, siempre el abuelo vigilando cada caricia que al olivo daban. La vara parecía una llave que abría el tesoro prohibido de la oliva. Y el tronco, al verse bien tratado, se dejaba querer y las aceitunas caían con armonía. Pronto la llama del ocaso adivinó el fin de la jornada. Las huellas de Julia y Emma se grabaron en el suelo del valle, para ser testimonio de una nueva sangre de jornaleras´´

 

 

Permítanme estas digresiones. Son los pensamientos de una persona que ha estado toda su vida viviendo en el campo. Sin embargo, mi vida ha sido plena, ha sido muy feliz. Nunca viviré lo suficiente para poder darle gracias a Dios. Aquí conocí a mi mujer, que nació en otra casería vecina. Aquí nacieron mis hijos. Todos tienen unas magníficas carreras y nunca han faltado a su compromiso con la tierra, especialmente con el olivo, con toda su tradición y cultura.

En la finca existe un olivo casi centenario. Su tronco es muy grueso, con pequeños surcos que muestran todas las inclemencias del clima sufridas a lo largo de su vida. Es un árbol muy alto, tiene alrededor de 10 metros y en la copa presenta hojas con unos tonos verdes y grises.

El olivo ha sido la capilla bautismal de la familia desde que se plantó.

El regalo a nuestra familia posee una historia muy conmovedora. Corrían los primeros meses de la guerra y en la zona en la que está la finca las delaciones, los asaltos, las ejecuciones eran muy habituales. Las aldeas, las caserías cambiaban de manos. Las venganzas eran el mal pan para muchas personas. Muchos de los huidos, de los que temían por su vida se ocultaban en las cuevas de los montes. De este modo pasaron los primeros meses de la guerra, hasta que llegó el otoño y los días empezaron a ser más cortos proporcionando cierta seguridad a todos los furtivos que estaban escondidos en las grutas.

En la casería se encontraba mi padre con el suyo. Todavía no había sido llamado a filas. Tal acontecimiento sería después, en la famosa y cruenta batalla del Ebro.

Una de las noches de la otoñada alguien llamó a la puerta. La tormenta ya había comenzado y la visibilidad era prácticamente nula. Mi abuelo, en principio, no quiso abrir, sin embargo los golpes en la puerta seguían siendo insistentes. Convencido por mi padre, el suyo abrió la puerta.

La sorpresa fue mayúscula: un hombre alrededor de unos treinta años con la barba muy poblada y con una delgadez extrema pidió posada.

Al principio, tuvieron miedo, pues pensaban que las intenciones del hombre, quizá, no fueran buenas. Pero mi abuela en un acto de valentía lo invitó a pasar y le dio de cenar.

El furtivo se llamaba Chaves y llevaba escondido en una cueva desde el inicio de la Guerra Civil. Era el cronista de un pueblo de los alrededores y había sido amenazado de muerte por los dos bandos en conflicto, pues haciendo caso a su conciencia y a la verdad había escrito diferentes artículos denunciando las atrocidades de ambos bandos.

El día del golpe militar tuvo que dejar el hogar en el que nació.

Mis abuelos y mis padres se apiadaron de él y lo escondieron en una falsa habitación hasta que terminó la guerra.

Y el hombre como acto de amor, de reconocimiento  a mis abuelos y a mis padres, plantó un olivo como símbolo de la paz y de la reconciliación.

 

 

 

 

El valle en el que se encuentra la casería no es muy grande, está encerrado por montañas muy altas y está partido por un río con un caudal suficiente. La mayoría de las olivas son de montaña, por lo que su recogida es mucho más laboriosa que la que se realiza en la campiña.

