198. El aceite de los días perdidos

Manuel Recuero Gutiérrez

 

La primera en darse cuenta fue la hija de don Laureano.

Entró en la habitación aquella mañana como todas las mañanas, dispuesta a despertarlo, y se detuvo en seco. Ni siquiera llegó a decir su nombre. Solo miró.

—Papá…

Él no contestó. Ella insistió, más baja:

—Papá, despierta.

Don Laureano abrió los ojos con esa lentitud de quien ha dormido demasiado. Preguntó la hora. Las ocho. Se incorporó despacio, buscó las zapatillas con los pies y se puso de pie. Entonces su hija se quedó mirándolo con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué te pasa?

—No sé, papá.

Ella no apartaba la vista de su cara. Laureano tenía ochenta y seis años cuando se acostó la noche anterior. Ahora parecía tener treinta.

Fue hasta el baño y se plantó delante del espejo. Se acercó tanto que casi tocó el cristal con la nariz. Se pasó una mano por la cara, luego miró los brazos. Murmuró que no podía ser. Su hija estaba detrás, en el umbral.

—Tú también —dijo ella.

—¿Yo qué?

—Mírate.

Se colocaron los dos delante del espejo. Durante un rato no dijeron nada. Al final fue ella quien habló, con voz extraña:

—Mamá estaría contenta.

Laureano volvió a mirarse. Solo pudo contestar un “sí”.

A las ocho y media empezaron a llegar los primeros vecinos.

Al principio nadie sabía qué pensar. Después fueron llegando más, y cada uno traía su propia extrañeza.

A Eusebio le había vuelto a salir el pelo oscuro. Amalia había dejado el bastón en casa sin darse cuenta. El doctor Valcárcel llevaba diez minutos leyendo el periódico sin gafas y, cuando su mujer se lo señaló, se limitó a decir que el periódico estaba mal escrito. Ella le recordó que era de ayer. Él se encogió de hombros.

Amalia dio unos pasos por la plaza. Su marido salió detrás pidiéndole que fuera despacio. Ella se volvió y le contestó que llevaba treinta años oyendo lo mismo. Después echó a correr. El hombre se quedó mirándola y, de pronto, se puso a reír.

En poco rato ya había más de cincuenta personas en la plaza.

Unos parecían haber rejuvenecido diez años, otros veinte, algunos más de cincuenta.

Los que llevaban gafas las dejaron sobre los bancos. Los que caminaban con dificultad empezaron a moverse de un lado a otro, probándose las piernas como si no acabaran de creerse que eran suyas.

Una mujer se miraba las manos y decía que no tenía ni una mancha. Su hermana le cogió una y le pidió que apretara, solo para comprobar que seguía allí. Las dos se abrazaron.

En medio de todo aquello apareció el alcalde.

Tenía setenta y cuatro años. Ahora parecía tener poco más de treinta.

Miró a los vecinos y preguntó si alguien sabía qué había pasado. Nadie respondió.

Sugirió el agua, la comida.

Alguien dijo que la noche anterior habían cenado todos lo mismo.

Entonces Amalia levantó la mano.

—El aceite —dijo—. El de la cena.

Todos se volvieron hacia ella.

Explicó que había abierto una garrafa nueva para preparar las cosas de las fiestas. Aceite de la cooperativa, el de siempre. Habían hecho patatas, croquetas y pan con tomate. Nada más.

Nadie había visto luces ni oído voces. Nadie había encontrado una rana dentro de la garrafa.

Simplemente habían cenado.

Y ahora eran jóvenes.

El alcalde miró a los demás y dijo que habría que llamar a la cooperativa.

Alguien pidió antes un médico.

El médico estaba allí: el doctor Valcárcel, que ahora aparentaba treinta y cinco.

Levantó las manos y confesó que no tenía ni idea.

Cuando le preguntaron si era peligroso o si se iban a morir, contestó que eso esperaba… algún día.

Se rieron.

Incluso él.

Y quizá por eso nadie salió corriendo.

La noticia llegó a los pueblos de alrededor antes de que terminara la tarde.

Llegaron familiares, curiosos, médicos de la capital.

Algunos querían analizar el aceite. Otros, a los vecinos.

La cooperativa recibió llamadas durante varios días.

El aceite era normal. Buen aceite, según los análisis. Aceite de oliva virgen extra, elaborado con las aceitunas de siempre y el procedimiento habitual.

