182. La hija del vareo

Joselín Castañeda Triana

 

Nadia aprieta los dientes cuando llega el segundo dolor. No suelta el varal. Golpe. La rama tiembla, las aceitunas caen sobre el lienzo, verdes y duras como piedras de río, y el sonido —tap, tap, tap— ahoga cualquier otro que pueda salir de su boca.

Diciembre en Martos huele a orujo y a escarcha, ese olor doble que se pega a la ropa durante toda la campaña y acaba confundiéndose con el de la piel. Las mantas de plástico crujen bajo las botas de la cuadrilla, veinte mujeres repartidas entre los picuales como una bandada que picotea el suelo. Detrás, al fondo del olivar, la sierra de Martos guarda todavía manchas de nieve en las umbrías, y un cernícalo cruza el cielo raso sin apenas batir las alas, buscando algo entre los rastrojos.

A Nadia se le han agrietado las manos de tanto frío y tanto aceite; cuando cierra el puño, la piel de los nudillos se abre en líneas finas que no sangran, solo escuecen. Golpe. Otra vez el dolor, más largo, más hondo, y esta vez se le escapa un gemido corto que Fátima, dos árboles más allá, oye sin volver la cabeza.

—Aguanta —dice Fátima, y no es una orden, es una plegaria—. Sí, para el capataz, para el jornal.

—Ya sé, ya sé —contesta Nadia y sigue golpeando.

Nadia aguanta. Lleva ocho meses haciéndolo, fajada bajo el chaquetón. Ha aprendido a varear con el vientre pegado al tronco, a agacharse despacio para recoger el fruto del suelo, a que nadie la mire dos veces. En la cuadrilla nadie pregunta por el padre. Casi nadie pregunta nada. Cada mujer sabe lo que puede costar una pregunta.

Hoy Nadia no puede más. El dolor le sube por la espalda como una soga que tira desde dentro y, cuando mira hacia la linde, ve el cobertizo de sacos, gris entre los olivos, junto al camino de tierra por donde pasan los remolques cargados de fardos.

Camina hacia allí sin decir nada, con las manos en la cintura, dejando el varal apoyado en la copa del árbol como si fuera a volver enseguida.

  • · ·

Rompe aguas entre los sacos de yute, sobre un colchón improvisado de ramón seco y hojas de poda. Fátima llega primero, luego María, luego dos mujeres más cuyos nombres Nadia nunca aprendió del todo, pero cuyas manos reconoce de memoria. Son las mismas manos que la ayudan a varear; ahora sostienen, limpian, sujetan.

Afuera, el vareo no se detiene.

Tap, tap, tap.

Parar significa preguntas. Las preguntas significan capataces, y los capataces significan la Guardia Civil. Para una temporera sin papeles, cada palabra de más pesa como un fardo lleno.

—Yallah, Nadia, puja —dice Fátima, arrodillada entre los sacos.

Nadia empuja porque yallah quiere decir vamos, y en aquel cobertizo vamos se dice igual en Nador que en Martos.

Entra Lola con la vianda del mediodía, una olla de potaje para veinte envuelta en trapos, y se detiene en la puerta, con la olla todavía humeando entre las manos. Es la mujer de don Cristóbal, dueño de la finca, y ha subido personalmente porque su marido está en Jaén arreglando papeles del molino.

Ve la escena: el círculo de mujeres, a Nadia con la espalda contra los sacos y los ojos cerrados.

No pregunta nada.

Deja la olla en el suelo, junto a un rimero de fardos vacíos, y se arrodilla junto a las demás. Lola parió cuatro veces y sabe que en esos momentos las manos hacen falta todas.

El niño nace envuelto en un silencio raro, sin el llanto agudo de otros recién nacidos, apenas un quejido ronco que se pierde entre el viento de la sierra.

Fátima lo levanta, lo limpia con un paño que huele a aceituna y entonces todas ven, en la espalda del crío, una mancha de color verde oscuro, ramificada, que sube desde la base de la columna hasta el hombro izquierdo, como si alguien hubiera dibujado con tinta las raíces de un árbol al revés.

Lola se santigua.

Fátima no.

Fátima conoce esas manchas. Las ha visto en dos primos suyos y sabe que a veces la piel guarda formas que nadie mandó dibujar.

—Youssef —dice Nadia, con la voz partida.

Luego mira a Lola.

—Andrés. Los dos.

  • · ·

Don Cristóbal se entera esa misma noche y su primera palabra es «fuera».

