210. Después del ocaso

Roberto Santos Fernández

 

A las dos y diecisiete, Andrés encendió la cosechadora cabalgante.

A las tres daban lluvia.

—Una pasada —dijo Mateo—. La calle de arriba. Nadie va a enterarse.

Los faros abrieron el seto.

La máquina avanzó.

Primero salieron dos pájaros. Después cuatro. Luego varios a la vez, rozando la luz.

Mateo señaló al frente.

—Sigue.

Andrés siguió.

A veinte metros vio uno que no volaba.

Diez.

Cinco.

Estaba quieto entre las ramas.

Andrés frenó y apagó el motor.

—¿Qué haces?

Durante unos segundos solo se oyó el chasquido del metal al enfriarse.

Después, el olivar empezó a moverse.

Decenas de pájaros salieron de los setos y cruzaron sobre la máquina hacia la oscuridad.

—Perderemos media cosecha —dijo Mateo.

A las tres y siete empezó a llover.

Mateo bajó, hundió las botas en el barro y recogió un puñado de aceitunas.

Se las enseñó.

—Mira lo que hemos perdido.

Andrés miró el seto.

Estaba vacío.

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