165. La raya en la tierra
El aire picaba a las siete de la mañana. No era un frío de nieve, sino ese bochorno helado del suelo húmedo que se mete por la caña de las botas y no sale en todo el día. Mateo escupió al suelo, rancio aún por el café de pucherete, y le dio un golpe con el nudillo al termómetro de mercurio colgado en la valla del cobertizo. Cuatro grados. La columna de mercurio apenas se movía, agarrotada como sus propias coyunturas a primera hora.
A su lado, la almazara olía a lo de siempre por estas fechas: alpechín agro, hulla quemada y ese tufo denso, casi dulce, de la aceituna molida que se va fermentando si te despistas un par de horas. Era un olor que Mateo llevaba metido en los poros desde chiquillo, de cuando su padre lo traía agarrado de la chaqueta para que aprendiera a distinguir la fruta limpia de la que traía tierra.
—Si no entra la máquina hoy, se nos pasa la picual de la loma —dijo Julián. Venía con el chaleco desabrochado a pesar de la rasca, ajustándose la gorra con las manos negras de grasa de motor. Olía a gasoil frito y a prisa.
—La máquina no sube por las piedras de la loma, Julián. Te lo dije ayer y te lo digo hoy. Ahí arriba hay troncos que sembró el bisabuelo cuando no había ni carreteras. O entramos a vara o esa fruta se la comen los tordos.
Julián no contestó. Tenía treinta años menos que Mateo y la manía moderna de medir el rendimiento en kilos por hora, de consultar la pantalla del teléfono cada diez minutos para ver si subía la gasolina o bajaba la paja. Miró hacia la pendiente. Los olivos de la loma no estaban alineados como los del llano; parecían viejos tullidos desperdigados por la ladera, con las cepas retorcidas, agrietadas por la caliza y enterradas entre hinojo seco y zarzas.
Subieron a pie. Detrás venían los tres muchachos contratados en el pueblo contiguo, tiritando dentro de sus chaquetones de chándal, arrastrando las mallas de rafia verde que olían a plástico viejo y a humedad acumulada en el pajar durante todo un año. Los chavales no hablaban; caminaban con la cabeza gacha, arrastrando los pies con esa pesadez de quien trabaja a sueldo y cuenta los minutos para el primer cigarrillo.
El suelo estaba blando. Cada pocos pasos, la bota se hundía hasta el tobillo en una mezcla de barro pardo y hojas podridas. El barro se pegaba a la goma de la suela creando unos zuecos pesados que obligaban a tirar de riñón en cada zancada.
Mateo se detuvo frente al primero de los troncos. Era un ejemplar de tres pies, hueco por dentro, donde de crío se metía a esconderse cuando su padre levantaba la voz o cuando la lluvia caía con ganas y no había sombra donde meterse. Tocó la corteza. La madera de olivo no es suave; tiene surcos profundos, aristas duras que te rascaban la piel si te apoyabas sin cuidado, como la piel de las manos de los viejos que ya se fueron.
—Suelten la faldilla abajo —ordenó Mateo a los muchachos—. Pónganla bien estirada, que como quede un pliegue, la aceituna rueda ladera abajo y terminamos recogiéndola en el arroyo. Y limpien las piedras de debajo, que si pisan la fruta la revenan y luego entra la acidez.
Los jóvenes atendieron sin muchas ganas, mascullando algo entre dientes mientras pisoteaban los matojos para asentar la rafia. Uno de ellos encendió un cigarrillo rubio; el humo seco se mezcló con la vaporada blanca de su propia respiración.
Julián agarró la vara de fibra de vidrio, brillante y amarilla, ligera como un junco. Tenía el peso bien balanceado, pero Mateo prefirió la suya, la de avellano desgastada que conservaba desde hacía dos décadas, pulida en la empuñadura por el sudor y la manteca de tantos inviernos. Tenía la curvatura justa en la punta, el peso exacto para que fuera el vuelo del palo y no la fuerza del brazo el que hiciera el trabajo.
—Dale por arriba, sin golpear el brote verde —dijo el viejo, sopesando su madera.
El primer varazo sonó seco en el aire quietó de la mañana. Tapa.
