196. El guardián de los reflejos de plata

Ana María Martín Villegas

 

Me llamo Platero y, aunque a los olivos no se les suele llamar por un nombre determinado, hace muchos años que la familia me llama así, porque dicen que mi tronco tiene un color grisáceo, como si estuviera hecho de plata vieja. Yo no me veo mucho, pero sí noto cómo el sol de la tarde se queda un rato apoyado en mi corteza, como si le gustara ese brillo suave que tengo cuando el viento me limpia el polvo del camino.

Llevo en este rincón del Bajo Aragón alrededor de cien años. Tal vez alguno más, porque los árboles no contamos el tiempo igual que los humanos. Nosotros lo medimos por cosechas, inviernos duros y veranos de cigarras.

Cuando yo era joven, esta casa era pequeña y el camino apenas una senda. Recuerdo al bisabuelo plantándome con cuidado, dándome un golpe suave en la tierra con la azada y diciendo:

—Este árbol nos dará unas olívicas muy buenas.

¡Y vaya si las he dado!

Alrededor de la casa fueron plantando con los años otros árboles. Muchos son hijos míos, aunque ellos no lo sepan del todo. De vez en cuando cortaban un esqueje de mis ramas y lo plantaban por los alrededores. Así que ahora hay una buena extensión de olivos jóvenes que me miran con respeto.

—Abuelo Platero —me dicen cuando sopla el cierzo—, ¿cómo se aguanta tanto tiempo en pie?

—Con paciencia —les contesto—. ¡Y con buenas raíces!

También tengo vecinos antiguos. A un lado está el viejo olmo, que siempre presume de haber visto pasar más tormentas que nadie. Al otro vive una encina pequeña, muy seria ella, que siempre parece estar pensando en cosas importantes.

Por las noches solemos charlar.

—Hoy han discutido los humanos —dice el olmo.

—Sí, pero luego han merendado juntos —responde la encina.

Y entonces intervengo yo:

—No os preocupéis. Los humanos son así. Se les pasa cuando tienen pan, aceite… y un plato de olivas.

Los animales también participan en nuestras tertulias. El perro escucha con las orejas tiesas; los gatos se hacen los distraídos, pero no se pierden una palabra. Y el borrico, que es muy filósofo, suele decir al final:

—Pues yo creo que este mundo funciona mejor cuando nadie tiene prisa.

Y no le falta razón.

Pero hay un humano que sí me oye de verdad: el abuelo Curro. Pasa horas sentado a mi sombra y, con el paso de los años, hemos llegado a entendernos de una manera que resulta difícil de explicar. Quizá porque él conoce mis silencios y yo conozco los suyos.

A veces se queda callado, mirando el campo. Otras veces me habla.

—Platero —me dice—, tú sí que sabes cosas.

Y yo, cuando el viento mueve un poco mis ramas, le contesto. No con palabras humanas, claro, pero él entiende algo de lo que le digo.

—Tienes razón —responde a veces.

Luego se queda dormido y, al despertar, murmura:

—Habrá sido un sueño.

Yo no lo contradigo.

Todos los años, cuando llega el tiempo de la cosecha, la familia entera aparece con capazos, risas y algún que otro gruñido por el madrugón. Sacuden mis ramas con respeto —porque saben que ya tengo mis años— y las aceitunas van cayendo como pequeñas campanillas negras y verdes. Después se las llevan al cobertizo. Allí están las dos grandes tinas donde las dejan reposar con agua, sal, tomillo y alguna cosilla más que guardan como secreto de familia.

Y desde entonces ocurre algo muy curioso: durante semanas, niños y mayores pasan por el cobertizo «por casualidad».

—Voy a buscar una herramienta —dice uno.

—Yo venía a ver si estaba el gato —dice otro.

Y todos salen con un puñadico de olivas en la mano.

Yo los veo desde aquí y me río por dentro, porque los olivos nos reímos muy despacio.

