201. Memorias

José M. Baptista

 

Los olivos centenarios se alzaban en el centro del olivar como centinelas silenciosos, guardando en el tronco retorcido la memoria de muchas generaciones. Las ramas se mecían al viento y las aceitunas maduraban despacio, cargando historias.

Llegada la época de la cosecha, las familias se reunían en el campo, como siempre habían hecho. Había risas, conversaciones sueltas, y el sonido rítmico de las manos recogiendo las aceitunas —casi una respiración. Para aquella gente, el olivo no era solo un árbol: era parte de la propia vida, símbolo de paz, resistencia y de una sabiduría que no se aprende, solo se hereda.

En la almazara, las aceitunas se transformaban con el cuidado de quien sabe que allí se decide el valor de un año de trabajo. Tras horas de espera, el primer aceite empezó a correr, dorado y brillante. El almazarero se acercó, dejó caer una gota en la palma de la mano y la probó en silencio.

En aquel sabor reconoció el esfuerzo de los hombres y la paciencia de la tierra.

Más tarde, en la mesa, el aceite se sirvió. Nadie habló por instantes. Bastó aquel sabor para comprender que cada gota guardaba un poco de todos ellos.

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