166. La Vida secreta de Los Olivos

Laura A. Guraieb

 

Era un día hermoso en el olivar. El sol, en el horizonte, lanzaba sus rayos iluminándolo por completo. La plantación parecía un tapiz

interminable de árboles que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El contraste de colores lo hacía único. Las hojas de los olivos

destacaban por su característico tono verde oscuro en el frente y el resplandeciente plateado en el revés. Cuando el viento las movía, el

campo parecía cambiar de color.

En los árboles más antiguos se podían observar sus troncos gruesos, retorcidos y esculpidos por el paso de los años, que les daban una

apariencia rústica y monumental.

En algunas partes, la tierra se podía ver marrón; en otras, rojiza o de color ocre, contrastando fuertemente con el verde de las copas.

Las mariposas y las abejas polinizadoras revoloteaban alrededor de todos los olivos. Las lagartijas, tomando el sol sobre las piedras,

convertían el paisaje en algo casi irreal. Los conejos y las liebres competían entre sí buscando refugio bajo los árboles, llenando de vida el

olivar.

Y ahí, en ese hermoso lugar, vivía una enorme familia ancestral, compuesta por abuelos, padres, tíos y nietos, como Chiquitín. Este tenía un

abuelo al que todos llamaban el abuelo Nelo.

Cada vez que el sol se ocultaba y el último visitante abandonaba el olivar, el viento refrescaba las hojas plateadas, Chiquitín extendía sus

ramas para posarlas sobre el abuelo Nelo para escuchar una nueva historia de las que acostumbraba a contarle antes de dormir.

—Abuelo, abuelo, ayer me dijiste que me ibas a contar de dónde vinimos los olivos.

El abuelo sonrió emocionado.

—Es una larga y hermosa historia. Nosotros existimos desde tiempos milenarios.

Los olivos hemos sido siempre muy importantes, especialmente en las antiguas civilizaciones del Mediterráneo. No solo por ser un árbol

frutal, sino también porque hemos tenido una conexión con lo divino.

Según me contaba mi bisabuelo, en la mitología griega, la diosa Atenea regaló el primer olivo a los habitantes de Atenas, convirtiéndonos en

símbolo de sabiduría, prosperidad y paz.

El abuelo habló con evidente orgullo.

—Entonces, ¿somos muy importantes? —preguntó Chiquitín con una sonrisa llena de satisfacción.

—Por supuesto —contestó el abuelo—. El aceite que extraen de nuestras aceitunas se ha utilizado incluso para ungir reyes, sacerdotes y

profetas.

—¡Woooow! —exclamó Chiquitín, sorprendido por toda la sabiduría, historia y tradición que le transmitía el abuelo Nelo.

En ese momento se escuchó la voz de mamá Oliva.

—Chiquitín, ya es hora de dormir. Deja descansar al abuelo Nelo.

—Pero, mami…

—Nada de peros. Mañana tendremos que estar listos muy temprano para recibir a nuestros visitantes. Es importante que estemos frescos y

bien dispuestos para atenderlos como se merecen.

—Vamos, Chiquitín —dijo el abuelo Nelo—. Mamá Oliva tiene razón. Mañana, si quieres, continuaremos con nuestra historia.

—¿De verdad, abuelo?

—¡Claro! Cuenta con ello. Ahora vamos a descansar.

A la mañana siguiente, el abuelo Nelo, Chiquitín y toda su familia estaban alegres y dispuestos para que los visitantes los acariciaran en sus

ramas o probaran sus deliciosas aceitunas.

De repente, uno de los niños que iba con sus padres jaló con fuerza las ramas de la tía Eunice.

—¡Aaaay! —comenzó a gritar la tía—. Este niño me ha lastimado. ¡Ha arrancado varias de mis hermosas hojas sin ningún cuidado!

Y, antes de que pudiera hacer algo, se escuchó el grito de la tía Gertrudis:

—¡Aaaay! ¡Ahora me ha arrancado unas hojitas a mí!

—¡Qué niño tan maleducado! —gritó muy enojado el tío Crispín—. Alguien debería enseñarle modales.