Lo dice sentado a la mesa del cortijo, con el plato de potaje sin tocar, mientras Lola le cuenta lo del cobertizo y él calcula en silencio el dinero que ha perdido la finca en aquella hora de trabajo detenido.

Pero al día siguiente baja a ver al crío. Dice que va a comprobar que la temporera no haya dejado sucio el cobertizo, aunque todos saben que miente.

Se queda un rato largo mirando aquella cosa diminuta que duerme envuelta en una manta militar, con los puños cerrados junto a la cara.

Don Cristóbal tiene sesenta y dos años, tres fincas y ningún hijo. Su mujer no pudo darle ninguno y él nunca preguntó por qué; en su generación esas cosas no se preguntaban.

Se agacha, aparta la manta, ve la mancha en la espalda del niño y permanece allí unos segundos más de lo necesario.

El trato lo hace con Nadia, no con Lola, porque Nadia insiste en tratarlo directamente, aunque el capataz traduzca desde la puerta, incómodo, mirando al suelo.

Se quedan en la finca fuera de temporada. Ella friega y cose para la casa, plancha las sábanas de hilo que Lola guarda para las visitas, y el crío duerme en el cuarto de plancha, en una cuna hecha con un cajón de fruta forrado de mantas.

A cambio, Nadia pone una condición que a don Cristóbal le suena tan rara que le pide que la repita.

—Que aprenda a varear. Que sepa lo que cuesta el oro antes de que nadie se lo regale.

  • · ·

A los siete años, Youssef-Andrés no juega con coches ni con pelotas. Juega con un varal de fibra que le queda largo como una lanza y golpea las ramas bajas del picual que hay junto a la casa hasta que Nadia le grita que deje algo para la cosecha de verdad.

Habla dos lenguas a la vez, sin darse cuenta de que son dos. Pide el pan en español y llama a su madre «yumma» cuando tiene sueño; a Fátima, que sigue viniendo cada campaña desde Nador, le dice «yallah» cuando quiere que se dé prisa, y Fátima se ríe y le contesta en jiennense cerrado.

Aprende a distinguir el picual del arbequino por la forma de la hoja antes que las letras del abecedario. Sabe que octubre es el mes del envero, cuando la aceituna empieza a virar del verde al morado, y que diciembre es el mes del frío que corta los labios y cambia el carácter del aceite.

La mancha de su espalda se ha estirado con él, ancha ahora entre los omóplatos. Solo Nadia y Lola la han visto de cerca. El resto de la finca sabe que existe y no habla de ella, como no se habla del árbol seco que nadie arranca.

En las fiestas del pueblo, cuando bajan a la verbena de agosto y las mujeres de la cuadrilla bailan sevillanas junto a las que cantan raï desde un altavoz prestado, alguien pregunta alguna vez por el crío moreno que corre entre los puestos.

La respuesta que corre por Martos, «es el niño de la marroquí, el que nació entre los sacos», ha ido perdiendo con los años aquello que al principio incomodaba. Ahora se cuenta como se cuentan las historias demasiado viejas para seguir dando miedo.

A los doce llega el inspector de Empleo con una carpeta y una lista de nombres. Es la primera helada del año. Los olivos amanecen blancos, crujientes, con los surcos endurecidos como si el campo entero contuviera la respiración. El coche del inspector se ve venir desde lejos, levantando polvo por el camino que baja de la carretera de Torredonjimeno. Alguien da la voz:

—Ya vienen.

La palabra corre de surco en surco más rápido que cualquier golpe de vara.

La cuadrilla mueve a Youssef-Andrés entre las hileras, dos surcos por delante del inspector, de mano en mano, hasta el cortijo de los Requena, donde se queda comiendo pan con aceite mientras el hombre de la carpeta pregunta por «menores en faena» y se marcha sin encontrar a nadie que confirme nada.

Esa noche, don Cristóbal, que ha presenciado la maniobra sin mover un dedo, le dice a Nadia:

—Aquí la ley la escribe el que nunca ha varado un olivo.

  • · ·

La carta de Granada llega un martes de mayo, con membrete de la Universidad y un sello que Nadia toca varias veces antes de abrirla, como si el papel pudiera romperse solo.

Beca completa. Residencia.

Youssef-Andrés tiene dieciséis años y las notas más altas del instituto de Martos. Nadia, que ha cruzado un mar entero fajada bajo un chaquetón para que su hijo no tuviera que hacerlo, ve en aquella carta la prueba de que todo valió la pena.

Él la deja sobre la mesa sin abrirla del todo.