No tenía nada extraño.

Lo único raro era lo que había ocurrido después de comerlo.

Durante las semanas siguientes los vecinos dejaron de buscar explicaciones.

Tenían otras cosas que hacer.

Don Laureano sacó una bicicleta del garaje.

La había comprado años atrás para su nieto y llevaba mucho tiempo apoyada contra la pared.

La puso a punto.

Su hija lo vio salir y le preguntó dónde iba.

—A dar una vuelta.

—¿Solo?

—Claro.

—Papá, tienes ochenta y seis años.

Laureano se quedó mirándola un segundo.

—No sé si te has dado cuenta, pero eso ya no es un problema.

Y se fue.

Volvió dos horas después con barro en los pantalones. Había llegado hasta el molino, a diez kilómetros.

Cuando ella le preguntó si no se había cansado, él se sentó y contestó que mucho.

Los dos se rieron.

Aquella noche Laureano durmió como no había dormido en años.

Los demás hicieron cosas parecidas.

Unos volvieron a correr.

Otros salieron a bailar.

Varias mujeres recuperaron las muñecas que habían guardado durante décadas y una tarde se sentaron en el suelo de la plaza a jugar.

El alcalde pasó por allí y les preguntó si no les daba vergüenza.

Una de ellas levantó la cabeza y le preguntó por qué.

Él no supo contestar.

Entonces ella le dijo que siguiera andando.

El alcalde se quedó quieto.

Después dejó el sombrero sobre un banco y se sentó con ellas.

Preguntó a qué jugaban.

A las casitas.

Dijo que entonces él quería ser el perro.

Le contestaron que siempre había sido un poco perro.

Las risas llegaron hasta la otra punta de la plaza.

Don Anselmo apareció tres semanas después.

Había ido a celebrar una misa al pueblo vecino y, de regreso, decidió parar en Villanueva.

Aparcó junto a la iglesia, bajó del coche y miró la plaza.

Un hombre que debía de tener setenta años estaba jugando al fútbol.

Dos mujeres mayores corrían detrás de una bicicleta.

El alcalde estaba sentado en el suelo con varias muñecas alrededor.

Y don Laureano, que había enterrado a su mujer quince años atrás, intentaba aprender a montar en patinete.

El cura se quedó quieto.

Preguntó qué estaba pasando.

Nadie respondió.

Insistió.

El alcalde se levantó y le dijo que habían rejuvenecido.

Todos.

Don Anselmo miró a su alrededor y murmuró que aquello no podía ser.

Se acercó a Laureano, le preguntó la edad y, al oír que tenía ochenta y seis, se santiguó.

Dijo que era cosa del demonio.

Laureano suspiró y miró al alcalde como pidiendo otro cura.

Don Anselmo contestó que no le hicieran perder el tiempo.

Al día siguiente volvió a la plaza con un frasco de agua bendita.

Había preparado las oraciones y estaba decidido a terminar con aquello.

Los vecinos lo esperaban.

Levantó el frasco y dijo que aquello tenía que acabar.

Amalia dio un paso hacia él.

—Yo no quiero volver a ser vieja.

El cura le contestó que no dependía de ella.

Ella se encogió de hombros.

Llevaba media vida esperando poder hacer otra vez cosas que ya no podía. Ahora que podía, no iba a dejar que se lo quitaran.

El cura miró a los demás y preguntó si todos pensaban lo mismo.

Las voces se sucedieron por la plaza: montar en bicicleta, jugar con las muñecas, bailar, subir al monte, jugar al fútbol.

Don Anselmo bajó el frasco.

Dijo que no entendían lo que estaban haciendo.

Amalia dio otro paso.

—Sí lo entendemos. Por una vez sabemos exactamente lo que queremos.

El cura miró las caras.

Repitió que aquello no era normal.

Ellos ya lo sabían.

Amalia le habló de los años en que no podía levantarse de una silla sin pedir ayuda.

Ahora podía.

Y no pensaba renunciar.

Don Anselmo bajó la mano, guardó el frasco en el bolsillo y dijo que volvería al día siguiente.

Alguien le pidió que trajera café.

Él se marchó sin contestar.

Volvió al día siguiente.

Y al otro.

Al principio se quedaba de pie.

Después empezó a sentarse.

Un vecino le ofreció café y lo aceptó.

