155. Una cosecha más

Manuel Vidal Maestro

 

A las seis menos cuarto, cuando Julián llegó al cobertizo, Paco ya estaba allí. Había encendido la luz de fuera y se calentaba las manos alrededor de un vaso de café que sujetaba con las dos manos. En el patio esperaban los capazos, las varas, los mantones y dos sopladoras apoyadas contra la pared. Todo estaba colocado como el año anterior y como tantos años antes, salvo por la máquina nueva, aparcada al fondo bajo un plástico gris.

—Vas a gastar la bombilla —dijo Julián.

Paco levantó el vaso.

—Y tú vas a llegar tarde el último día.

No era el último día, pero ninguno de los dos corrigió la frase.

Los demás fueron llegando poco después. Amalia traía una bolsa con bocadillos; Tomás, la misma gorra verde que llevaba desde que alguien podía recordarlo; los hermanos Cerdán discutían por quién había dejado abierta la cancela. A las seis y media estaban todos. Ocho personas, contando a Julián.

Habían sido catorce.

La cuadrilla empezó por la parcela de abajo, donde los olivos crecían separados y el terreno permitía extender los mantones sin pelearse con las piedras. Todavía era de noche. Durante la primera hora apenas hablaron. El sonido de las varas eléctricas se mezclaba con el golpe menudo de las aceitunas contra la tela y, de vez en cuando, con el motor de una sopladora.

Julián trabajaba en el mismo árbol que Paco.

—No hace falta que vengas mañana —dijo Paco.

—Ya lo sé.

—Lo digo porque ayer dijiste que vendrías.

—Y vendré.

Paco dejó de varear.

—Entonces sí hace falta.

Julián sonrió y siguió trabajando.

A media mañana apareció Andrés, el hijo del dueño, con el todoterreno cubierto de barro. Aparcó junto al camino y estuvo unos minutos mirando cómo trabajaban antes de acercarse.

—¿Cómo va?

—Como todos los años —contestó Julián.

—Eso puede ser bueno o malo.

—Depende del año.

Andrés tenía treinta y ocho años y llevaba la finca desde que su padre sufrió el ictus. Había estudiado ingeniería agrícola en Córdoba y sabía cuánto costaba cada jornal, cada litro de gasóleo, cada tratamiento y cada kilo que se quedaba en el árbol. Julián conocía esos números porque Andrés se los había enseñado. No había habido engaño.

La máquina tampoco era un capricho.

—Mañana vienen a probarla —dijo Andrés.

Nadie preguntó cuál.

La habían visto durante toda la semana bajo el plástico.

—En la parcela grande —añadió—. Si va bien, el año que viene hacemos con ella las tres de abajo.

Tomás levantó la cabeza.

—¿Y las de arriba?

—Las de arriba ya veremos.

—Arriba no entra eso.

Andrés miró hacia la loma.

—Por ahora.

Aquellas dos palabras hicieron más que cualquier explicación.

Amalia sacó los bocadillos poco antes de las diez. Comieron sentados en los capazos vacíos. Andrés se quedó con ellos. Aceptó medio bocadillo de tortilla y una naranja que Paco le lanzó desde el otro lado del camino.

Nadie habló de la máquina.

Hablaron del precio del aceite, de una tubería rota junto al pozo y de la hija de Tomás, que había encontrado trabajo en Granada. Después Amalia recordó que hacía veintidós años había llovido tanto durante la recogida que tuvieron que sacar un remolque con dos tractores.

—Veintitrés —dijo Julián.

—Veintidós.

—Fue el año que nació mi nieto.

—Tu nieto tiene veintidós.

Julián se quedó pensando.

—Entonces serían veintidós.

Se rieron.

Andrés también.

Cuando volvieron al trabajo, el sol ya alcanzaba las copas. Julián se retrasó unos metros y miró la cuadrilla desde atrás. Paco doblaba el mantón antes de arrastrarlo; Amalia apartaba las ramas pequeñas con el pie; Tomás nunca empezaba un árbol sin comprobar de qué lado venía el aire. Los hermanos Cerdán trabajaban deprisa, pero dejaban demasiada aceituna junto al tronco y Amalia iba detrás protestando.

Aquello no tenía nada de hermoso mientras se hacía. Dolían los hombros, entraba polvo por el cuello y al final del día las manos olían a hoja machacada. Julián lo sabía mejor que nadie.

También sabía que, desde fuera, todo lo que se repetía durante suficientes años acababa pareciendo una tradición.