—¡Qué barbaridad! —comentó mamá Oliva—. Hay que llamar a nuestros cuidadores para que detengan a este niño.

De pronto, todos los olivos comenzaron a menear sus ramas con fuerza, como si un viento muy intenso los zarandeara. La energía de sus

movimientos asustó al pequeño que los estaba lastimando y atrajo la atención de los cuidadores, quienes, con amabilidad, pero también con

firmeza, le explicaron que los olivos, al igual que todos los seres vivos, necesitaban ser tratados con amor y cuidado.

Le pidieron que acariciara suavemente sus ramas y les dirigiera palabras cariñosas para que dejaran de sentirse asustados.

El niño obedeció y, muy sorprendido, observó cómo los árboles se tranquilizaban, como si el viento que los movía hubiera desaparecido,

devolviendo la calma y la paz al olivar.

Por la tarde, cuando el olivar ya había cerrado sus puertas, Chiquitín llamó al abuelo Nelo.

—Abuelo, qué susto pasamos hoy, ¿verdad?

—Así es, mi querido Chiquitín. Los humanos deben enseñar a sus hijos a cuidar la naturaleza para que no suceda lo que sufrimos hoy.

» En épocas en las que no existían la electricidad ni muchos productos industriales, nosotros producíamos un aceite indispensable para las

familias. Iluminábamos hogares y templos; con él curaban heridas y protegían la piel. Gracias a nosotros, muchas personas generaron

riqueza y comercio.

» Por eso, en muchas culturas mediterráneas, poseer un olivar era sinónimo de estabilidad económica y prestigio.

—Ojalá los humanos conocieran todo esto para que nos cuidaran más —comentó Chiquitín.

—Precisamente para eso existen las rutas de oleoturismo, Chiquitín: para que nos conozcan, nos cuiden, nos valoren y descubran la delicia

de nuestro fruto y de nuestro aceite.

—Me gusta cuando vienen visitantes —dijo Chiquitín.

—Y a nosotros también, querido nieto. Cada persona que aprende a amar el olivar ayuda a proteger nuestra historia.

—Bueno. Por hoy hemos terminado, Chiquitín —dijo el abuelo Nelo.

—Abuelo, me encantan tus historias.

—El abuelo Nelo lo acarició con infinita ternura.

«Qué afortunado soy de contar con un abuelo como el mío», se repetía Chiquitín, mientras se preparaba para descansar.

Cada despedida, cuando sus padres le decían que ya era hora de dormir, le causaba tristeza, pues las horas que pasaba platicando con el

abuelo Nelo siempre le parecían demasiado cortas.

Al día siguiente, después de la última visita, el abuelo Nelo y Chiquitín retomaron sus conversaciones.

—Abuelo, hoy me gustaría que me contaras cómo fue que llegamos al mundo.

—Con gusto, Chiquitín.

Pero antes de que el abuelo Nelo pudiera continuar, se escuchó un sonido muy peculiar:

—Kiú… kiú…

—¿Escuchas, Chiquitín? —preguntó el abuelo Nelo.

—Sí —respondió Chiquitín—. ¿Qué es ese sonido? Es muy extraño.

—¡Ja, ja, ja! Sal de ahí, querido amigo. Sé que me estás escuchando.

Poco a poco fue apareciendo una hermosa y extraña ave.

—Sabía que ibas a reconocerme, abuelo Nelo.

—Cómo no hacerlo, viejo amigo. Te he extrañado todo este tiempo que me abandonaste.

—Sabes que siempre he tenido espíritu aventurero y me fui a recorrer un poco de mundo.

—Me da mucho gusto que hayas vuelto.

Mientras conversaban, Chiquitín los observaba sorprendido y maravillado. En su corta vida no había visto un ave tan hermosa.

Además, su forma de hablar, pausada y con una hermosa entonación, le permitía adivinar que se trataba de un ave distinguida y muy

preparada.

Chiquitín comenzó a agitar sus ramitas tratando de llamar la atención de su abuelo.