Otro día jugó a las cartas.

Una tarde apareció con una bicicleta.

Laureano le preguntó de quién era.

—¿De quién era?

—De él.

Desde que tenía veinte años.

Estaba en el trastero.

No la había sacado antes porque pensó que ya no tenía edad.

Laureano no dijo nada.

Solo le dio una palmada en el hombro.

Con el tiempo don Anselmo dejó de hablar del exorcismo.

Seguía pensando que aquello no era normal, pero ya no sabía muy bien qué significaba normal.

Una tarde encontró a Amalia sentada sola en un banco.

Le preguntó qué hacía.

Ella contestó que nada.

Él dijo que eso nunca era verdad.

Amalia sonrió y confesó que estaba pensando.

Él le contestó que eso era peor.

Ella miró la plaza y dijo, casi para sí:

—Tengo treinta años. Pero he vivido setenta y ocho. Entonces, ¿qué soy?

Don Anselmo tardó en responder.

No lo sabía.

Ella tampoco.

Se quedaron mirando a los demás: unos jugaban, otros hablaban, una pareja bailaba junto a la fuente.

Amalia dijo que, de todos modos, estaba contenta.

Porque ahora sabía que no era demasiado tarde.

El cura no contestó.

Se sentó a su lado.

Aquella vez no hizo falta decir nada más.

Pasaron veinte años.

Los cuerpos no cambiaron.

Los niños crecieron.

Los padres seguían jóvenes.

Los abuelos también.

Al principio aquello parecía maravilloso.

Después empezaron los problemas.

Los hijos envejecían.

Los padres no.

Hubo familias que dejaron de hablar del asunto.

Otros intentaron marcharse.

Algunos volvieron.

El pueblo siguió adelante, pero ya no era tan fácil.

La juventud había dejado de parecer un regalo.

Un día don Laureano se encontró con su hijo en la plaza.

El hijo tenía setenta años.

Él seguía aparentando treinta.

Se sentaron juntos.

El hijo le dijo que quería preguntarle algo.

Que no quería que él fuera siempre más joven.

Que quería envejecer juntos.

Laureano miró sus manos y contestó que él también.

Aquella noche fue a buscar a Eulalia.

Vivía en una casa pequeña junto a los olivos.

Nadie sabía demasiado de ella.

Laureano había oído hablar de aquella mujer desde niño: que sabía de plantas, que preparaba remedios, que una vez había conseguido que una gallina pusiera huevos durante todo un invierno.

Nadie sabía si era cierto.

Llamó a la puerta.

Eulalia abrió.

Era una mujer muy mayor.

—Te estaba esperando.

Laureano se quedó mirándola.

Preguntó si sabía quién era.

Ella contestó que sabía quién había sido.

Él le preguntó si había sido ella, si había sido el aceite.

Eulalia no contestó.

Solo sonrió y dijo que era buen aceite.

Cuando él insistió, ella le dijo que no le preguntara cosas que ya sabía.

Laureano entró.

La cocina era pequeña.

Había pan sobre la mesa, tomates y una botella de aceite.

Eulalia cortó una rebanada, le echó un poco de aceite y le dijo que comiera.

Él obedeció.

—Quiero volver a tener mi edad.

—Ya la tienes.

—Quiero volver a ser viejo.

—Eso llegará. Cuando dejéis de necesitar ser jóvenes.

Laureano negó con la cabeza.

Ella señaló el pan.

—El aceite no devuelve los años. Os devolvió las ganas. Ahora ya sabéis utilizarlas. Por eso vais a envejecer.

Él preguntó si lo había decidido ella.

Eulalia negó.

Lo habían decidido ellos.

Si no querían, tardarían más en entenderlo.

Al día siguiente le apareció una cana.

A la semana tenía varias.

Después volvieron las gafas.

Más tarde, las rodillas.

El milagro estaba terminando.

Nadie se asustó.

La gente llevaba veinte años viviendo con aquello.

Uno tras otro fueron recuperando sus edades.

Cuando don Laureano volvió a tener ochenta y seis años, salió a la plaza.

Allí estaban todos.

Amalia tenía otra vez ochenta y tantos.

El alcalde caminaba con bastón.

Las bicicletas seguían allí.

Las muñecas también.

Don Anselmo, que había cumplido noventa y nueve, estaba sentado en un banco.

