192. La cosecha
El sol de otoño apenas había despuntado cuando el grupo de jóvenes muchachas dejó la aldea y tomó el camino de los montes. El frío les apretaba las manos y les enrojecía las mejillas, pero nadie se quejaba. Era día de recoger la aceituna, y en aquel tiempo nadie preguntaba si el cuerpo estaba cansado. Había trabajos que sencillamente tenían que hacerse, como si fueran parte del propio cuerpo de la tierra, y negarse a ellos habría sido como negarse a la lluvia o al viento.
El camino era largo, hecho de piedra suelta y de raíces que el paso de generaciones había dejado al descubierto. La tierra estaba húmeda por las lluvias de los últimos días, y el rocío cubría las hierbas como pequeñas cuentas de cristal, temblando al más leve soplo. En los valles, la niebla permanecía aferrada a los árboles, escondiendo el río como quien guarda un secreto antiguo. De vez en cuando, entre el silencio de los campos, se oía el rumor del agua, constante y lejano, como si el río acompañara la jornada, murmurando a las muchachas que también él, a su manera, iba camino de algún lugar.
Delante iba la vieja burra, cargada con los cestos vacíos que pronto habrían de pesar. Caminaba despacio, conociendo de memoria cada curva del camino, cada piedra suelta, cada charco dejado por la lluvia. De cuando en cuando se detenía a mordisquear una hierba junto al arcén, obligando a las muchachas a llamarla de vuelta con esa mezcla de impaciencia y ternura que se reserva a las criaturas viejas y tercas.
—¡Anda, Morena! ¡Todavía tenemos mucho que hacer!
La burra levantaba la cabeza y soltaba un rebuzno prolongado, como quien protesta sin verdadera intención de resistirse, provocando la risa de todas.
Eran jóvenes, pero ya conocían la dureza de aquel trabajo, la manera en que se instalaba en los hombros y en los riñones después de un día entero inclinadas sobre las ramas. Algunas habían aprendido a recoger la aceituna con sus madres; otras, con sus abuelas —como se aprende una canción, oyéndola hasta que queda dentro de nosotros sin saber bien cuándo entró, sin recordar el primer día en que la supieron de memoria. Nadie sabía con certeza cuándo había comenzado aquella tradición. Sabían solo que, todos los años, cuando octubre terminaba y el frío empezaba a instalarse en las mañanas, los olivares llamaban a las familias, como una campana que solo ellas conseguían oír.
Cuando por fin llegaron, el sol empezaba a vencer a la niebla, y el paisaje se revelaba poco a poco, como un rostro que emerge lentamente de la sombra. La luz atravesaba las ramas y hacía brillar las gotas de rocío, convirtiendo cada hoja en un pequeño espejo. Los olivos, antiguos y retorcidos, con troncos que parecían esculpidos por manos impacientes y luego abandonados al tiempo, parecían figuras silenciosas observando la llegada de las muchachas —testigos mudos de recolecciones pasadas, de inviernos y de sequías, de bodas y de duelos que la aldea entera ya había olvidado.
Cada una conocía su lugar, como si el olivar hubiera sido repartido, generación tras generación, por un acuerdo nunca escrito pero siempre respetado. Extendían las mantas en el suelo, preparaban los cestos y empezaban a trabajar. Algunas golpeaban las ramas con varas ligeras, con un gesto certero que no dejaba marcas en la madera; otras recogían las aceitunas que caían fuera de las mantas, una a una, con la paciencia de quien sabe que nada se gana con prisa. Las niñas, más pequeñas y más ágiles, buscaban los frutos escondidos entre las hojas, compitiendo en voz baja entre ellas por quién encontraba más.
El frío iba desapareciendo poco a poco a medida que el trabajo avanzaba, sustituido por un calor seco que subía desde la espalda y los brazos. Las manos, sin embargo, seguían heladas, tercas en no acompañar al resto del cuerpo.
Rosa se frotó los dedos y sopló sobre ellos.
—¡Ya no siento las manos!
—Menos mal —respondió la abuela, a su lado, sin levantar los ojos de la rama que tenía entre los dedos—. Así no sientes el frío.
Todas rieron, con esa risa fácil que solo existe entre quienes comparten el mismo cansancio.
La abuela de Rosa era una de las mujeres más respetadas de la aldea, no por ningún cargo ni fortuna, sino por aquello que sabía y que nadie podía quitarle. Tenía manos pequeñas, marcadas por el trabajo, endurecidas en los lugares justos y aun así capaces de gestos de una delicadeza sorprendente. Conocía cada secreto del olivar —distinguía un olivo enfermo de un árbol simplemente cansado, sabía leer las señales del tiempo en las nubes que se formaban tras la sierra, y percibía, por el color y el olor del fruto, si aquel sería un buen año o un año de sacrificio.