—Oh, perdón, Chiquitín. Me emocionó ver a mi amigo después de tanto tiempo.

—Mochuelo, te presento a mi nieto Chiquitín. Chiquitín, te presento a Mochuelo, un viejo amigo.

—Es un gusto conocerte —comentó Mochuelo.

—El gusto es mío, señor.

—Qué educado es tu nieto, abuelo Nelo. Se nota que has hecho un buen trabajo con él.

—¡Ja, ja, ja! —rió el abuelo—. No creas que solo ha sido trabajo mío. Sus padres también lo han educado muy bien.

—Bueno, no quería interrumpirlos. Estabas contándole una historia muy interesante y me gustaría escucharla también.

—Sí, abuelo, por favor. Ya va a ser hora de irme a dormir y todavía no la terminas.

—Está bien. Le decía a Chiquitín que mi abuela me contaba que fueron los romanos quienes llevaron nuestras semillas más allá de los mares

y que, desde entonces, los olivos comenzaron a poblar nuevas tierras.

Nuestro aceite era tan valioso que se transportaba en enormes ánforas y llegó a convertirse en una parte importante de la economía de

muchos pueblos. Gracias a las rutas marítimas, el cultivo del olivo se extendió por numerosas regiones y su aceite pasó a formar parte de

rituales religiosos e incluso se utilizó para premiar a los vencedores de competiciones deportivas.

—¿Cómo sabes tanto, abuelo?

El abuelo Nelo sonrió y, aprovechando la brisa de la tarde, acarició a Chiquitín con cariño.

—Mi amado Chiquitín, los olivos podemos vivir cientos, e incluso miles, de años. Durante ese tiempo recibimos la sabiduría de nuestros

ancestros y somos testigos del paso de generaciones enteras, de cambios de culturas, celebraciones y cosechas. Por eso guardamos la

memoria de siglos de historias y compartimos nuestra experiencia con las futuras generaciones.

—¿Cómo haces conmigo? —preguntó Chiquitín emocionado.

—Exactamente, como hago contigo —respondió el abuelo, acariciándolo una vez más.

—¿Y yo también podré acompañar así a las personas? —preguntó Chiquitín.

—¡Claro que sí!

» Aquí, en el olivar, te cuidarán para ayudarte a crecer y convertirte en un árbol grande y fuerte. Darás mucho fruto, del que se obtendrá un

valioso aceite. Al igual que nuestros antepasados, ayudarás a alimentar a miles de seres humanos que disfrutarán de las delicias que nacerán

de tus aceitunas.

—¡Ya quiero ser grande! —se emocionó Chiquitín.

El Abuelo Nelo sonrió.

—No tengas prisa, Chiquitín. Todo llega a su tiempo. Es importante vivir cada etapa de la vida con prudencia y calma para que, cuando

alcances la madurez, puedas dar abundantes frutos.

«Los olivos enseñamos que las raíces profundas y la paciencia pueden dar fruto durante siglos».

—Mientras tanto, disfruta de que te cuiden y te den amor mientras creces. Aprovecha también todo lo que puedes aprender de las personas

que nos visitan en esta ruta de oleoturismo.

—Y por ahora, hemos terminado. Es hora de descansar. Seguramente Mochuelo también estará cansado.

—Después nos contarás desde dónde has venido.

—Con gusto, querido amigo, pero, efectivamente, lo único que deseo ahora es descansar sobre tus fuertes ramas.

—A descansar, pues —exclamó el abuelo.

—Gracias, abuelo. Te amo —dijo Chiquitín.

—Yo también te amo —contestó abuelo Nelo.

Chiquitín despertó todavía emocionado por la hermosa historia que su abuelo le había contado la noche anterior.

De repente, observó cómo un ave extraña, coronada por un penacho de plumas, paseaba entre los olivos buscando insectos. Inmediatamente

llamó a su abuelo para que la viera.

—Es una abubilla —respondió el abuelo Nelo con un tono de voz apagado.

—¿Una abubilla? —repitió Chiquitín.

—Sí. Son aves hermosas y muy apreciadas en los olivares porque se alimentan de larvas, gusanos e insectos que pueden afectar a los cultivos.

