185. Una aceituna cualquiera
Asistió a la lectura del testamento de su madre junto con sus hermanos. La herencia consistía en una casa en el pueblo, unas pocas acciones, una cuenta corriente en la caja de ahorros local… y un olivar, que, si bien no estaba abandonado, si algo descuidado.
Todo a repartir a partes iguales entre los tres.
Él ya sabía el contenido y las condiciones del avalúo previo, porque era el albacea encargado de ejecutar el testamento. Para eso era abogado, asesor fiscal y el consejero de la familia.
—Yo creo que lo mejor es que hagas una valoración de todo para vender y repartirnos el dinero —opinó su hermana, con la aquiescencia del otro hermano.
—Ok —respondió lacónicamente, con su habitual forma de ahorrar palabras.
Entre el exceso de trabajo del despacho, las clases en la universidad y las actividades de los niños, que se repartía con su esposa, estaba desbordado. Pero decidió darle prioridad a este asunto familiar.
Así que se ocupó personalmente de estudiar el valor teórico de cada activo, el precio probable y la facilidad de venta. No quería delegar el trabajo en sus colaboradores para evitar chismes en el despacho.
Después de algunos días, les presentó a sus hermanos la opción que veía más razonable.
—Dado cómo está el mercado en la zona, los números no aconsejan vender rápido, porque nos castigarían mucho el precio, sobre todo del olivar.
—¿Y qué opciones tenemos? Porque a mí me vendría muy bien algo de dinero —dijo el hermano.
—Ya lo he hablado con mi esposa y a nosotros nos interesa quedarnos con la casa. Así que os puedo pagar vuestra parte a precio de mercado. También repartiríamos lo que hay en inversiones y cuenta corriente.
—¿Y qué hacemos con el olivar? —terció la hermana.
—Como ninguno de nosotros quiere convertirse en agricultor, tal vez podríamos buscar un socio al que le interese. Alguien del pueblo que se ocupe de poner la finca en óptima producción para revalorizarla antes de vender.
Estuvieron de acuerdo. Él programó con su familia una visita al pueblo para visitar el olivar, al que no iba desde hacía tiempo.
El terreno se distinguía claramente por su descuidado aspecto junto a la finca colindante. El suelo entre los descontrolados árboles se veía cubierto de maleza y matorrales. Los olivos estaban plagados de chupones, con muchas ramas secas en su base. Y, de forma dispersa, algunos acebuches habían invadido las lindes y los claros.
A pesar de ello, el paisaje ofrecía una belleza salvaje. Los retorcidos troncos de los ejemplares más antiguos, que alguno de sus tatarabuelos había plantado, se alzaban majestuosos. Con sus gruesos troncos, sus agrietadas cortezas y las heridas que podas, plagas, enfermedades y golpes les habían infringido en forma de huecos y cavidades.
A medida que se internaban en la parcela, esta parecía crecer. Le costaba supervisar los juegos de sus hijos, que corrían, trepaban y se escondían entre los pocos centenares de olivos de las cerca de cinco hectáreas de la propiedad.
Después de más de una hora de estarla recorriendo exhaustivamente, decidió que era hora de regresar al coche, antes de que los alcanzara la noche.
La jornada le provocó muchas y variadas sensaciones, que no tenía desde que era niño.
A la semana siguiente tuvo un viaje de trabajo a Palma de Mallorca, que aprovechó para encontrarse con el amigo de un amigo, que tenía un olivar en explotación intensiva desde hacía varios años.
Fue un encuentro muy interesante. Se trataba de un piloto de líneas aéreas comerciales, ya retirado, que años atrás había empezado con su esposa un proyecto de turismo agrario.
—Nosotros el tema del olivar lo montamos —le explicó al poco de sentarse a conversar frente a una botella de vino, olivas y pan con aceite de su propia cosecha y producción— porque era un requisito para poder realizar nuestro proyecto de agroturismo. En aquel momento, nos exigían tener una explotación agraria con un número de “uteaches” …
—Perdona —lo interrumpió— ¿un número de qué?