Pero había otra cosa que sabía hacer especialmente bien: cantar.
Cuando el trabajo empezaba a pesar, cuando los brazos ardían y el silencio se volvía demasiado grande, una de las muchachas iniciaba una tonada antigua, casi en sordina, como quien prueba la voz antes de soltarla del todo. Las demás se sumaban y, poco después, el olivar se llenaba de voces —canciones sencillas, que hablaban de la tierra, del amor, de la pobreza, de la esperanza, del tiempo que pasa y de las madres que se quedaron en casa. Algunas eran tan antiguas que nadie sabía decir de dónde venían, ni en qué boca habían nacido por primera vez; parecían haber existido siempre, esperando a quien quisiera cantarlas.
Mientras cantaban, las muchachas parecían olvidar el frío y el peso de los cestos. El viento amainó, como si también él quisiera escuchar. Hasta la burra parecía querer participar en la fiesta, soltando un rebuzno inesperado que provocaba carcajadas sueltas por todo el olivar.
—¡Está afinada! —bromeó Rosa.
—Más afinada que tú —respondió otra, sin dejar de recoger.
Y el trabajo continuó, rama tras rama, cesto tras cesto, mientras el sol subía despacio por encima de la sierra.
Al mediodía hicieron una pausa junto a un muro de piedra, protegidas del viento que allí soplaba con más fuerza. Abrieron los sacos que habían traído de casa y compartieron lo que había: pan oscuro y duro, queso curado, algunas aceitunas en conserva, embutidos cortados en lonchas finas para que rindieran más. Era poco, pero alcanzaba para todas, porque en aquel tiempo compartir era tan natural como respirar.
La abuela de Rosa sacó de una bolsa unos ochíos dulces.
—Los hice anoche.
Las muchachas se acercaron, atraídas por el olor a canela y a aceite caliente.
—¿Es receta de su madre?
—De mi madre, que la aprendió de mi abuela.
—¿Y ella de quién la aprendió?
La anciana sonrió, sin prisa por responder, como si supiera que la respuesta importaba menos que el propio silencio que la precedía.
—Eso ya no lo sabe nadie.
Hubo un silencio breve, sin incomodidad —el silencio de quien mastica despacio para hacer durar el sabor. Aquel dulce, amasado por manos que ya no estaban vivas, parecía contener más que harina y huevos y azúcar. Parecía contener también el tiempo, las cocinas oscuras donde había sido inventado, las manos frías de otras muchachas que, siglos antes, se habían sentado exactamente allí, junto al mismo muro, tal vez bajo los mismos olivos. Nadie dijo eso en voz alta. No hacía falta.
Después del descanso volvieron al trabajo, los cuerpos un poco más lentos, pero la determinación intacta. Las horas pasaron deprisa, como ocurre siempre cuando las manos están ocupadas y la conversación no se detiene. Las mantas fueron quedando cubiertas de aceitunas de un verde oscuro y morado, brillantes de rocío y de sol, las manos se volvieron ásperas y teñidas de un negro que no se iría del todo antes del invierno, pero nadie se detenía. Cada fruto recogido significaba una parte del sustento de la familia, un mes de invierno menos incierto, un candil encendido durante una noche más.
Al final de la tarde, los cestos estaban llenos hasta arriba, pesados de un peso bueno, de un peso ganado. La burra fue cargada y comenzó el viaje de regreso, refunfuñando bajito bajo el esfuerzo. El camino pareció más corto —tal vez porque todas estaban cansadas y deseaban llegar a la almazara, tal vez porque el cuerpo, exhausto, deja de contar los pasos.
La almazara quedaba junto al río, en una construcción antigua de paredes gruesas y frías, donde varias generaciones habían llevado sus cosechas, año tras año, sin falta, como quien cumple una promesa hecha hace mucho tiempo y ya olvidada por quien la hizo. Al entrar, las recibió el olor intenso de las aceitunas machacadas, un olor espeso, casi líquido, que se pegaba a la ropa y permanecía horas después de salir de allí.
Dentro no había prisa. Las aceitunas se vertían y se preparaban con cuidado, se lavaban, se separaban de las ramas y las hojas que habían venido junto con ellas en los cestos. Las máquinas trabajaban con un movimiento continuo, pesado, casi respiratorio. El ruido llenaba el espacio, pero nadie hablaba alto —había allí una especie de respeto, como si todos supieran que asistían a la conclusión de un proceso iniciado meses atrás, cuando los olivos todavía florecían y nadie sabía con certeza qué fruto saldría de allí.
