180. Hoyo de aceite

Natividad Villar Martínez

 

Ellos alzaron esta casa, esta familia y estos campos. Ellos fueron la primera generación de las venideras. Ellos forman parte de la historia que es menester no dejar en el olvido.

Porque tal vez, con la edad, los recuerdos nos persiguen, nos acercan a esas raíces que nos permiten ser quienes hoy somos.

Lo que les voy a contar, nace de la tradición oral, aquella que conserva los legados, las historias y las experiencias. No existen documentos que lo testifiquen, pero sí las sobremesas y las charlas a fuego lento que reunían a padres e hijos.

Ella era la primera madre, la esposa del primer padre, desconocemos quienes le antecedieron, en ese punto la información se pierde. Pues bien, todo comenzó en el escalón de esta casa, sentada en su marmolado blanco, las seis de la tarde, de un día de primavera recién estrenada, en mis manos un hoyo de aceite regado con polvo de azúcar; ese aceite sabía a capacha, su aroma de fruta fresca picaba en el paladar y se pegaba en la garganta, y aquí comenzó esta fantástica historia de mujeres, aunque también de algún hombre. De mujeres que agarran el tiempo, que extienden sus ganas y olvidan sus lamentos, porque prima la necesidad, aprieta el hambre y las intenciones de saber.
Pues bien, nunca olvidaré esa tarde, mi mano aún era pequeña, su piel bastante tersa, en ella el pico tostado de la barra de pan con su agujero en el centro, de esa que repartía el panadero con su furgoneta a la puerta de casa. Recuerdo el sonido que ejercían mis incisivos sobre ese pan recién hecho, era un placer sencillo eso de morder y llenarse de dicho líquido grasiento y suave con sabor afrutado y dulce. La abuela Candela por entonces y como cualquier tarde, se hallaba sentada en el portal, lo hacía en la mecedora enrejada de madera, la puerta entreabierta y yo en el escalón con mi condumio mientras escuchaba embelesada sus historias.

El relato comenzó con Antonia. Antonia era la primera, mi bisabuela, nacida allá por finales del siglo diecinueve, entre campos de centenarios olivares. Desde edades tempranas, cuántas veces se arrodilló cerca de sus raíces, como quien rinde una plegaria o alabanza, cuántas veces con sus manos recogió sus frutos maduros, cuántas veces transformó en alimento el líquido dorado que en la prensa licuaba y cuántas veces salvó el hambre de estómagos que no sabían más que de miseria. Antonia no se hizo mayor, una enfermedad sin diagnóstico o al menos a la que nadie nunca supo poner nombre, se la llevó cuando no alcanzaba si quiera la cuarentena. En el verano las viñas y en el invierno los olivos, el sustento de su familia. Trajo al mundo tres niñas, Candela, María y Rosa. Todas de pelo color tierra con destellos dorados, la bisabuela intuía que la savia de los troncones retorcidos del olivo y el aceite de sus aceitunas habían coloreado sus cabellos desde su concepción. Y qué decir de sus pieles; se mantuvieron tersas, como la piel de la aceituna o la de la uva, hasta el fin de sus días.
Antonia, con cada embarazo, redondeaba su barriga al ritmo del trabajo y casi rompía aguas en el tajo. Es más, la abuela Candela sin previo aviso, allí se presentó, su cuerpo rosado y rollizo entre los mantones y algunas telas improvisadas fue acogido en un tierno arrullo y sus ojos redondos y negros como las aceitunas se abrieron de par en par un día templado de primeros de diciembre. Cuenta la abuela, que cuando la llevaron a casa para su primer baño y durante algunos meses sucesivos, siempre le chorreaba por la espalda más de una gota de aceite que al extenderla por su frágil piel, hidrataba y perfumaba con aromas frescos todo su cuerpo. La bisabuela Antonia era en el pueblo la que más aceituna cogía con cada cosecha, el bisabuelo le ayudaba, pero era más indolente, tanto que tras morir la bisabuela, él la acompañó a los pocos meses, no soportaba o al menos no sabía cómo sacar adelante a tres niñas. Y aquí en este momento del relato, es necesario agarrar con coraje, porque la necesidad mueve cada uno de nuestros movimientos. Pero, como siempre que se tercie, en cualquier grupo hay quien lleva el mando,  le tocó a la abuela Candela que con solo trece años se hace cargo del campo, María prefiere ser la encargada de las tareas del hogar y Rosa que padecía de una leve enfermedad, anda siempre a la sombra. Candela con dotes de negocio, comienza a tratar más cuerdas de tierra, con más olivos que dan fruto. Con los dieciocho recién cumplidos se casa con un forastero, que al paso por el pueblo se enamora de su arrojo y belleza natural, pero como la historia se repite, el abuelo aunque muy buena persona, es también de trabajo leve. Tanto es el aceite que con cada cosecha saca la abuela, que en los duros años de guerra y los que le siguieron de posguerra, sacó del hambre a muchas familias del pueblo con hoyos de pan y aceite.