Al día siguiente llegaron media hora antes.

La máquina estaba descubierta.

Andrés había contratado a un operario para la prueba. El hombre explicó su funcionamiento mientras los demás escuchaban a cierta distancia. El vibrador abrazaba el tronco, sacudía el árbol y la aceituna caía sobre una superficie desplegada alrededor. Lo que a ocho personas podía llevarles varios minutos se resolvía en mucho menos.

El primer olivo quedó casi limpio.

Tomás se acercó y buscó aceitunas entre las ramas.

—Alguna queda.

—También quedan cuando vareamos nosotros —dijo Julián.

Tomás lo miró mal.

La segunda prueba fue mejor. En la tercera, Paco ya no quiso mirar.

—Pues funciona —dijo Amalia.

Andrés no celebró la frase.

—Sí.

—Entonces ya está.

—Amalia…

—Que sí, hombre. No hace falta que pongas esa cara. Si no salen las cuentas, no salen.

Andrés se metió las manos en los bolsillos.

—No quería que os enterarais por otro.

—Nos habíamos enterado desde que la trajiste —dijo Paco.

Aquel día recogieron en dos grupos. La máquina avanzó por las hileras más regulares mientras la cuadrilla trabajaba en la zona donde los troncos viejos dificultaban la pinza. A las cuatro de la tarde habían terminado una superficie que otros años les ocupaba casi dos días.

Nadie dijo que fuera una mala noticia.

Durante la semana siguiente continuaron hacia las parcelas altas. Allí los olivos eran distintos. Algunos tenían tres pies, otros crecían demasiado cerca del bancal y en varios puntos apenas había espacio para girar un tractor. La máquina quedó abajo.

La cuadrilla volvió a ser necesaria. Eso mejoró el humor de todos menos el de Julián. Paco empezó a decir que todavía quedaban muchos años.

—Aquí no pueden meterla.

Julián miraba los bancales.

—Hoy.

—Ni hoy ni mañana.

—Mañana harán máquinas más pequeñas.

—Pues que las hagan.

Julián no discutía.

El jueves amaneció con viento. Trabajaron hasta mediodía y tuvieron que parar. Las ramas se movían demasiado y los mantones se levantaban por los bordes. El viernes llovió. El sábado el suelo seguía impracticable.

El lunes Andrés llegó con el teléfono en la mano.

—Tenemos tres días.

Julián entendió enseguida.

Venía más lluvia. Si no terminaban la parcela del barranco antes del jueves, podían perder calidad y complicar la entrada durante otra semana.

—¿La máquina?

—No sube.

Paco sonrió.

Julián lo vio.

—No te alegres.

—No me alegro.

—Te estás alegrando.

Andrés extendió un plano sobre el capó del todoterreno. Faltaban casi cuatro hectáreas y el acceso era malo.

—Con ocho no llegamos.

—Éramos catorce —dijo Julián.

—Éramos.

Julián sacó el teléfono.

El primero en llegar fue Samuel, que llevaba dos campañas trabajando en una nave de logística. Después apareció Vicente con una furgoneta blanca. A mediodía llegó Rosario. Los otros tres no pudieron. Uno estaba en Francia, otro trabajaba en una almazara y del último nadie tenía un número actualizado.

Once. No eran catorce, pero bastaría.

Trabajaron hasta que dejó de verse.

Al día siguiente comenzaron de noche. Andrés estuvo con ellos desde el primer árbol. No sabía colocar bien los mantones y Amalia se lo explicó dos veces antes de quitárselos de las manos.

—Tú tira de ahí.

—Sé hacerlo.

—Pues no lo parece.

A las nueve llevaban más de una hectárea. Al mediodía nadie quiso parar para comer. Julián obligó a hacerlo.

Se sentaron bajo un olivo grande, de tronco abierto en dos, que quedaba justo antes de la pendiente. Samuel preguntó si seguían haciendo café con aguardiente al terminar la campaña.

—Eso se acabó hace años —dijo Paco.

—Pues vaya progreso.

Andrés se rio.

Julián repartió pan, queso y aceitunas aliñadas que había traído Amalia. Durante unos minutos volvió a tener delante la cuadrilla de otros años, o algo parecido. No porque fueran los mismos, sino porque cada uno sabía qué hacer sin que nadie tuviera que ordenarlo.

Pensó que eso era lo que la máquina no podía sustituir y enseguida comprendió que era mentira, podía sustituirlo, simplemente no necesitaba saberlo.