Ese ritual del adobo es todo un arte que se transmite con murmullos en la penumbra del cobertizo. He visto al bisabuelo pasarle el testigo al abuelo Curro, explicándole que el agua debe ser de pozo, fresca y limpia, y que el tomillo silvestre se recoge al amanecer, cuando el rocío aún brilla en las hojas.

El ingrediente secreto, sin embargo, nunca se pronuncia. Se añade con un gesto rápido de la mano: un puñado de algo que brota de esta misma tierra y que le da a la salmuera ese toque único que hace que los vecinos de la comarca miren con cierta envidia nuestras tinas.

Dicen los humanos que un buen adobo es el alma de la oliva. Yo creo que tienen razón, porque cuando muerden una de mis olivas, sus caras cambian, se les borran las arrugas de la frente y sonríen como niños pequeños.

Pero no todo ha sido sol y adobos sabrosos en mi rincón. Hubo un año, el del gran invierno, que quedó grabado a fuego —o, mejor dicho, a hielo— en mi memoria y en los anillos de mi tronco.

El cierzo soplaba con una furia salvaje y un viento helado bajaba de las montañas, cortaba la respiración y congelaba el agua antes de que tocara el suelo. La temperatura bajó tanto, que los campos amanecieron cubiertos de un blanco fantasmal que no era nieve, sino pura y dura escarcha.

Los olivos jóvenes, mis hijos de ramas finas, lloraban de frío por las noches. El viejo olmo tiritaba y la encina se encogía sobre sí misma. También yo sentí el hielo crujir en mis venas de savia, amenazando con romper mi corteza plateada.

Fue la peor helada que conoció la comarca.

La familia entera se movilizó para salvarnos. Recuerdo al abuelo Curro, que por aquel entonces era apenas un muchacho, con las manos agrietadas por el frío, trayendo mantas viejas, sacos de yute y paja para envolver nuestros troncos. Pasó noches enteras al raso, desafiando al viento gélido y cuidando las pequeñas fogatas que encendían entre las hileras de árboles para templar el aire.

En aquellas noches comprendí algo que tardaría muchos años en poner en palabras: Curro no estaba cuidando solamente de unos olivos: estaba cuidando de su casa, de la tierra de los suyos y de una historia que venía de muy atrás. Sus ojos reflejaban el miedo de perder el patrimonio de sus antepasados, la herencia que el bisabuelo había plantado con tanto mimo.

Cuando el viento amainaba durante unos minutos, Curro apoyaba su frente helada contra mi corteza y susurraba:

—Aguanta, Platero. No te me mueras ahora, que nos queda mucha vida por delante.

Y yo aguanté.

Aguanté por él, por la tierra y por los recuerdos que aún estaban por venir.

Mis raíces se aferraron a las profundidades de este suelo aragonés con una fuerza que ni yo mismo sabía que tenía, hasta que, por fin, el sol de la primavera volvió a calentar nuestras ramas.

Algunos árboles no tuvieron tanta suerte.

Desde entonces, cada vez que veo crecer a mis hijos, pienso que también ellos llevan en sus ramas un poco de aquella noche de frío. Y creo que desde aquel invierno Curro y yo quedamos unidos para siempre por algo más fuerte que las palabras: por el amor a esta tierra y por haber resistido juntos.

Con el paso de los años, las cosas cambiaron y la tecnología llegó al campo, pero la esencia de nuestra relación se mantuvo intacta.

Llegó el día en que la familia decidió dar un paso más y llevar las aceitunas de mis ramas y de las de mis hijos a la almazara cooperativa, para elaborar su propio aceite. Ya no se trataba solamente de las tinas de adobo del cobertizo. Ahora querían conservar también, en cada botella, algo de nuestra tierra y de nuestra historia.

El día de la primera molienda fue una fiesta.

Recuerdo el aroma intenso a hierba recién cortada, a tomate verde y a aceituna fresca que inundaba el lugar mientras las máquinas trabajaban. Cuando el primer chorro de aceite brotó, denso y brillante, con aquel tono verde dorado que parecía guardar la luz del sol del Bajo Aragón, la emoción se palpaba en el aire.