Candela tuvo dos hijas, Antonia y Luisa, esta última mi madre, que por otro imprevisto también nació en el campo, a la sombra del mismo olivo que lo hizo la abuela Candela, pero en tiempo del chupón, cuando el sol escurría los cuerpos en sudor. Por tanto, Luisa estaba predestinada a seguir con la tradición olivarera y así fue. Cuando la abuela se jubiló, aunque hablando con precisión nunca lo hizo, fue su muerte rondando los ochenta la que la retiró, es entonces cuando madre toma el timón de todo, mi padre le seguía, pero siempre por detrás. Y luego llegué yo, que no nací en el tajo, lo hice en un hospital. No continué con el arduo trabajo del campo, marché a la ciudad a cursar unos estudios, y me alejé del pueblo tanto, que sin darme cuenta, madre y padre también partieron sin retorno. Sin embargo, lo que siempre me siguió, es el trozo de pan con aceite cada tarde en la merienda.
Hace unos días en mi visita al pueblo, me acerqué a la casa de la bisabuela, de la abuela, de madre y hasta la que no hace tanto, consideré mía. Mientras observaba a los nuevos propietarios que me esperaban a la puerta de la entrada; el escalón marmolado, mostraba unas vetas amarillas, no recordaba que así fuera. ¿Sería el resultado de tantas meriendas de pan con aceite? Llegué con la llaves para su entrega y pedí un último deseo. ¿Me permiten entrar primero, para despedirme de cada uno de sus rincones? No había llegado a recibir respuesta, y yo ya estaba dentro, me aseguré que la puerta hubiera quedado bien cerrada, añadiendo la vieja tranca de hierro. En el portal, las mismas mecedoras de antaño, ocupando el mismo espacio me invitaban a sentarme con un baile oscilante, intenté accionar la luz con el interruptor, se me había pasado que la había dado de baja hacia cosa de un año. En penumbra, pero con la seguridad de conocer cada palmo de aquella casa, empecé a subir sus escaleras con ligereza, y de pronto algo me detuvo, sobre la baranda de madera del último tramo, unas sombras jugaban con el claro oscuro de la luz que atravesaba por la ventana que daba al patio. Poco a poco, unas siluetas se fueron marcando, albergando en su interior unas curvas conocidas en aquellos cuerpos gráciles. En un juego pausado, las sombras fueron dando paso a la luz, fácilmente reconocí a las tres mujeres de mi estirpe, que me incitaban a acompañarlas.
-¡Marina, no te detengas, te estábamos esperando! – Era la voz inconfundible de la abuela Candela. A su lado, con una sonrisa marcada estaba la bisabuela, el mismo recogido y el mismo traje oscuro con el que posaba en la fotografía con el bisabuelo.
Mis pies y con ellos mi cuerpo, quedó aturdido en el penúltimo escalón, fue entonces cuando madre, que vestía con el traje de seda verde que llevó el día de mi boda, se acercó y con un cálido abrazo, me arrebató el miedo y el recelo. Fui consciente en ese mismo instante, de que aquel relato que me contó la abuela, el de la tarde del escalón, no era ninguna leyenda con toques mágicos como luego pensé en la edad adulta; más bien formaba parte de la realidad que solo los ojos de un infante son capaces de ver, y yo había vuelto a mi infancia.
He perdido la cuenta de los días que han pasado desde que pedí a los nuevos inquilinos me esperasen fuera, ni siquiera sé si en algún momento se fueron. Lo único que puedo asegurar, es que en esta casa del escalón marmolado, las cuatro andamos reviviendo tiempos pasados y como de aquí nadie se atreve a salir, subsistimos con el pan que cocemos en el horno, aún quedaban varios sacos de harina de entonces. Pan que sabe a gloria embadurnado con el aceite que se conserva en varias orzas y tinajas de barro, así como en algunas alcuzas.

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