A pesar de la respuesta de su abuelo, Chiquitín se dio cuenta de que aquel día se veía diferente.

—¿Qué te sucede, abuelo? Te noto triste y decaído. Has hablado muy poco.

—No lo sé —contestó el abuelo—. Creo que me estoy sintiendo un poco mal.

—¿Quieres que avise a papá o a mamá? —preguntó preocupado.

—No. No los preocupes. Creo que pronto se me pasará.

—Pero, abuelo…

—No es nada. No te preocupes. Mañana estaré bien.

Durante todo el día, el abuelo Nelo permaneció callado. Ni siquiera la visita de su amigo Mochuelo logró arrancarle una sonrisa. Chiquitín

no le quitaba los ojos de encima; conocía perfectamente a su abuelo y sabía que algo no estaba bien. Sus ramas se veían tristes y caídas, muy

diferentes a las de aquel abuelo que cada mañana las extendía orgulloso para recibir a los visitantes.

Al final del día, Chiquitín volvió a preguntarle:

—Abuelo, ¿estás bien?

—Me siento un poco cansado —respondió el abuelo—. Pero seguramente mañana amaneceré mucho mejor.

Aunque Chiquitín cerró los ojos para intentar dormir, en el fondo seguía preocupado. No era normal ver así a su abuelo.

Al día siguiente, notó que el abuelo Nelo apenas se movía. Sus ramas permanecían caídas y tristes. Algo estaba ocurriendo.

—¡Abuelo! ¡Abuelo! —comenzó a llamarlo.

Pero el abuelo no respondía.

Desesperado, Chiquitín empezó a gritar:

—¡Auxilio! ¡Auxilio!

Entonces vio acercarse a varios agricultores que examinaban cuidadosamente al abuelo pues ya lo habían notado triste y apagado.

Su amigo Mochuelo tuvo que trasladarse a otro olivo, pues las ramas del abuelo Nelo ya no podían sostenerlo.

Chiquitín no entendía qué sucedía. Veía a los agricultores hablar entre ellos con preocupación.

De pronto escuchó a sus padres.

—Es la plaga de la mosca.

—Pero ¿cómo ha podido llegar hasta aquí? —preguntó su madre.

—No lo sé —respondió su padre—. Lo que sí sé es que, si no nos atienden rápidamente, podríamos morir.

Al escuchar aquellas palabras, Chiquitín sintió una profunda angustia. Pensó en toda su familia, pero, sobre todo, en el abuelo Nelo, a quien

aquel día había visto tan débil.

Chiquitín comenzó a llorar desconsoladamente. Sus padres, al verlo tan triste y abatido extendieron sus ramas, logrando acariciarlo para

consolarlo.

—Llora, Chiquitín. Comprendemos tu preocupación, porque nosotros también nos sentimos igual. Sin embargo, el abuelo Nelo ya está

siendo atendido.

» Esos agricultores que ves nos cuidan y procuran que nada malo nos suceda. Si te has dado cuenta, ya retiraron las aceitunas infectadas del

abuelo, podaron algunas de sus ramas y lo están tratando con productos que no lo dañarán y que evitarán que la plaga se propague y nos

enferme a los demás.

—Lo que tus padres te dicen es cierto, Chiquitín —comentó Mochuelo—. Debemos confiar y permanecer cerca de abuelo para que se

restablezca muy pronto.

Al escuchar las palabras de Mochuelo, las de sus padres y sentir sus caricias y compañía, Chiquitín comenzó a tranquilizarse poco a poco.

Decidió confiar en que pronto lograrían estabilizar al abuelo y volverían a conversar como siempre.

—¿Y qué podemos hacer nosotros para ayudarlo? —preguntó Chiquitín.

—Podemos decirle cuánto lo amamos, que lo extrañamos y deseamos que se recupere pronto.

—¿Y si no nos escucha?

—Estoy seguro de que sí lo hace —respondió su padre—. El abuelo es fuerte y en otras ocasiones ha logrado superar distintas plagas.