El abuelo Curro sumergió un trozo de pan recién horneado en aquel hilo dorado. Lo probó cerrando los ojos y, después de unos segundos de silencio, exclamó:

—Este sí que es un buen zumo de aceituna.

Yo no podía verlo desde allí, pero me lo contaron después. Y creo que, si hubiera podido sonreír, lo habría hecho.

Porque aquel aceite no era solamente un alimento. Era el resultado de cien años de sol, de inviernos superados, de manos familiares y de paciencia.

Dicen que nuestro aceite es suave, con un sabor delicado y notas dulces a frutos secos, y que combina muy bien con algunos platos tradicionales de esta tierra, como las migas aragonesas, el bacalao ajoarriero o el ternasco asado.

Yo no puedo probarlos, claro está. Pero me encanta escuchar a la familia cuando, después de una buena comida, se sientan a mi sombra y comentan las excelencias de los platos que han preparado con el jugo de mis olivas.

Y entonces comprendo que mi trabajo no termina cuando las aceitunas abandonan mis ramas.

También llega lejos.

Hace unos años empezaron a llegar visitantes de otros lugares interesados en conocer nuestros olivares, recorrerlos con calma y descubrir cómo se produce el proceso de elaboración del aceite. Algunos vienen por curiosidad; otros, porque aman el campo y quieren conocer los árboles que durante generaciones han alimentado a tantas familias.

Los veo acercarse despacio, escuchar las explicaciones de la familia, probar el aceite sobre un trocito de pan y cerrar los ojos para descubrir sus sabores.

Y casi todos terminan acercándose a mí.

Tocan mi corteza gris y retorcida. Preguntan cuántos años tengo. Se hacen fotografías a mi sombra.

Yo procuro poner buena cara. Al fin y al cabo, uno no llega a centenario para quejarse de unas cuantas fotografías.

A veces los escucho hablar de otros lugares donde el olivar es casi una forma de vida: Jaén, Andalucía, otras tierras donde los olivos cubren el paisaje hasta perderse en el horizonte.

Y pienso que, aunque cambien las tierras, las costumbres y los acentos, hay algo que nos une a todos: el deseo de cuidar aquello que hemos recibido para poder entregárselo a quienes vienen detrás.

Pero lo que más me gusta no es la cosecha ni el aceite.

Lo que más me gusta es mi sombra.

Porque bajo mis ramas se han sentado cuatro generaciones de la misma familia. Han hablado de cosechas, de bodas, de penas, de hijos que se iban y de otros que volvían. Los he visto reír, llorar, discutir y reconciliarse.

Y siempre, al final, alguien apoyaba la espalda en mi tronco y decía:

—Este olivo ya ha visto de todo.

¡No se imaginan cuánto!

Hace poco, mientras el sol se iba escondiendo por detrás de los olivos jóvenes, el abuelo apoyó una mano en mi tronco.

—Platero… tú y yo ya hemos vivido casi un siglo.

El perro levantó la cabeza. La encina se quedó muy seria y el olmo guardó silencio.

Yo pensé un momento antes de responder, porque los árboles hablamos despacio, pero pensamos mucho.

Al final dejé caer una aceituna madura justo a su lado.

El abuelo la recogió, la miró, se echó a reír y dijo:

—¡Vaya! Hoy Platero me invita al aperitivo.

Y yo, qué quieren que les diga… me sentí la mar de orgulloso de compartir con él aquel momento.

Porque después de tantos años he llegado a una conclusión muy sencilla:

Los humanos creen que ellos cuidan de los árboles.

Pero la verdad es otra.

Somos nosotros quienes cuidamos de ellos y de sus recuerdos.

Y quizá por eso, cuando Curro se sienta bajo mi sombra y apoya la espalda en mi tronco, ya no sé muy bien quién descansa en quién.

Él se queda allí un rato, mirando el campo. Yo dejo que el viento pase entre mis ramas.

Y los dos, sin decirnos nada, sabemos que mientras sigamos juntos, todavía queda mucha vida por delante.

Y si de paso les damos buenas olivas y un aceite que parece oro fundido…

Pues mejor que mejor.

 

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