Hoy, vuelvo a enfrentarme al folio en blanco. Es domingo y, siguiendo los preceptos del Señor, voy a descansar. El campo, el huerto de los olivos está hermoso. Todas las tareas previas al inicio de la recogida se han realizado. Los árboles están cargados de fruto y, en principio, se estima que la cosecha va a ser abundante. Como dije anteriormente, la producción es casi exclusiva para la familia, aunque algunos excedentes saldrán al mercado para su comercialización. Sin embargo, quiero matizar, para que no haya ningún tipo de duda, lo siguiente: la finalidad de introducir el caldo en las cadenas de consumo tiene por objeto fomentar el conocimiento de la zona en la que están nuestros olivos. Las tierras del Portichuelo, frontera natural entre Los Villares y Jaén, capital, son muy ricas no sólo desde el punto de vista faunístico sino también floral. El suelo del valle tiene una configuración arcillosa que hace que sea muy fértil posibilitando la plantación de olivos desde tiempos inmemoriales. Todo esto acompañado de una roca rica en carbonatos.

A petición de uno de mis hijos, todos los años convocamos un concurso de pintura en el que el motivo fundamental sea el olivo, el aceite o cualquier alegoría que los alabe. Se ha convertido en un gran reclamo, desde todos los puntos de España vienen los pintores más afamados para concursar. El jurado está compuesto por pintores de gran prestigio, además de algunos críticos que dominan con maestría la pluma del saber.

El pintor ganador no sólo se lleva un premio en metálico, sino que, también, su obra se utiliza como etiqueta para dar belleza a la botella. Alcanzando visibilidad la pintura, siendo admirada por el consumidor, por el gran público.

 

He empezado antes a escribir. He leído unos cuentos con el objeto de hacer más amena mi lucha con los recuerdos y con el folio en blanco. Hace frío, pero no tengo la lumbre encendida. Mi mujer me ha arropado con una manta muy gruesa. Parezco un anciano bonachón de algún relato de Andersen. Ahora mismo, si mis nietas estuvieran conmigo, podría contarles alguna historia.  De las seis, sólo hay dos pequeñas: María y Carmen. Julia, Emma, Martina y Cristina son universitarias. Éstas cuatro últimas ya conocen una fábula que, realmente, no sé si fue real o la soñé en unas de estas tardes- noches, cuando el ocaso del Portichuelo se manifestaba en su más absoluta belleza.

Yo tendría alrededor de treinta años cuando sucedió lo que os voy a contar. Mi primer hijo ya había nacido. El otoño estaba recién comenzado y en la casería también vivían mis padres. Más arriba os relaté que esta zona estaba poblada por muchas caserías de forma dispersa y que en la época de la Guerra Civil hubo muchos ajusticiamientos realizados por los dos bandos en conflicto.

Cómo ya sabéis una vez que termina nuestro olivar comienza el monte, pues a su inicio se encuentra una cruz que santifica el lugar en el que fueron fusilados unos devotos.

Yo, y creedme, los vi o soñé con ellos. Así pues, mi recuerdo es el siguiente: estaba en el salón, esta vez sí tenía la chimenea encendida. Había prescindido del tocadiscos ya que llovía finamente y la voz del agua chocando en los cristales creaba una hermosa música. Mi mujer estaba en nuestra habitación con el niño. La noche era bonita y tranquila. Una noche posterior a la tarde de recogida de la aceituna. Todos los aperos los había guardado. La hora sería más o menos las doce. Creo recordar que estaba leyendo, posiblemente algo de Juan Benet. Y la sorpresa se produjo: la campana de la ermita, que estaba enfrente de la casería, comenzó a sonar.

Con celeridad me asomé a la ventana y vi como un grupo de espectros vestidos con ropas de jornaleros cruzaban el huerto de olivos dirigiéndose a la cruz.

El miedo me dejó aterrorizado, pero tuve el valor de bajar hasta el olivar con el objeto de averiguar la naturaleza del tal suceso.

Avancé hasta el principio del monte y, arrodillados, los jornaleros rezaban.