—Jajaja, así le decimos coloquialmente por aquí a las Unidades de Trabajo Hombre que se utilizan habitualmente en agricultura y ganadería para medir la cantidad de trabajo que realiza una persona en un año. Pero eso no es lo que quería contarte…
—Me estabas diciendo cómo os iniciasteis en este negocio.
—Ah, ya —retomó el hilo de su historia—. Quería decirte que, en aquella época en esta zona, aunque el almendro y el algarrobo estaban subvencionados y el olivo no, éste me ofrecía los “uteaches” que yo necesitaba.
—¿O sea, que eres olivarero por culpa de los “uteaches”?
—No lo había pensado nunca, pero es verdad.
Los dos rieron. El ambiente ya estaba todo lo relajado que hacía falta para aprovechar al máximo la charla. Por eso decidieron llamar “Uteache” al chat de WhatsApp que crearon para seguir en contacto.
En ese primer encuentro, el abogado conoció mejor la historia del olivar del piloto, que le contó que había sido pionero en plantar aceitunas en esa zona, aunque luego se había visto rodeado por todas partes de olivares. Que había conseguido y mantenía la denominación de origen con las variedades arbequina, picual y empeltre, características de la zona. Que había hecho cuatrocientos agujeros para plantar sus cuatrocientos plantones iniciales. Que tardó cinco años en recoger las primeras olivas y que en la actualidad tenía una producción media anual de novecientos litros.
—Como seguramente sabes, el olivo es un árbol muy duro, que tiene unas curvas de producción muy variables. Unos años da más y otros menos. —Le comentó.
—Si, conozco la incidencia de la climatología y las podas periódicas en la cantidad y calidad de frutos —Quiso intervenir para que el piloto viera que no era tan citadino. Porque en realidad sabía más de campo de lo que aparentaba.
—Si, claro. A mí me costó entender esto de la vecería del olivo que intercala años de mucha producción con otros de poca. Y la incidencia de la climatología en la calidad de la cosecha. Para mí, como piloto, el clima siempre afectaba el momento, pero como agricultor se ha convertido en algo que condiciona el ciclo —Dijo riendo.
En el vuelo de regreso, a pesar de sus pendientes de trabajo acumulados, empezó a leer el libro sobre poda de olivos, que su anfitrión le regaló antes de despedirse.
En contra de lo que hubiera pensado, la literatura sobre olivicultura y el arte de mantener un árbol productivo mediante el adecuado corte de ramas, lo atrapó como si se tratara de una novela de misterio.
Como no era una opción robarles horas a sus clientes, sus hijos o sus alumnos, el creciente tiempo que empezó a dedicar en las siguientes semanas a la lectura olivarera, se lo empezó a quitar a sus horas de descanso.
—Estás obsesionado —le reclamaba su mujer— No piensas en otra cosa que en el dichoso olivar.
—No hago daño a nadie —se justificaba—. Es que quiero resolver este tema de la herencia con mis hermanos cuanto antes.
—Pues dale la explotación al vecino, que ya te ha dicho que si le interesa hacerse cargo y repartir los posibles beneficios. Y tú vuelve a dedicar tu tiempo a lo que importa de verdad o acabarás enfermando.
—¿No entiendes que he adquirido un compromiso con mis hermanos para optimizar el valor patrimonial de nuestra herencia? —argumentó más para él mismo que para ella.
—Pues entonces que te paguen por todo el tiempo que estás dedicando… o que se hagan cargo ellos —le respondió un tanto enfadada—, porque no te das cuenta, pero incluso cuando llegas a casa de la oficina o la universidad, ya nunca estás aquí del todo.
Verse desde la perspectiva de su compañera, le produjo un profundo impacto. Su familia era, sin duda, su prioridad fundamental en la vida, pero no podía negar que llevaba semanas atrapado por esa necesidad interna que no le permitía pensar en otra cosa.
Como un alcohólico que reconoce su adicción, decidió cambiar radicalmente su comportamiento ese mismo día.
Al llegar a la oficina, escribió en el chat de Uteache a su reciente amigo de Mallorca para pedirle un favor. Quería que revisara el dossier que había preparado antes de presentárselo a sus hermanos.