Un chubasco de aceitunas negras y moradas cayó sobre la rafia. El ruido al golpear el plástico era denso, como granizo pesado cayendo sobre un tejado de chapa. Aceitunas duras, frías, cargadas de un jugo tenue que ya presagiaba el aceite grueso de la loma.
Trabajaron durante tres horas sin hablar apenas. El ritmo de la cosecha elimina las conversaciones innecesarias: el brazo sube, la vara descarga con el ángulo justo para no tronchar la madera nueva, el cuerpo se inclina para recoger los bordes de la malla, se limpian las hojas más grandes a mano limpia y se vuelca el saco al hombro. Al cabo de un rato, los hombros queman. No es un dolor agudo, sino una molestia constante en los trapecios y en las lumbares que se instala ahí, pesada como un saco de yeso, y no se quita hasta la cena.
Los mozos del pueblo contiguo aflojaban el paso a medida que avanzaba la mañana. Uno de ellos se quitó el abrigo y lo tiró sobre una cepa; tenía las palmas de las manos rojas por el roce de la rafia. Mateo lo vio de reojo pero no dijo nada. Cada uno aguanta el fuelle que tiene, pensó, aunque a esa edad él cargaba dos sacos a la vez sin rechistar.
A mitad de la mañana, bajaron al remolque a vaciar las primeras mantas. La fruta caía en una masa brillante, con destellos morados y verdosos, algunas aceitunas aplastadas soltando un hilillo de jugo turbio que manchaba la chapa de hierro del remolque.
—El del taller dice que el decánter de la almazara tiene una fuga en el retenedor —comentó Julián mientras se limpiaba las manos manchadas de alpechín en la pernera del pantalón—. Como no cerremos la tolva a las seis, mañana la pasta de la aceituna se calienta a más de treinta grados y el aceite sale con gusto a atrojado.
—No se va a calentar —zanjó Mateo—. Molemos a mediodía lo que hayamos bajado y la loma la terminamos antes de que caiga el sol. No voy a vender este aceite para refinado por correr media hora.
—Es que el precio en origen ha bajado tres céntimos esta mañana en la lonja, padre. Lo vi en la aplicación del móvil mientras cargábamos. Si tardamos tres días más en entregar los tanques, perdemos la liquidación buena.
Mateo lo miró de frente. Julián tenía la cara manchada de polvillo negro, el aliento agitado y las cejas pobladas de su madre, apretadas en una rictus de impaciencia. La discusión era la misma de cada campaña: los números de la cooperativa contra la terquedad de la tierra.
—Tres céntimos —dijo Mateo despacio, escupiendo las palabras—. Tres céntimos no le pagan a esta tierra el cuidado de todo el verano cuando no llovió ni una gota en mayo y estuvimos acarreando agua en cubas para que la flor no se secara en la rama. Si sacamos virgen extra, se paga lo que vale. Si sacamos aceite de lámpara, nos comemos el trabajo de doce meses.
Se sentaron sobre una piedra lisa que velaba bajo la sombra de un algarrobo a comer el bocadillo. Pan duro de la víspera con chistorra fría, grasienta, y un trago de vino peleón tirado de la bota de cuero que Mateo llevaba colgada del hombro. El vino rascaba la garganta como la lija, pero quitaba el frío de los dedos y aplacaba el temblor involuntario de los antebrazos.
A lo lejos, en la planicie del valle, se oía el zumbido sordo y monótono de la máquina moderna de la finca vecina: un tractor gigantesco de ruedas más altas que un hombre que abrazaba los setos de olivo superintensivo y los sacudía en diez segundos. Centenares de kilos por minuto. Sin esfuerzo humano, sin varas de avellano, sin ruido de hojas rotas ni lomos doblados sobre la tierra.
Julián miraba hacia allá, con los ojos fijos en la humareda de diésel que subía de la llanura. Mateo lo sabía, aunque el muchacho no dijera una palabra. Era la tentación de la prisa, del dinero rápido, de no terminar a los sesenta años con las rodillas destruidas por la pendiente y los nudillos deformados por el reuma de las madrugadas.
—Esa gente saca miles de litros, sí —murmuró Mateo, cerrando el navajón con un chasquido seco y guardándolo en el bolsillo del pantalón de pana—, pero prueba ese aceite dentro de seis meses. Sabe a agua con hierba. No tiene agarre. No tiene el picor que te deja esta aceituna en la lengua cuando la aprietas contra el paladar. Aquello es fábrica; esto es monte.