Con calma me acerqué a ellos y me puse a su lado, recé. Mi sorpresa fue mayúscula pues entre los fantasmas se encontraba un antiguo sacristán que, según las crónicas de la Guerra Civil, había desaparecido al inicio de la misma en las cuevas del Portichuelo.

Una vez acabado el rezo, se difuminaron y ascendieron al cielo.

Todas las noches, al llegar las doce en punto, esperaba que se produjera el tañer de la campana; sin embargo, ésta nunca volvió a sonar.

 

 

 

 

Éste es el último domingo en el que voy a escribir. Creo que ya he dicho todo. La aceituna ya está recogida y depositada en el molino de Los Villares. En breve, al igual que hacía con mi padre, iré al molino con mis hijos. Este acto es otra de nuestras costumbres. Me gusta ir a la fábrica a ver todo el proceso de elaboración del aceite. A lo largo de toda mi vida he tenido la suerte de poder ver la evolución de la mecanización de los molinos.

Este largo domingo de invierno está siendo muy acogedor. A pesar del frío, hemos procedido a la poda de los olivos con el objeto de sanearlos y prevenir enfermedades. La poda ha sido magnífica, pues va a permitir el paso de la luz del sol y el posterior desarrollo del fruto.

Las ramas cortadas servirán como combustible a las famosas lumbres de San Antón.

La pintura ganadora de este año, para mí, ha sido la mejor en mucho tiempo. Independientemente de su perfección técnica y de la belleza de su composición, el artista ha sabido plasmar el alma de los hombres y mujeres que recogen el oro verde. El pintor ha captado la unión de permanencia entre los aceituneros y aceituneras con el olivo. Ha eliminado la división de clases sociales aceptadas históricamente en la recolección, creando el principio de igualdad entre los y las que trabajan la tierra.

Unos días atrás celebramos el remate. Junto al olivo casi centenario nos reunimos toda la familia para dar gracias a Dios y a la naturaleza. Este ritual, que para nosotros consiste en una fusión entre lo religioso y lo pagano, creo que es de una gran solemnidad. Sé que algunos de los amigos invitados al acto consideran todo esto muy pretencioso, pero para nosotros es una forma de celebrar la vida, de agradecer a ese Ente la oportunidad de vivir, de celebrar la existencia como paso a la muerte.

El remate siempre  finaliza con un recital poético- musical en el que participan poetas y músicos de los alrededores. Ha habido un poema dedicado a mí, que me ha emocionado mucho. Su autora es mi nieta Emma, que también hace sus pinitos con la poesía, dice así:

 

 

A UN OLIVARERO

 

Y tu mano es un surco en esta tarde

para excavar en la tierra profunda,

la mano que descubre el agua e inunda

el valle cuando el sol se esconde y no arde.

 

 

Mano entregada al yugo de la tierra,

mano presa del viento congelado,

escarcha que se clava en tu costado,

mano que la mirada mía encierra.

 

Padre, la tierra vibra y te reclama,

te invoca el tiempo de llegar las claras.

Otoño, el fruto cae, altas son las ramas.

 

Tus manos, padre, cogen estas varas,

y el olivo por su honor exclama,

y su fruto es la vida si pasara.

 

 

Es hermoso, ¿verdad? Qué domingo más largo de invierno. Los olivos podrán ver de nuevo el sol, su luz de vida.

A partir de ahora, cuando los días duran más, los crepúsculos son más bellos.

Estoy ya cansado de escribir. Nunca imaginé que este oficio fuera tan duro; por ello, todo mi reconocimiento a los escritores y poetas de la tierra. Sólo ellos son capaces de entender y ordenar el mundo.

Voy a encender la lumbre. Que suene la música. Sé que mi mujer pronto subirá a hacerme compañía. Esta noche será luna llena. Otra más que anuncia el ocaso de nuestras vidas. Pero no tengáis miedo, la vida nos volverá a acunar en el más allá.

El olivo es el árbol que nos salva.

 

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