208. El peazo

Lechaperonrouge

 

El olivo asemejaba a mi abuelo, esas manos callosas y templadas se extendían a través de sus ramas queriendo alcanzarme. Si me acercaba lo suficiente, podía escuchar su latido rítmico a través de la savia que corría por el tronco, pum-pum, pum-pum. Se presentaba ante mí robusto y firme en una tierra árida donde sólo crecían hierbajos y espliego. Había sido capaz de resurgir en un terreno baldío que labró durante toda su vida. El tronco conservaba su característica inclinación y la forma cuadrada de sus hombros. El acebuche encorvado y flacucho, era él. «El peazo» siempre había sido su hogar, no conocía otra cosa. Las olivas y la miseria varearon su vida, pero juró que nadie le arrancaría de aquel lugar. Se aferró a la vida a través de sus raíces, su sino era vivir en un campo conquense durante cientos o miles de años disfrutando del simple placer de pasar los días mecido por el viento, a pesar de las innumerables sequías que pudiesen acontecer.

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