El archivo contenía una detallada descripción de las características de la tierra, datos económicos sobre la inversión mínima necesaria para sanear la finca, procesos administrativos para gestionarla y el plazo para optimizar su rendimiento.
También incluía un ejemplo de contrato de aparcería, donde los hermanos conservaban la tierra, se beneficiaban de las subvenciones y se repartían los beneficios de la producción con el aparcero.
La estructura jurídica, fiscal y administrativa, incluyendo tramitación de ayudas, subvenciones y financiación, la llevaría su despacho, a precio de coste.
Quince días después recibió contestación del piloto: “Hola, perdón por tardar en contestarte, pero estaba de viaje. Tu proyecto me parece magnífico y no tengo nada que decirte. De rentabilidad financiero fiscal tú sabes mucho más que yo. Lo que te sugiero, si llego a tiempo, es que hagas una visita con tus hermanos a una almazara. Llévalos a vivir el proceso. Que antes de decidir nada, escuchen el ruido de la molturación, que vean y toquen la pasta oleosa, que huelan el aceite y el orujo y, sobre todo, que prueben el zumo recién extraído”.
El mensaje llegaba tarde, porque sus hermanos habían acordado vender la finca al vecino, que había hecho una buena oferta. No solo por el precio, sino porque incluía el compromiso de entregar todos los años un pequeño porcentaje de la producción de aceite a cambio de apoyo administrativo y contable.
Sus hermanos tenían claro que esa era la mejor decisión.
Él estaba conforme, porque esa solución le aligeraba la presión que venía sufriendo y, a su vez, le hacía sentir que seguía vinculado a la tierra de su familia al poder consumir su aceite.
Como era habitual, el comprador había elegido el notario, que era uno de los más experimentados de la provincia en transacciones agrícolas.
La venta se programó para el último día hábil del mes de agosto, que coincidía con el final de sus vacaciones familiares.
Madrugó para poder dar un paseo tempranero por la finca, antes de ir a la cercana capital de la provincia a firmar la compraventa.
El día estaba especialmente caluroso y seco, por lo que el paraje no ofrecía su mejor versión. Se sentó a la sombra de un olivo cualquiera a beber del termo con agua fría que llevaba. Sudaba copiosamente a pesar de que hacía poco que había amanecido.
—Menos mal que he tomado la precaución de traer una camisa, unos pantalones y unos zapatos de repuesto. —Dijo en voz alta, como hablando al horizonte.
Recogió varias olivas del suelo y empezó a tirarlas para ver si las embocaba en un pequeño hueco del árbol contiguo.
Llevaba un rato en este ejercicio de puntería, cuando una aceituna cualquiera se negó a ser arrojada. Estaba llena de rugosidades y tenía un pequeño bultito que semejaba una jorobita.
Mientras la acariciaba pasando el pulgar por su relieve, percibió el valor de ese pequeño fruto, a pesar de sus imperfecciones.
Empezó a rememorar anécdotas e historias sobre la tierra que estaba a punto de vender.
Años atrás había sido un viñedo con algunas olivas plantadas entre las cepas. Después, con las subvenciones de arranque de viñedos, la familia decidió mantener los olivos ancestrales y plantar más en los claros que habían dejado las vides.
Recordaba esa época de replantación de su infancia, en la que acudía con su padre todas las semanas con bidones de agua a cuestas para regar las plantitas, que, aunque eran de secano, requerían más agua para arraigar.
Así se habían mezclado los primeros olivos centenarios de sus ancestros con los más recientes que él había contribuido a plantar y que apenas tenían unas décadas.
En aquella época la propia familia se ocupaba del cuidado del olivo, de la poda y la recogida de aceituna. Tan solo subcontrataban la labor de arar con tractor.
Conectó profundamente con la sensación de pertenecer a una familia que había dedicado horas y esfuerzo para que la tierra produjera frutos y, sobre todo, revivió los momentos que pasaba con su padre en aquellos años.
En ese momento supo lo que quería hacer.
Guardó la rugosa aceituna en el bolsillo y se dirigió al coche para emprender el camino hacia la notaría.