El miércoles, a media tarde, llegaron al último bancal. El cielo se había oscurecido por el oeste. Quedaban diecisiete olivos.

—Nos da tiempo —dijo Andrés.

Julián miró las nubes.

—Si no paramos.

Nadie paró.

Quince, doce, ocho.

Cuando llegaron al quinto empezó a caer una lluvia fina. Los mantones pesaban más y las aceitunas se pegaban a la tela.

—Lo dejamos —dijo Andrés.

Nadie le hizo caso.

—He dicho que lo dejamos.

—Te hemos oído —contestó Amalia.

Siguieron.

En el penúltimo árbol, Paco resbaló y cayó de rodillas. Julián soltó la vara y fue hacia él.

—Estoy bien.

—Levántate despacio.

—Estoy bien, coño.

Se levantó. Tenía barro en los pantalones y una pequeña herida en una mano.

Quedaba un árbol.

Era uno de los más viejos de la finca, bajo y retorcido, con tres troncos que salían casi juntos de la tierra. Julián lo conocía desde antes de trabajar para el padre de Andrés. Recordaba haber dormido bajo él durante una comida, hacía quizá treinta años. O cuarenta. Ya no estaba seguro.

Extendieron el último mantón.

Nadie dijo nada.

Las varas comenzaron a moverse entre las ramas y las aceitunas golpearon la tela con aquel ruido menudo que habían escuchado miles de veces.

Cinco minutos después, Julián levantó una esquina del mantón.

—Ya está.

Paco miró hacia arriba.

—Quedan cuatro.

—Déjalas.

—Nunca las dejamos.

Julián volvió a mirar.

Había cuatro aceitunas en una rama alta.

—Pues bájalas.

Paco levantó la vara y las hizo caer.

Recogieron el mantón entre todos.

La lluvia empezó de verdad cuando cerraban el último capazo.

Andrés abrió el maletero del todoterreno.

—Esperad.

Sacó una botella.

—No me jodas —dijo Samuel.

—Mi padre todavía guarda alguna.

Era aguardiente.

Amalia protestó porque tenían que conducir. Andrés sirvió apenas un dedo en vasos de plástico.

—Por la cosecha —dijo.

Paco negó con la cabeza.

—Por la cuadrilla.

Nadie corrigió tampoco aquella frase.

Julián bebió y el aguardiente le quemó la garganta. Después recogieron las herramientas. Samuel fue el primero en marcharse, porque entraba a trabajar a las seis de la mañana. Rosario se llevó a Amalia. Los Cerdán salieron juntos.

Poco a poco quedaron solo Julián, Paco y Andrés.

—El año que viene todavía os necesitaré arriba —dijo Andrés.

Paco miró a Julián, como esperando que dijera algo.

—Ya veremos —contestó este.

Andrés se marchó.

Paco metió su vara en la furgoneta.

—Podías haberle dicho que sí.

—Podía.

—Entonces, ¿por qué no?

Julián cerró la puerta.

—Porque no lo sé.

Paco estuvo a punto de responder, pero finalmente le dio una palmada en el hombro y se fue.

Julián esperó hasta quedarse solo.

Desde allí se veía la parcela grande. La máquina permanecía junto al cobertizo, cubierta otra vez con el plástico gris. El año siguiente habría otra. Después vendría alguna capaz de trabajar los bancales. Andrés reduciría gastos y probablemente salvaría la finca, que era lo importante. Los olivos seguirían allí.

Julián se alegraba de eso.

Caminó hasta el último árbol y encontró una aceituna en el suelo, fuera del lugar donde habían extendido el mantón. La recogió.

Estuvo a punto de guardársela.

Después pensó que sería una tontería y la dejó caer.

A la mañana siguiente Andrés llevó la cosecha a la almazara. Julián no fue. Por primera vez en treinta y siete campañas no tenía que comprobar el peso ni discutir por dos décimas de rendimiento.

A media tarde recibió una fotografía en el teléfono.

Era Andrés. Había colocado sobre una mesa una botella pequeña, todavía sin etiqueta. Debajo escribió:

«La primera de ayer».

Julián amplió la imagen. El aceite tenía ese verde turbio de los primeros días, antes de asentarse.

Escribió una respuesta, la borró y escribió otra.

Al final puso: «Guárdame una».

Dejó el teléfono sobre la mesa y salió al patio.

Había dejado las botas junto a la puerta la noche anterior. Seguían cubiertas de barro. Durante un momento pensó en limpiarlas.

Luego las dejó como estaban.

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