Volvieron a la carga. El sol de mediodía no calentaba, pero sí cegaba entre los claroscuros de las ramas, proyectando sombras recortadas sobre el suelo calizo. Las manos de Mateo estaban entumecidas, duras como el cuero de sus botas. Al engancharse la manga con una broza seca, se hizo un rasguño en el nudillo de la mano derecha; apenas brotó una gota de sangre oscura, espesa, que se secó al instante con el polvo que flotaba en el aire. Ni se limpió. Pasó el reverso de la manga por la herida y siguió vareando.
Los últimos tres olivos de la cumbre fueron los más duros. La ladera allí era casi vertical, y había que afianzar bien el tacón en la piedra floja para no irse abajo con vara y todo. Julián, mudo ya por el cansancio, vareaba al lado de su padre siguiendo su mismo ritmo, un golpe tras otro, marcando un compás doble que resonaba en la hondonada.
Para cuando la luz empezó a ponerse anaranjada tras la cresta de la sierra, la loma estaba limpia. Los olivos viejos quedaban desnudos de fruto, con las ramas despojadas apuntando al cielo despejado, descansados tras el esfuerzo del año. En la caja del tractor había casi novecientos kilos de aceituna sana, entera, limpia de barro.
Bajaron despacio a la almazara, entumecidos, con las piernas temblorosas por el esfuerzo del descenso. El olor del molino se hacía más denso y cálido a medida que se acercaban. El ruido mecánico de la centrifugadora retumbaba en el galpón de obra vista, envuelto en una nube de vapor húmedo. El maestro molinero, un hombre bajo, rechoncho y calvo llamado Tomás, los vio entrar por la puerta grande y señaló la tolva de recepción con el mentón.
—Pensaba que no bajaban ya —dijo Tomás, quitándose el trapo grasiento del hombro—. Voy a arrancar el batidor antes de que se enfríe el agua de la camisa.
Vertieron la carga del remolque. Las aceitunas cayeron rodando por la rampa de hierro en una catarata morada hasta golpear los martillos de la trituradora. El estruendo fue sordo, continuo, metálico. La masa verdosa y espesa empezó a moverse lentamente en la batea, girando bajo los chorros de agua tibia a veinticuatro grados exactos.
Tomás metió un cucharón largo de plástico, sacó una muestra de la pasta pastosa y la olió despacio, cerrando los ojos un instante antes de pasársela a Mateo.
Olió a tomillo chafado, a corteza de higuera seca y a la hierba mojada que queda en las cunetas después de la primera tormenta fuerte de octubre. Un olor áspero, denso, un perfume terroso sin sutilezas refinadas.
—Está limpia —dijo Tomás, asentando la cabeza con aprobación—. Ni una hoja podrida.
Julián se acercó al grifo de salida del decánter. Ajustó el hilo de cobre y esperó de pie, apoyando la mano en la chapa tibia de la máquina. Tras unos minutos de zumbido monótono y vibración en el suelo de cemento, empezó a brotar un chorro denso, de un verde oscuro, casi opaco, que caía en el depósito de acero inoxidable sin hacer apenas espuma.
El muchacho se quedó mirando el hilo verde. Dudó un segundo, miró de reojo a su padre y luego metió el dedo índice directamente en el chorro líquido. Se lo llevó a la boca sin vacilar.
Mateo lo observó en silencio desde el quicio de la puerta, apoyado contra el marco de madera y sobándose con parsimonia la articulación del pulgar dolido.
Julián tragó. Hizo una mueca breve, instintiva, cuando el picor le tocó la parte posterior de la garganta, esa quemazón característica, fuerte y limpia del aceite recién exprimido de la ladera. Sonrió un poco, casi sin querer, apretando los dientes, y se limpió los labios con el reverso de la mano manchada.
—Pica —dijo el hijo, mirando el depósito que empezaba a llenarse.
—Tiene que picar —contestó Mateo, soltando el aire despacio y dándose la vuelta para buscar la escoba del rincón—. Si no pica, es que hemos estado perdiendo el tiempo todo el día.