Laureano se acercó y preguntó qué ahora.

El cura levantó la cabeza y contestó que ahora seguían.

Con lo que habían aprendido.

Se quedaron callados un rato.

Después el cura señaló una bicicleta apoyada contra un árbol y dijo que mañana intentaría subir otra vez.

Laureano sonrió y contestó que entonces iría con él.

Pasaron otros años.

Murió don Anselmo.

Murió Amalia.

Murió el alcalde.

Murieron muchos de los que habían vivido el milagro.

En Villanueva, sin embargo, quedó una costumbre.

Cuando alguien cumplía ochenta años, la familia preparaba una tostada: pan, tomate, aceite.

Y después preguntaban qué quería hacer mañana.

No aceptaban “nada” como respuesta.

Nunca.

Unos querían ir al río.

Otros montar en bicicleta.

Algunos pedían bailar.

Otros simplemente querían sentarse al sol con sus hijos.

Y todos entendían la pregunta.

No era realmente qué querían hacer.

Era si todavía esperaban algo del día siguiente.

Muchos años después la cooperativa recibió una carta.

El encargado la abrió durante el desayuno.

Venía de Eulalia.

Era corta.

«Ha pasado mucho tiempo. Supongo que a estas alturas ya sabréis que el aceite no tenía nada especial. Era bueno, eso sí. Pero no tenía magia. La magia la pusisteis vosotros. Aquel día os vi comer en la plaza. Estabais todos juntos. Y pensé que era una pena que hicierais falta de una excusa para disfrutar de algo tan sencillo. Así que inventé una. Dije que era una pócima. Vosotros hicisteis el resto. No sé por qué funcionó. Quizá porque necesitabais creerlo. Pero hay una cosa que todavía no sé explicar: yo no puse el aceite en aquella garrafa».

Nadie habló.

Volvieron a leer la frase.

Después miraron la botella que conservaban desde hacía años.

Era la última de aquella cosecha.

La habían guardado porque nadie había querido tirarla.

Una mujer pidió que la abrieran.

El encargado quitó el tapón.

Nada.

Solo aceite.

El mismo que habían utilizado durante generaciones.

La mujer tomó un poco con el dedo, lo probó y se quedó quieta.

Cuando le preguntaron qué pasaba, sonrió y dijo que nada.

Que se había acordado de su madre.

Ella decía que el aceite bueno no necesita presumir.

El encargado sonrió y contestó que tenía razón.

Aquel año, durante las fiestas, alguien propuso tirar la vieja botella.

Nadie quiso.

La llevaron a la plaza y la dejaron sobre una mesa.

Allí permaneció toda la noche.

Al final de la cena una niña se acercó.

Tendría unos ocho años.

Miró la botella y preguntó si era la del milagro.

Su abuela sonrió y contestó que eso decían.

La niña preguntó si funcionaba.

La abuela dijo que no lo sabía.

Entonces la niña cogió una rebanada de pan.

La abuela le echó aceite.

La niña dio un mordisco y dijo que estaba bueno.

Cuando le preguntaron si notaba algo, pensó un momento y señaló la plaza:

—Que quiero jugar.

Su abuela soltó una carcajada y le dijo que fuera.

La niña salió corriendo.

La mujer se quedó mirando cómo se alejaba.

Después cogió otra rebanada, la mojó en el aceite y, por un instante, recordó a su madre.

No cuando era joven ni cuando era vieja.

La recordó tal como había sido una tarde cualquiera, sentada en la cocina, cortando pan para las dos.

Y comprendió que quizá eso era lo que había conservado realmente aquel aceite.

No los años.

No la juventud.

Los momentos.

Los pequeños.

Los que nadie fotografía.

Los que se olvidan primero.

Los que, sin embargo, son los que más echamos de menos.

Desde entonces, en Villanueva de los Olivos, cuando alguien decía que ya era demasiado mayor para hacer algo, nunca faltaba quien le contestara:

—Eso decías antes.

Y sacaban una bicicleta.

O una muñeca.

O una pelota.

O simplemente una rebanada de pan.

Con aceite.

Porque todos habían terminado entendiendo que envejecer no era dejar de ser joven.

Era dejar de esperar algo del día siguiente.

Y ellos ya no pensaban hacerlo.

Nunca más.

Al menos mientras quedara pan.

Y aceite.

Y alguien con quien compartirlo.

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