153. El cartucho de aceitunas

Maite Cuesta

 

Mi madre era la viva representación de una persona excepcional, dicho por aquellos que la conocieron, y secundado por una servidora. Solamente tenía una pega, pero no una pega irrisoria, sino una pega imperdonable según mi humilde entender. No le gustaban las aceitunas. Para ser más exactos, las odiaba, les profesaba una inefable tirria, un desmesurado asco, una extrema repugnancia. Pero como nadie es perfecto, a nosotros no nos quedaba otra que quererla o adorarla.

A fecha de hoy, ignoramos de dónde procedía aquella animadversión hacia el popular alimento, si era una especie de intolerancia alimentaria no detectada en su momento o una repulsión traumática generada durante la tierna infancia, pero lo curioso de la historia es que todos y cada uno de los primogénitos de sus primos hermanos, por parte de madre, padecieron de esta «olivafobia», fenómeno más aberrante si tenemos en cuenta que estos sujetos pertenecían a una estirpe engendrada, parida y amamantada en tierra de olivos, entre olivareros y oliveras, rodeada de lagares, almazaras y alguna que otra artesanía del jabón, concretamente, en la Campiña Sur Cordobesa a orillas del Genil. Puede que sus anteriores generaciones proviniesen de remotos territorios y sus posteriores retoños no anduvieran adaptados a la nueva comarca, pero esta disparatada teoría es producto de mi delirante método empírico espontáneo.

Retornando al sufrimiento de mi madre con las aceitunas, he de aclarar que el mal trago era tan excesivo que se estremecía con solo escuchar sus cuatro sílabas. No contenta con esto, el mero contacto de aquella verdosa, amarillenta o negra diablesa en compañía de otras viandas en el mismo plato ya le suscitaba un rechazo absoluto. En este orden de actuaciones anómalas, no consentía en probar cerezas, ciruelas o albaricoques bajo el absurdo argumento de poseer un hueso semejante al de su abominable fruto. Por si esto no fuese rocambolesco, la que me parió llegó a prometerse a sí misma el comerse un bollo de pan embarazado con una oliva si aprobaba su examen de Reválida Superior. Creo que nunca más volvió a auto imponerse un martirio de tal calado a tenor de los tres días de vómitos que le persiguieron.

A mi dudoso juicio, tuve la inmensa fortuna de no heredar esta irritante condición, sin embargo y para mi desgracia, durante el tiempo que conviví con ella bajo el mismo techo, no pude disfrutar abiertamente de uno de mis manjares favoritos. Huelga decir que me pirraba y me pirro por las aceitunas, pero no por cualquiera de ellas, sino que me desvivía y desvivo por las aceitunas gordal.

Como en su casa, ella era la todopoderosa reina, no hace falta exponer que aquella gollería estaba totalmente prohibida cuando no severamente penalizada; no obstante, en mí no cabían más posibilidades que quererla o adorarla.

Todavía recuerdo cómo –siendo yo una mocosa párvula– le suplicaba unas monedillas para invertirlas en la suculenta ambrosía más que en chucherías varias. Si por su parte, ella atendía mis peticiones, y por la mía, yo conseguía el dinerillo cual mendigo pedigüeño a la salida de las iglesias, entonces me bajaba a la tiendecita del barrio a comprarme un cartucho de aceitunas de tal forma que parecía una salamanquesa que se acerca a un aplique de pared en busca de mosquitos.

A la sazón, los tenderos de ultramarinos comercializaban, entre otros muchos artículos, aceitunas al peso para llevar. Traigo al presente –con la nostalgia propia de alguien que ha vivido bastantes décadas– que se me hacía la boca agua cuando las sabias manos del abacero enrollaban magistralmente un basto papel de estraza hasta que lo convertía en un delicioso cono. A renglón seguido, se ayudaba de un cacillo agujereado de madera con el que atrapaba las encurtidas olivas que se refugiaban en el interior de una tinaja de barro vidriado como si fuesen codiciadas perlas de Tahití recién extraídas de una imponente ostra de labios negros. Acto seguido, y escurrido el género, vertía las verdinosas piezas en el cartuchito dorado con la habilidad característica del buen hacer. Muchas voces del vecindario señalaban que el hombre estaba perdiendo el oficio a consecuencia del vino, y que de unos meses acá mal lucía el establecimiento que otrora lo había llevado inclusive mejor que un montañés, por la contra, yo lo veía como un número uno en despachar cucuruchos de aceitunas. Siendo así, mis glándulas salivales se activaban igual que un chiquillo ante un costosísimo pastel de chocolate o de semejante forma que uno de los perros de Pavlov. Después, con el aromático cambucho en mi poder asaltándome las fosas nasales, me dirigía como un lebrel hacia el portal de mi piso junto a mi preciado tesoro.

