186. ¿Cuándo vas a venir?
He leído hace unos días en el periódico que van a arrancar y talar de raíz a cientos, o tal vez sean miles, de olivos arrugados por la lluvia y el sol seco, muchos de ellos agarrados a la memoria del tiempo, de una de las zonas de agricultura más ricas de la provincia de Jaén para instalar plantas solares fotovoltaicas porque, según dicen los expertos y entendidos en la materia, son más beneficiosas para todos y, a medio plazo, generará mucha más riqueza a esta tierra que se está despoblando. Solo que se les olvida que precisamente esta tierra se ha sustentado desde hace miles de años del generoso olivar, el mismo al que ahora pretenden sacrificar.
Yo nací allí, en la tierra perfumada de aceituna, en un caserío en mitad de un mar verde de olivos. Ellos me acunaron. Pero me fui a la ciudad. El trabajo hizo que me alejara de aquellas sierras, del río y de la inmensidad verdinegra donde vi la luz por primera vez. Y, aunque nunca olvidé, no conseguí regresar.
Cuando leí la noticia, se me agarró al pecho una sensación de abandono terrible, como de orfandad.
Busqué durante los días siguientes en las páginas de los diarios algún comentario, algo o alguien que clamara con argumentos precisos contra los supuestos técnicos para hacerles desistir de tan horrenda masacre y dejar vivir en paz a los olivares silenciosos que tanta vida nos dieron y nos dan.
Sin embargo, por más que rastreé entre noticias diversas, anuncios de millares de cosas inservibles, páginas de pasatiempos, deportes y necrológicas, no pude encontrar nada, ninguna voz que saliera al paso de tan alarmante noticia y defendiera las virtudes del olivar de nuestros ancestros.
Y he empezado a dormir mal. Soy incapaz, cuando me acuesto —y me acuesto tarde por lo mismo— de relajarme y cerrar los ojos, porque siento que el corazón se me acelera y el desánimo y la impotencia ocupan el espacio que antes dedicaba al descanso con una absoluta sensación de paz. Me cuesta dormirme y recurro, como recuerdo que en su tiempo hicieron mi abuela y mi madre, a rezar, con las manos muy apretadas sosteniendo las cuentas del rosario, el que hizo mi abuela María con los huesos de aceitunas de sus olivos. Rezo el rosario, el de difuntos, el que se reza durante las madrugadas para pedir a las ánimas benditas que regresen al lugar que les perteneció en vida, que protejan con sus paseos invisibles y temblorosos los olivares viejos que ellas mismas cultivaron cuando vivían en estas tierras que siguen siendo suyas, para que nada ni nadie los pueda dañar.
Y así, rezando padrenuestros y avemarías, consigo quedarme dormido, pero en un duermevela de inquietud. Y cuando despierto es con sobresalto, lleno de un desasosiego aceitoso, oliendo por toda la casa a aceitunas recién cogidas.
Esta noche otra vez, y van ya demasiadas noches, me he despertado de madrugada con la boca seca y agarrado con todas mis fuerzas a las sábanas. Me despierto sudando, tembloroso, y con un regusto amargo a pesadumbre. Es un regusto que tardo después muchas horas en podérmelo arrancar de la garganta y de la lengua, porque se me queda adherido a la saliva y al velo del paladar. Por eso tengo que escupir tanto al levantarme, escupo porque me muero de asco y por ver si de esa manera me lo consigo quitar.
Toso, carraspeo, escupo, pero esa sensación tan desagradable no se va tan pronto como yo quisiera. Y todo es —ya lo tengo más que comprobado— por culpa de los sueños que tengo previos al despertar. De ellos, lo único que consigo traer a la memoria una vez me hago consciente, es que me encuentro en medio de un paisaje ceniciento rodeado, hasta donde mi mirada verde es capaz de abarcar, de olivos poderosos de cuyas ramas cuelgan corazones transparentes, como si estuvieran hechos de cristal.
