179. De plata como la Luna

J.F.P.R. Tales

 

El Sol perecía en su ocaso e iluminaba el cielo con tintes apocalípticos, aunque efímeros. El monte era devorado por una oscuridad ascendente. El rostro severo de geisha de una lechuza, perfilado a dentelladas por las sombras de hojas y aceitunas, blanco como plato de Luna, denunciaba su discreta presencia. Se aferraba firmemente con sus garras a la rama en la que se sostenía, fundiéndose con el árbol de modo que parecía recibir su savia y prestarle los ojos. El ave oteaba el horizonte con resquemor y no se decidía a abandonar el abrigo. Oía venir de los ruedos más lejanos pisadas plúmbeas, y escuchaba machacar los terrones a su son. El rumrum crecía como la tormenta que se aproxima una tarde de verano. Cuando la distancia lo permitió, advirtió una figura imprecisa moverse entre los olivos, una masa lóbrega y amorfa, torpe, como de animal antediluviano. Mas pronto salió de su error y dibujó en la oscuridad una imagen conocida. Hombres y animales, en lenta y triste procesión, guiados por una alta vela, que, a Venus, fija en el horizonte, parecía vencer, se aproximaban lentamente. Viajeros, comerciantes, soldados o almas en pena, bien pudiera ser un grupo de cualquiera de ellos. Hicieron alto a una voz de mando, y se repartieron sobre el bujeo, al resguardo de los haldares. De haber sido otra la época, la lechuza, como Atenea, se hubiese hecho visible a su ignorancia, pero siendo estos gente de Cristo, como atestiguaban sus estandartes, prefirió permanecer oculta, para no ser tomada por ave de mal agüero o el mismo diablo. En mitad del cerco que abrieron al repartirse, los extraños dejaron a la vista un ataúd, apoyado sobre unas andas. A su lado, un incensario camuflaba las morbosas emanaciones del cadáver. Cuatro encapuchados, ajenos al descanso del resto, se arrodillaron a su alrededor y a la luz de la vela entonaron monótonas letanías. La lechuza comprendió que esa noche no podría cazar como pretendía y se armó de paciencia a que la compañía se serenase y no descubriese su huida.

Pero sus planes no prosperaron pues no tardó en poblarse de nuevos ruidos la noche, esta vez de armas y caballería, que acudía al trote, y en pocos segundos rodeó el improvisado campamento. El que de esta nueva tropa tenía el mando, ordenó detenerse a su gente, soliviantando a los caballos, que protestaron con enérgicos relinchos y cabriolas cuando las riendas se tensaron para frenar su carrera.

– Alto a la Santa Hermandad. Descubríos. ¿Quiénes sois vosotros? ¿Qué hacéis a estas horas entre el olivar? ¿Por qué no viajáis como la gente de orden por los caminos del rey? – inquirió.

– Señor – respondió uno que salió del grueso -, no somos sino una comitiva de religiosos, que traslada el cuerpo insepulto de un hombre santo. Y si hemos elegido este camino no ha sido por romper con la ley sino por cautela.

– ¿Hombre santo, dices? – preguntó el oficial -. No tengo noticia de comitiva alguna que tenga permiso para cruzar el término de Baeza del modo que lo hacéis.

– Al señor obispo debéis presentar vuestra queja si está en vuestro ánimo dudar de mi palabra.

A la amenaza velada, el oficial calló y puso su atención en el improvisado vivac, estudiando a sus habitantes. Sin bajar del caballo los rodeó y observó, uno por uno, conteniendo el enfado por carecer de la iluminación apropiada.

– ¿No tenéis más luz que la del cirio? – protestó.

– Por supuesto que sí – respondió el religioso, y acercándose a uno de los bultos que poblaban el suelo dio en sacar un candil de bronce y una damajuana de aceite, con la que dio combustible al primero. Y con ayuda de la vela encendió el pábilo, para después, con él en alto, ofrecerse al alguacil como guía.

– Dejad que os ilumine, y así podréis comprobar que no somos ni gente de guerra ni salteadores, sino humildes siervos de Dios.

Y de esta guisa acompañó al representante de la ley, para que pudiese ver con claridad el rostro y envergadura de cada uno de la comitiva: hombres de toda edad, jóvenes barbilampiños, maduros y viejos, incluso un bebé de apenas unos meses, que dormía ajeno al escrutinio en el regazo de uno de aquellos monjes.

– ¿Y esto?

– Ese huérfano que aquí veis, como el resto de los niños que nos acompañan, son almas desamparadas que la Iglesia acoge en su seno, pues los hemos ido encontrando en el camino, vagabundeando y expuestos a las alimañas. Viajan con nosotros hasta el monasterio, donde recibirán atención y una educación cristiana.