Rosa se acercó al abuelo, junto a las máquinas, atraída por el calor que de ellas se desprendía.
—¿Cuánto falta?
—El tiempo que haga falta.
—¿Pero no podemos hacerlo más deprisa?
El abuelo negó con la cabeza, sin enfadarse por la pregunta, como quien ya la había oído muchas veces antes, tal vez de boca de la propia madre de Rosa, hace muchos años.
—Hay cosas que no les gusta la prisa.
Ella se quedó observando, callada ahora, un poco avergonzada por la respuesta. Poco a poco, la pasta oscura de las aceitunas se fue transformando, y luego, como si hubiera estado escondido hasta ese momento, esperando a ser liberado, surgió el aceite. Un hilo espeso empezó a correr, dorado y verde a la vez, denso como la miel pero más vivo, más inquieto.
Rosa se acercó, fascinada. La luz de una pequeña ventana incidía sobre el líquido, haciéndolo brillar como si tuviera luz propia.
—Es bonito —murmuró.
El abuelo sonrió, con esa sonrisa cansada y satisfecha de quien ha trabajado el día entero y ve, por fin, el resultado ante sí.
—Es el resultado de todo lo que hemos hecho.
Rosa se miró las manos. Todavía llevaba tierra bajo las uñas y las marcas del frío en los dedos, pequeñas grietas que ardían al contacto con el agua fría. Pensó en el camino, en el rocío, en las canciones, en el dulce de la abuela, en el rebuzno de la burra, en el muro de piedra donde habían comido. Comprendió, tal vez por primera vez con claridad, que aquel hilo de aceite no venía solo de los olivos, sino de todo el día, de todas las manos, de todas las voces que habían cantado entre las ramas.
Más tarde, cuando el aceite estuvo listo, el abuelo puso unas gotas sobre un trozo de pan.
—Prueba.
Rosa se llevó el pan a la boca. Sintió primero la textura suave; después los aromas —hierba fresca, hojas, flores, un ligero amargor que se disolvía enseguida y daba paso a un calor discreto en el fondo de la garganta. Había una intensidad inesperada en aquel sabor, que parecía recorrer toda la boca y llegar a lugares que el pan por sí solo nunca alcanzaría.
Cerró los ojos.
—Parece que sabe a todo.
El abuelo rio, una risa corta y sincera.
—Quizá porque ha pasado por todo.
A su alrededor, las demás probaron también, en silencio, cada una reconociendo en aquel sabor algo distinto: el cansancio del día, la alegría de las canciones, el recuerdo de otras recolecciones, de otros abuelos ya fallecidos que también allí habían probado el aceite nuevo. Nadie necesitó decir mucho. Había cosas que el propio sabor decía mejor que las palabras.
Fuera, la noche empezaba a caer sobre el río, borrando poco a poco los contornos de las orillas. La niebla volvía a cubrir los valles y el frío regresaba despacio, subiendo desde los campos como una marea silenciosa. Las muchachas se prepararon para volver a la aldea, cansadas, con la ropa húmeda y las manos marcadas —pero llevando consigo la satisfacción de una tarea cumplida, ese sentimiento sencillo y antiguo de quien ha terminado un día de trabajo honesto.
Rosa miró una última vez hacia la almazara, hacia el hilo fino de aceite que todavía corría despacio, y pensó en los dulces que la abuela había hecho la víspera, sin saber bien por qué, sin siquiera recordar quién los había inventado. Tal vez las historias de la familia no estuvieran guardadas solo en las palabras o en las canciones, pensó. Tal vez estuvieran también en una receta cuyo origen ya nadie recordaba, en un gesto repetido tantas veces que se había vuelto invisible, en la forma en que una abuela se frota las manos frías, en la manera en que una burra terca se niega a apresurar el paso.
Y tal vez estuvieran, sobre todo, en aquel hilo de aceite dorado, que seguiría corriendo, año tras año, desde olivos que ya estaban allí antes de que todos ellos nacieran y que allí seguirían mucho después de que todos partieran. Un hilo continuo, silencioso, que atravesaba el tiempo sin prisa, como los propios olivos —sin prisa por florecer, sin prisa por dar fruto, sin prisa por morir. Un hilo que unía, sin que nadie necesitara explicarlo, todas las manos que alguna vez habían tocado aquella tierra, todas las voces que allí habían cantado, y todas las que aún habrían de cantar, mucho después de que Rosa y su abuela fueran, también ellas, solo memoria guardada por otras muchachas, en otra mañana de otoño, camino del mismo olivar.