Entonces, allí, solo allí, y sola allí, sobre un lúgubre y baqueteado peldaño, entre luces de un sombrío pasillo escalonado que se colaban a través de un roído y polvoriento ventanuco, en el destierro de quien se tiene por un puntual proscrito, en la clandestinidad de quien sospecha que su vida corre peligro, en la clausura de quien se consagra a una buena causa para redimir un pecado, me sentaba a degustar tan exquisitos bocados.

No eran pocas las veces en las que algún vecino me hallaba en la penosa situación. Con todo, sabiendo de la encantadora bondad de mi madre –no había otra que quererla o adorarla– más de su incompatibilidad con los ovoides encurtidos, me lanzaban un amplio sonriso mientras me tocaban la cocorota con el mismo estilo que un maestro cariñoso.

Finiquitada la ingesta, subía hasta el 1º derecha y golpeaba la puerta con mis indecisos nudillos, escoltada por un miedo de diez siglos, aun a sabiendas del procedimiento a seguir. Entonces, ella me abría, cual mayordomo de una mansión victoriana. A continuación, clavando la mirada de basilisco en mí, se retiraba a más de un metro para dejarme paso no sin indicarme impíamente la dirección del cuarto de baño con el tono de un sargento chusquero y el asco bordado en la cara del mismo modo que si estuviera oliendo un cadáver lleno de gusanos: ¡Puaf!¡Lávate bien los dientes y las manos con agua y con jabón!¡Las uñas cepíllatelas también!¡Qué peste!¡Hasta que no se te quite esa peste que traes no se te ocurra acercarte a mí!

En efecto, hasta que no se desvanecía aquella fragancia que se impregnaba en mi aliento y en mis dedos a partes iguales, no permitía que me aproximara a ella ni tan siquiera para regalarle un beso.

Podría haberme sentido tan estúpida como un domingo o tan maldita como un lunes, pero nunca le reproché esa manera de obrar porque era consciente de que su estómago se le revolvía como un rabo de lagartija sometida a una autotomía caudal. Ella lo pasaba mal, realmente mal, peor que alguien sujeto al infierno de las olas en un temporal de levante en el Estrecho de Gibraltar, o peor que una mujer gestante presa de las tiránicas náuseas. Es como si aquello le originase súbitamente una gastritis con el mero hecho de ingerirlo por la vista o por el olfato. Porque aquello era superior a sus fuerzas, porque aquello desbordaba tanto su capacidad física como mental, porque aquello actuaba en sus emociones como una bomba atómica. Por ende, a nosotros no nos quedaba otra que quererla o adorarla.

 

Lejos de entonces y fallecida mi madre, en la actualidad, tengo por sana costumbre agenciarme de –en el supermercado al que estoy abonada– varios tarros de aceitunas gordal deshuesadas sin aliñar. Son tan socorridas. Son tan sabrosas. Son tan compatibles. Tan socorridas como una caja de tiritas en una mochila de un turista, tan sabrosas como un morreo apasionado en una piscina, tan compatibles como un conector universal de un dispositivo electrónico.

Gracias al socorro que me brindan, a la sabrosura con la que me fascinan y a la compatibilidad con la que me convencen, rara es la semana en la que no echo mano de estos amables frutos carnosos. Quizás en su día me enamoré de ellas por su suave sabor –a la salmuera que preparaban nuestros mayores– y por su abundante pulpa carnosa que se expande por el grueso de las papilas gustativas.

Lo cierto es que ninguno de mis descendientes ha desarrollado aquella incómoda ojeriza hacia las olivas que retenía mi madre, siendo un alivio tanto para mí como para ellos. Es más, mi nieta es de las mías, de las que sienten debilidad por las aceitunas, de las que mueren por un mini baloncito de rugby comestible, de las que las engullen unas tras otras hasta dejar el platito temblando, de las que no conciben un aperitivo en una terraza sin su plausible presencia, de las que abren la nevera cuando les pica la gusa y se apañuscan con un cuarteto de ellas, de las que les agravia que una ensaladilla rusa no las incorpore como ingrediente. Y aunque mi chicuela esté de mi parte, sea de mi camarilla y comparta mi vulnerabilidad gastronómica, ojalá me quiera o me adore, al menos, la mitad de lo que nosotros quisimos o adoramos a mi madre.

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