151. Lo que crecía en los árboles
En el año 2050, los niños aprendieron que los árboles daban sombra, oxígeno y madera.
Nadie les enseñaba que algunos también podían dar aceite.
A Daniel se lo contó su abuelo una tarde de noviembre, cuando la lluvia golpeaba los cristales de la residencia y la ciudad parecía hecha de cemento mojado.
—¿Aceite? —preguntó Daniel.
—Sí. —respondió su abuelo.
—¿Como el de las máquinas?
Su abuelo sonrió.
—No. El otro.
Daniel tenía quince años y nunca había visto un olivo. En realidad, no conocía a nadie de su edad que hubiera visto uno.
En los libros antiguos aparecían fotografías de aquellos árboles: troncos retorcidos, ramas plateadas, campos enteros extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. A Daniel siempre le habían parecido árboles enfermos.
—¿Y de dónde salía?
El abuelo levantó un dedo y señaló la fotografía que tenía delante.
—De ahí.
Daniel se acercó.
—¿De los árboles?
—De sus frutos.
Daniel soltó una carcajada.
—Eso es imposible.
Su abuelo no se rió.
—No. Lo imposible es que hayas nacido en un mundo en el que eso te parezca imposible.
La desaparición de los olivos no había ocurrido de un día para otro.
Primero llegaron las sequías. Después los incendios. Luego las restricciones de agua, las plagas, las temperaturas imposibles y las cosechas cada vez más pequeñas. Los agricultores abandonaron los campos. Las grandes empresas compraron las tierras y sustituyeron los cultivos por variedades que necesitaban menos agua y producían más.
El olivo resistió durante años. Era uno de los árboles más resistentes del Mediterráneo, pero incluso la resistencia tiene un límite. Cuando llegó la última gran sequía, millones de hectáreas quedaron reducidas a tierra agrietada.
Los gobiernos prometieron soluciones que nunca llegaron. Los científicos desarrollaron sustitutos, pero ninguno llegó tan siquiera a parecerse a lo que conocíamos como aceite. Las industrias fabricaron grasas vegetales sintéticas, la gente se acostumbró y, poco a poco, dejó de recordar.
Al principio, nadie creyó que aquello fuera una tragedia. Las nuevas generaciones crecieron sin echar de menos algo que nunca habían conocido. En los supermercados ya no existían botellas de aceite, pero tampoco nadie las buscaba. Las cocinas habían cambiado, las recetas se habían adaptado y las antiguas costumbres quedaron relegadas a los archivos digitales.
Con el paso de los años, incluso la palabra empezó a perder significado. «Aceite» aparecía en los diccionarios, en los libros de historia y en las recetas antiguas, pero para la mayoría de las personas no era más que una sustancia perteneciente a otra época.
Lo verdaderamente extraño era que nadie parecía echar de menos los árboles. Nadie recordaba que aquellos campos habían sido parte del paisaje durante generaciones. La humanidad había aprendido a sustituir casi todo lo que había perdido.
Casi todo.
Daniel abrió una vieja caja que su abuelo guardaba bajo la cama.
Dentro había fotografías: una familia sentada alrededor de una mesa, un campo, una bicicleta apoyada contra un árbol, un hombre joven con las manos llenas de aceitunas, y una botella de cristal.
—¿Eso qué es? —preguntó Daniel.
—Aceite. —respondió su abuelo.
—¿Y qué hacían con él?
El abuelo tomó la fotografía entre sus manos.
—Lo poníamos sobre el pan.
Daniel frunció el ceño.
—¿Solo eso?
—A veces también sobre tomate.
—¿Y estaba bueno?
El abuelo cerró los ojos.
Durante unos segundos no respondió.
—No sabes cuánto. —respondió su abuelo sintiendo como saboreaba el pan con aceite y tomate.
Aquella noche Daniel buscó información y encontró millones de referencias: recetas, anuncios, documentales, canciones, fotografías, … Descubrió que durante miles de años el aceite de oliva había acompañado a pueblos enteros, había alimentado a familias, había iluminado casas, había servido para conservar alimentos, había formado parte de celebraciones, había viajado en barcos, había cruzado fronteras y había pasado de padres a hijos.
Y entonces encontró una frase en un documento antiguo:
«El aceite comienza mucho antes de llegar a la botella.»
Daniel no entendió qué quería decir hasta que su abuelo le habló del campo.
Le habló de octubre, de noviembre, de las manos recogiendo aceitunas, de las lonas extendidas bajo los árboles, del ruido de las ramas al ser golpeadas, del olor de la almazara, de la primera gota de aceite cayendo sobre un recipiente.
—¿Tú hiciste todo eso?
—Durante muchos años.
El abuelo permaneció unos segundos en silencio.
—Era diferente entonces. En otoño, el campo cambiaba de color. Madrugábamos cuando todavía no había salido el sol y volvíamos a casa con las manos cansadas y la ropa llena de polvo. Había días en los que parecía que no terminaríamos nunca de recoger aceitunas.
Daniel lo escuchaba sin apartar la mirada.
—¿Y no estabais cansados?
El abuelo sonrió.
—Muchísimo. Pero también éramos felices.
Se quedó mirando la fotografía.