Confiemos en que esta vez también saldrá adelante.

Esa noche, Chiquitín puso en práctica los consejos de su padre. Le habló al abuelo de lo mucho que lo amaba y extrañaba; le dijo que estaría

a su lado hasta que se sintiera mejor y con mucha ilusión de volver a escuchar sus maravillosas historias. También le contó que los

agricultores lo apreciaban mucho y que lo cuidaban con dedicación y cariño.

De repente, el «kiú… kiú» de Mochuelo lo hizo volver la mirada. El ave le guiñó un ojo, haciéndole saber que seguía allí, acompañándolos.

—Confía, Chiquitín. El abuelo Nelo es fuerte y sabrá salir adelante de esta batalla.

—¿Tú crees?

—Estoy seguro. Descansa. Mañana será otro día.

Aunque Chiquitín intentó dormir, la preocupación no se lo permitía. De pronto, vio pasar una familia de erizos y recordó algo que el abuelo

Nelo le había enseñado tiempo atrás:

«Debemos cuidarlos, Chiquitín, porque son muy importantes para nuestro ecosistema. Mientras otros duermen, ellos nos ayudan de forma

natural a controlar algunas plagas e insectos que nos hacen daño».

Finalmente, el sueño lo venció.

Pasaron varios días durante los cuales Chiquitín observó cómo los agricultores continuaban visitando y atendiendo cuidadosamente al

abuelo Nelo. Aquello lo llenó de esperanza, pues comprendió que no era el único que lo amaba. Sin embargo, seguía preguntándose si los

cuidados que le prodigaban darían resultado, ya que, hasta ese momento, no reaccionaba.

Al notar que su hijo continuaba preocupado, su padre le susurró cariñosamente:

—Ten fe, Chiquitín.

— ¿Fe? —preguntó Chiquitín con la voz ahogada por los sollozos.

—Sí, fe. La fe nos llena de esperanza aun cuando las cosas son difíciles. Nos ayuda a seguir adelante, aunque todavía no podamos ver el

resultado.

A pesar de su tristeza y del miedo que estaba experimentando, Chiquitín sintió cierto alivio al escuchar las palabras de su padre.

A partir de ese día, cada mañana despertaba con la ilusión de verlo recuperarse. Extrañaba profundamente sus conversaciones y también a

los visitantes del olivar, pues, debido a la plaga, aquella zona había permanecido cerrada al público.

Al cabo de unos días, el abuelo Nelo comenzó a recuperarse, para alegría de toda la familia.

—¡Abuelo Nelo! —gritó Chiquitín, feliz, agitando sus ramitas al escucharlo saludar nuevamente—. ¡Qué alegría verte bien otra vez!

Todo el olivar compartía la alegría de Chiquitín y transmitía emocionado la buena noticia.

—Así es, mi querido Chiquitín. Esta plaga no ha sido fácil. Sin embargo, gracias a nuestra fortaleza ancestral, al amor que ustedes me

brindaron y a los cuidados de los agricultores, he logrado salir adelante.

Cuidar un olivar requiere una estrecha colaboración entre la naturaleza y las personas.

—¡Bravo, abuelo! —continuaba gritando Chiquitín.

—Y ahora estamos listos para volver a recibir a nuestros visitantes.

—¡Por supuesto! —respondió el abuelo.

Aquel día fue muy especial. Nuevas generaciones recorrían nuevamente el olivar y descubrían, maravilladas, las historias que guardaban

aquellos árboles milenarios. Los visitantes degustaban distintos aceites, conocían el proceso de elaboración y paseaban entre los senderos

rodeados de olivos.

Chiquitín volvió a sentir las caricias, la admiración y el cariño de quienes los visitaban.

Cuando el último visitante se alejó, comprendió por fin lo que el abuelo Nelo había querido enseñarle durante todo ese tiempo.

Los olivos no solo daban aceitunas y aceite.

También guardaban historias.

Y mientras existiera alguien dispuesto a escucharlas, esas historias continuarían viviendo de generación en generación, igual que las

profundas raíces que unían a toda su familia bajo la misma tierra.

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