187. La jornada interminable

Rodrigo José Heras Nuño

 

La escarcha cuaja sobre las pestañas de Pedro antes de que el motor del tractor consiga sacudirse la modorra de la noche, él piensa en la cantidad de años que lleva repitiendo el mismo gesto de mirar hacia el horizonte sin que nadie le haya preguntado nunca qué busca exactamente en esa franja gris donde el cielo se junta con los olivos centenarios. Las lonas negras se despliegan con un sonido de papel de estraza viejo, cubriendo el terreno irregular que los abuelos bancalizaron a golpe de azada y paciencia ciega.

—Date prisa —murmura sin volverse, sabiendo que el eco se pierde entre ramas retorcidas.

Marcos no responde; se limita a golpear la madera flexible contra el ramaje espeso, dejando que la fruta menuda llueva sobre el tejido con un repiqueteo que se torna en una jornada interminable. El golpe seco de la vara contra una rama maestra desvía de pronto el equilibrio del árbol, provocando que un tronco viejo y ajado, podrido por dentro desde el verano anterior, ceda sin avisar y sepulte a Marcos bajo un peso oscuro de madera y piedra, dejándolo inmóvil sobre el mantón mientras la sangre tibia empieza a teñir las aceitunas caídas.

 

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