—No voy a ir.

—¿Que no vas a ir adónde? —Nadia lo mira como si no reconociera el idioma en que le habla su propio hijo.

—A Granada. A estudiar Derecho, o Medicina, o lo que sea. No quiero.

—¿Y qué quieres?

—Esto.

Señala con la barbilla la ventana, los olivos, la sierra al fondo, cortada por la última luz.

Discuten en el patio, entre la ropa tendida, con las voces bajas porque don Cristóbal duerme la siesta y las paredes del cortijo son finas.

—Yo no vareo para que tú te quedes varando —dice Nadia—. El olivo da de comer, pero no da futuro.

Y le habla de las compañeras que ha visto volver a casa con la espalda deshecha. Del barco. Del frío del Estrecho. De las noches que durmió en naves industriales antes de encontrar la primera cuadrilla que la aceptara embarazada y sin preguntas.

No le habla para reprocharle nada.

Le habla porque todo aquello lo vivió precisamente para que él no tuviera que vivirlo.

—Yo crucé el mar para que tú te fueras de la tierra —le dice, y la voz se le rompe en la última palabra—, no para que te enterraras en ella.

Youssef-Andrés no contesta enseguida.

Mira sus propias manos, ya callosas, y luego las de su madre, mucho más gastadas.

Querría decirle que el olivar no es una cárcel para él. Que cuando entra en la finca al amanecer y oye el primer golpe de vara contra la copa, siente que ocupa el único lugar del mundo hecho a su medida.

No encuentra las palabras.

Se levanta y se va a dormir sin cenar.

La carta de Granada permanece tres días sobre la mesa hasta que Lola, sin decir nada, la guarda en un cajón.

  • · ·

La campaña de los dieciocho años empieza con la aceituna todavía dura en el ramo, temprana, verde. Youssef-Andrés, al frente.

No es un capataz; eso lo sigue siendo el hijo de un capataz de siempre, pero cuando la cuadrilla nueva llega sin saber medir el golpe, sin saber que el varal no se fuerza, sino que se acompaña, la mirada de todos acaba buscándolo.

Se mueve entre las ramas con una economía que nadie le enseñó del todo: el brazo sube, el varal roza la copa sin destrozarla, las aceitunas caen en cascada verde sobre el lienzo tendido, y el cuerpo entero acompaña el golpe como quien baila algo que ha bailado toda la vida.

Don Cristóbal tiene ochenta y un años, artritis en las rodillas y mira desde el linde apoyado en un bastón que antes fue varal.

Ya no puede bajar al surco. Se conforma con seguir el camino de tierra hasta donde alcanza la vista y quedarse allí, entre los acebuches silvestres que crecen sin injertar en el borde de la finca, oyendo el golpe de las varas mezclado con el zumbido lejano de la sopladora que separa la hoja del fruto.

Ve al muchacho, hombre ya, aunque a él todavía le cuesta llamarlo así, moverse entre sus árboles con la misma soltura con que su propio padre se movía, hace sesenta años, cuando la finca era la mitad de grande y él era el niño que miraba desde la linde, esperando el día en que le dejaran coger un varal de verdad.

No dice nada.

No hace falta.

  • · ·

Nadia llega al camino cuando el sol apenas raspa la cresta de la sierra, con la luz todavía baja y rasante, tiñendo de cobre la escarcha que aún no se ha derretido en las zonas de sombra.

Trae dos termos de café, uno para ella y otro que ya sabe para quién.

Se detiene antes de bajar al surco.

La sombra de su hijo se proyecta larga sobre la tierra removida por la sopladora, justo en el momento en que él levanta el brazo para el primer golpe del día.

Nadia la mira.

La sombra no es la de un hombre con un palo.

El brazo alzado, el varal inclinado, el gesto entero recortado contra el sol que nace: sobre el surco, la forma que dibuja es la de un olivo maduro, con su tronco torcido y su copa abierta.

La misma silueta que Nadia vio dieciocho años atrás, en la espalda de un recién nacido que casi no lloró.

Nadia no se mueve.

Mira a su hijo.

Mira el olivar.

Después baja al surco con los dos termos.

No dice nada de la sombra.

Espera a que termine la hilera y entonces le tiende el termo. Beberán el café de pie, mirando la sierra, mientras la cuadrilla sigue golpeando más adelante.

Tap, tap, tap.

Y las aceitunas siguen cayendo, verdes y constantes, como llevan cayendo en aquella tierra desde mucho antes de que ninguno de los dos naciera.

 

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