Atenta estaba la lechuza al teatro que allí se representaba, que nunca imaginó noche más entretenida que aquella, incluso se le pasó el hambre y el deseo de cazar ratones. Y desde su camuflaje veía ahora a uno y luego a otro, y al final a todos los que formaban la compaña, sus ropajes y rostros, enseres, bestias, e incluso las dimensiones y adornos del ataúd que portaban.

De este modo que vio el ave, pudo satisfacer su curiosidad la autoridad, y una vez que se sintió satisfecho aceptó las razones que le dieron al principio.

– Compruebo que todo cuanto me habíais dicho es verdadero. Aunque no comprendo el motivo de este inusual traslado. ¿De qué hombre santo se trata para que viaje oculto a las miradas, de noche y por tan incómodo paraje?

– Por tratarse de uno muy querido por el pueblo, y para evitar que se solivianten los vecinos y se organicen disturbios en la calle por su trasiego, se hace este con el mayor secreto. No puedo deciros más, sino que de este asunto la Inquisición ordena silencio, con las consecuencias que pueda traer su inoportuna divulgación.

Y con estas palabras que pronunció el religioso dio por cerrado el caso el alguacil, por parecerle prudentes y acertadas. Ordenó entonces ensillar y en un santiamén los cuadrilleros partieron a cumplir con su obligación a otra parte.

Quedaron los peregrinos aliviados y fueron a abrazarse unos a otros cuando el sonido de los cascos de los caballos se apagó en la lejanía. De este modo dio por sospechar la lechuza que todos los reunidos eran familia, porque el cariño que manifestaban no era propio de monjes, sino de padres y madres, abuelos y nietos. Y así reconoció por sus gestos y andares que los que parecían más jóvenes no eran sino mujeres, y que de estas también había entre los viejos.

– Hemos tenido suerte – exclamó el que llevaba la voz cantante -. Ea. Alcemos el campamento, no conviene detenerse ahora pese al cansancio. Pueden haber ido por noticias para contrastarlas y regresar de nuevo. Ya habrá tiempo de descansar cuando estemos más lejos.

A una se fueron separando, reuniendo y recogiendo los bártulos que trajeron, para retomar el camino que hasta allí les trajo, sin una queja ni lamento, obedientes y en silencio.

– Un momento – se oyó.

Y entonces, uno de los ancianos, que se había aproximado al féretro, se tomó la licencia de abrir su tapa. Metió la mano en su interior y extrajo un libro de aspecto antiguo. Fue pasando sus páginas y se detuvo en una.

– Dadme luz – suplicó.

Y el que los guiaba, esbozando una comprensiva sonrisa se la acercó hasta dejar visible una página señalada por una cinta dorada, donde figuraba un texto escrito en caracteres islámicos. Y cuando se ajustó unos lentes sobre la nariz, el viejo comenzó a leer con cierta turbación unas palabras por todos conocidas.

– “Dios es la luz de los cielos y de la Tierra. Su luz es como la que nace de un nicho en el que hay una lámpara dentro de un recipiente de vidrio, tan brillante como un astro resplandeciente. La lámpara se enciende con el aceite de un olivo bendito, procedente de un lugar entre oriente y occidente, cuyo aceite brilla sin haber sido tocado por el fuego. Es luz sobre luz. Dios guía hacia su luz a quien él ama, y expone ejemplos para recapacitar. Él lo sabe todo”.

Cada uno de los presentes se arrodilló y después inclinó su rostro hasta tocar el suelo con la frente mientras extendía sus brazos.

La lechuza observó detenidamente la improvisada ceremonia, sorprendida por el giro de los acontecimientos, invitada a un cuento en el que ella jamás se hubiese imaginado. Esperó sin moverse a que se incorporasen de nuevo y retomaran sus preparativos. No tardaron en hacerlo, para volver a sus papeles y prolongar la comedia, y reiniciaron la marcha, igual que si fuesen cofrades. Cuando se confundieron de nuevo con la vegetación y la oscuridad, el ave alzó el vuelo de un vigoroso salto, indecisa de dirigirse a Úbeda o Baeza, o seguir en su peregrinaje a los misteriosos viajeros y conocer en qué pudiera acabar su aventura.

Epílogo.

En 1609 su majestad el rey Felipe III, aconsejado por sus validos, decretó la expulsión de los moriscos que aún vivían en España, la mayor parte en los viejos reinos de Aragón y Valencia. Adoptaba la medida por temor al turco, su posible influjo sobre estos súbditos que, movidos por la práctica de una fe común, ayudasen a aquel en una posible invasión de las costas del sur y levante. Más de 300 000 personas se vieron obligadas a abandonar los lugares en los que durante generaciones habían vivido y estaban firmemente asentados, para buscar refugio en Berbería. Algunos, disfrazados y con ingenio, migraron a otras regiones sin darse a conocer donde pudieron confundirse con los paisanos, simulando ser peregrinos que viajaban a Santiago.

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