La luna, desde su pedestal inalcanzable allá lejos en mitad del cielo intermitente, les va dando un brillo luminoso y, al ser mecidos por el viento —siempre sopla aullando a esas horas tan tempranas—, esparcen millones de burbujas de colores por entre los surcos resecos en los que se adivinan pisadas antiguas ya muertas.
De pronto, en un repente, se calma el viento aullador y, ante mi asombro, los troncos de los olivos cobran vida; las raíces salen, doloridas y retorciéndose, de entre la tierra sedienta y, como si tuvieran pies, empiezan a caminar con una lentitud agónica, como se arrastran por el suelo los ciempiés.
Entonces es cuando las ramas, despertándose también, comienzan a estirarse, en una especie de baile mágico, como para espantar a la luna y, al hacerlo, los corazones dejan de brillar y se caen a la tierra levantando mucho polvo.
Ahí tomo conciencia de que estoy solo, y maldigo para mis adentros a la traicionera soledad. Absorto ante tanto desvarío, mis ojos, desorbitados por el momento de tensión, se quedan fijos en uno de los olivos, el que parece más viejo que los demás por su tamaño y volumen, que se detiene frente a mí y con una de sus ramas desnudas, ahora convertida en dedo acusador, me señala enérgicamente al tiempo que todos sus acompañantes, sacudiendo sus brazos con movimientos que se asemejan a los estertores de los que van a abrazar la muerte, emiten un gemido gutural tan fuerte que, al oírlo, si es que lo llegaran a oír, podría asustar a los mismísimos demonios del infierno más horrible.
¿Cuándo vas a venir?, ¿por qué estás tardando tanto, Tomás?, me dice el gigante gimoteando y a punto de llorar con su voz de madera y, al hablar, su tronco se abre dejando ver una boca descomunal, un agujero sin dientes, sin lengua propia, sin paladar.
Ahí me despierto con el miedo arañando mis carnes y con el alma agarrotada buscando esconderse en el desván de mi pecho dolorido.
¡Cuándo vas a venir!… Es un martilleo constante que me atormenta a todas las horas del día… ¿Cuándo vas a venir…?
Y no sé qué contestar porque no sé si volveré, porque me duele volver a pesar de que cada noche, con el insomnio maltratándome, sueño despierto con regresar. Pero eso ocurre por la noche antes de que el sueño me venza y empiece a soñar con los olivos que me hablan porque me esperan y sueñan, hablando entre ellos, con verme llegar.
¡Cuánta locura! Que no sé con seguridad si lo que sueño es real o es la realidad soñada la que me embarga y me obsesiona.
Lo malo es cuando llega el despertar con las primeras luces de la mañana, porque entonces se me tuerce la ilusión y me siento junto a la ventana a ver cómo pasa otro día más. Otro día más, y otro, y otro más esperando sin esperar.
Me dicen los que me cuidan —debe ser que lo hacen porque me quieren— que será que le tengo miedo al pasado porque los recuerdos no vividos, solo soñados, se quedaron atrapados para siempre junto al manantial del río a donde íbamos, Catalina y yo, a beber cada tarde después de pasear por el campo y jugar entre los troncos de los olivos generosos cargados de vida. ¡Los olivos! Solo con pensar en ellos me regresa la juventud que hace tantos años abandoné.
Tal vez llevan razón los que me lo dicen —será porque me quieren—. Tal vez sea así, no sé qué pensar yo.
Otros, no obstante, opinan que esa tristeza que me embarga y me agota solo la podré quitar si consigo dejar de pensar en lo que no fue y empiezo a decidir y a aceptar que, a mis setenta y dos años, lo que hay es lo que es.
Es posible que ellos lleven razón también, que yo sé discernir con seguridad qué es lo que es que debo hacer y aceptar. Sin embargo, esta mañana, a la hora en punto del primer rayo de sol, se me ha abierto la memoria de par en par y me he visto corriendo detrás de Catalina. Ella, escondiéndose entre los troncos enamorados de los olivos, me llamaba con su risa luminosa, y yo, haciéndome el despistado, tropezaba y me perdía por los caminos de tierra sintiendo en el aire los abrazos de su amor.
