162. El monte Testaccio, un descomunal monumento al aceite de oliva

Ricardo Chordá Carballo

                                                                  

Triana Montoya era una profesora de historia jubilada que estaba escribiendo un libro de cocina; aquel día se encontraba de vacaciones en Roma y decidió visitar un lugar al que ningún turista acudía nunca, a pesar de que se encontraba dentro de la Muralla Aureliana. Se trataba aparentemente de un monte como cualquier otro, tendría unos veinte mil metros cuadrados y estaba cubierto de arbustos, pero lo que pocos sabían es que era un montículo artificial, hecho con los restos de unos cincuenta y tres millones de ánforas rotas que se usaron para traer aceite de oliva desde la Hispania Baetica. Cuando aquellas ánforas llegaban al puerto de la ciudad de Roma el aceite era vaciado y se rompían en pedazos porque no era rentable devolverlas a su origen; después eran llevadas a aquel lugar.

La mujer se alejó de allí pensativa; el costo de traer a Roma el aceite desde la Bética debió ser elevado, pero necesario. Mientras caminaba casi se podía oír el pesado engranaje de su mente retrocediendo siglos atrás; se giró un instante para ver el monte por última vez y luego siguió su camino.

 

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