He reconocido al olivo viejo al lado del manantial, el mismo en el que, una tarde de locura apasionada, dejamos grabados nuestros nombres como señal de esperanza eterna.
Nuestros nombres, más que escritos, grabados con la punta de la hoja de una navaja de plata en la corteza rugosa del árbol poderoso. Lo hicimos para traspasar el tiempo y mantener vivos los recuerdos para cuando la memoria, esa traicionera del tiempo, dejara de funcionar.
Los dejamos grabados sabiendo que a los pocos días tendríamos que despedirnos, porque así es la vida, que lo mismo que te da, después, sin avisar, te lo viene a quitar.
Sí, nos separamos. Nuestra breve historia se quedó grabada entre el suelo y el cielo en mitad del bosque infinito de olivos sedientos en aquel verano de calor.
Y ahora oigo que el olivo me llama y siento en todas mis células el magnetismo de su voz de aceite, cansada, densa, portentosa…
¿Cuándo te vas a llegar por aquí? Ahora te necesitamos junto a nosotros. Solos no nos podemos defender… No te tardes… Como un martillo, esta frase última me ha golpeado las cuencas de mis ojos. Me repite que me necesitan y ahora yo no les puedo fallar. Tengo que ir. Un último esfuerzo. Allí estaré a su lado en estos tiempos tan difíciles. Allí estaré. Superaré esos miedos tan absurdos que me paralizan, ese pánico a no sé qué que no me deja actuar.
Pero antes de volver al pueblo tengo que escribir unas cartas a los que fueron mis vecinos —confío en que se acuerden de mí— para avisarles de mi llegada, y voy a preparar también alguna sorpresa, porque ahora reconozco que no es el sueño de la muerte quien me llama, presiento más bien que es el sueño del milagro. El peso de un mundo que se derrumba y por el que yo, desde mis antiguos y persistentes miedos infantiles, puedo y debo levantar la voz.
El viaje se me ha hecho más corto de lo que yo suponía. Poco tráfico, como si el campo me abriera sus puertas, y una sola parada, breve, para desayunar.
He llegado.
Ahora estoy en medio del olivar. El silencio es sobrecogedor. Ni un insecto se atreve por aquí. Confío en que las cartas que envié con carácter de urgencia hayan llegado al mismo tiempo que yo. Traigo todo preparado, los carteles, las cuerdas… Cada cartel, en forma de corazón, con un nombre escrito en el centro, un corazón enaltecido de amor por los olivos a los que cuidó mientras disfrutaba de la vida: Antonio, el capataz; Ana, la talabartera; Gaspar, el sordo; María, la del prado; José, el mayoral; Alfonso, el cuatro dedos; Juana, la del pilar… y así, uno a uno todos los que en mis noches de insomnio e inquietud se han ido asomando a mis recuerdos desde el mismo día en el que nací.
Van a ser ellos los que defiendan a este dorado y mágico olivar. Serán ellos, con sus ojos de aceituna, los que van a proteger a cada uno de los pies anclados a la tierra sedienta para que nadie los vaya a dañar.
Y, mientras acuden a mi llamada los que han recibido mis cartas, yo voy a empezar a colgar en cada olivo un cartel (como los corazones de cristal que aparecían en mis sueños).
El primero será el que lleva el nombre de mi abuelo: Ildefonso, el madrileño. Después colgaré los demás.
Todos están escritos con tinta roja, la sangre aceitosa de los frutos. Y en todos pone, como una advertencia amenazadora, debajo de cada nombre: ¡No me vayas a tocar!
Ya está puesto, bien visible. Voy a seguir… … …
Por el camino viejo de la Fontgrande viene un gentío cantando. Son ellos. Acuden a mi llamada. Ahora, mi amigo, el gigante de tronco arrugado, el que tiene grabados nuestros nombres, Catalina y Tomás, el que me ha llamado tan insistentemente, ya podrá descansar sin temor a ser herido.
Nosotros, los de aquí, los que seguimos vivos, y los del más allá, velaremos desde hoy y eternamente porque siga viviendo él y el resto de los olivos generosos, como poco, otros mil años más.