—Recuerdo el olor de la tierra después de llover. Recuerdo el ruido de las aceitunas golpeando las lonas. Recuerdo llegar a la almazara y ver cómo todo aquel trabajo se convertía en aceite.
Daniel nunca había olido una almazara. Nunca había escuchado una aceituna caer sobre una lona.
Por primera vez comprendió que su abuelo no estaba hablando solamente de un árbol.
Estaba hablando de su vida.
—¿Dónde?
El abuelo tardó en contestar.
—En nuestra tierra.
Daniel levantó la mirada.
—¿Nuestra?
El anciano asintió.
—Todavía existe.
Tres días después, viajaron al sur.
La carretera atravesaba un paisaje que Daniel no reconocía.
Tierra seca. Campos abandonados. Pueblos vacíos. Estructuras metálicas donde antiguamente había cultivos.
Su abuelo apenas hablaba.
Cuando llegaron, Daniel comprendió por qué.
Ante ellos se extendía un terreno enorme. Vacío. No había nada.
—Aquí estaban los olivos —dijo el abuelo.
Daniel miró el horizonte.
—¿Todos?
—Miles.
Caminaron hasta una pequeña construcción de piedra. Detrás había un muro derrumbado. El abuelo retiró unas ramas secas y entonces Daniel lo vio.
Era pequeño, mucho más pequeño de lo que había imaginado. Su tronco parecía una mano cerrada sobre sí misma. Las hojas eran escasas. Pero estaba vivo.
—No puede ser.
—Es el último.
Daniel se quedó inmóvil.
—¿El último olivo?
Su abuelo asintió.
—Que sepamos.
Entre las ramas había siete aceitunas. Solo siete.
Daniel las contó: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete.
—¿Y qué hacemos con ellas?
El abuelo lo miró.
—Eso depende de nosotros.
Regresaron a Madrid con una pequeña caja metálica.
Dentro estaba la última cosecha del último olivo.
Cuando los científicos analizaron las aceitunas, confirmaron lo que ya sospechaban.
Las semillas podían contener material genético suficiente para intentar reproducir el árbol, pero necesitaban conservarlas. No podían convertirlas en aceite.
Daniel preguntó cuánto aceite podrían obtener de aquellas siete aceitunas.
—Muy poco.
—¿Cuánto?
—Unas gotas.
Daniel pensó en todo lo que su abuelo le había contado. El pan, el tomate, las comidas familiares, las manos, los campos, los árboles, miles de años, … todo reducido a unas pocas gotas.
—¿Y si hacemos aceite?
El científico negó con la cabeza.
—Entonces será la última vez.
Daniel miró la caja.
—¿Y si plantamos las semillas?
—Puede que no germinen.
—¿Y si germinan?
—Entonces tendremos una oportunidad.
Durante unos segundos nadie habló.
El científico volvió a mirar la caja.
—Hay otra posibilidad —dijo finalmente.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Cuál?
—Podríamos extraer el aceite. Sería una cantidad insignificante, pero podríamos analizarlo. Saber exactamente cómo era. Conservarlo como una muestra histórica.
Daniel miró las siete aceitunas.
—¿Y para qué serviría?
El científico se encogió de hombros.
—Para recordar.
El abuelo negó lentamente con la cabeza.
—Ya hemos dedicado demasiado tiempo a recordar lo que destruimos.
Daniel lo miró.
—Entonces, ¿qué hacemos?
El anciano señaló la caja.
—Intentar que vuelva.
Aquellas palabras quedaron suspendidas en la habitación.
Daniel comprendió entonces que aquellas siete aceitunas no eran un recuerdo del pasado.
Eran una posibilidad.
Tal vez la última.
Daniel cogió una de las aceitunas y la sostuvo entre los dedos. Era pequeña, ridículamente pequeña. Tan pequeña que parecía imposible que dentro pudiera caber el futuro de algo que había acompañado a la humanidad durante miles de años.
—Mi abuelo dice que antes el aceite crecía en los árboles.
El científico sonrió.
—Tu abuelo tiene razón.
Enterraron la primera semilla en primavera.
No hubo ceremonias.
No hubo cámaras.
No hubo discursos.
Solo Daniel, su abuelo y un pequeño agujero en la tierra.
Durante semanas no ocurrió nada.
Después, una mañana, apareció una pequeña grieta.
Daniel fue el primero en verla.
Se arrodilló.
Apartó la tierra con cuidado.
Y allí estaba.
Un tallo verde.
Frágil.
Casi invisible.
—Abuelo.
El anciano salió de la casa.
Caminó despacio.
Cuando llegó junto a él, no dijo nada.
Se arrodilló.
Y lloró.
Daniel nunca había visto llorar a su abuelo.
—¿Por qué lloras?
El hombre acarició el pequeño tallo.
—Porque pensé que nunca volvería a verlo.
—¿Ver qué?
Su abuelo levantó la mirada.
—El futuro.
Años después, cuando Daniel ya era adulto, los primeros olivos comenzaron a crecer en distintos lugares del planeta. No fueron muchos.
Al principio apenas unas decenas. Después cientos. Los científicos aprendieron a reproducirlos. Los agricultores volvieron a trabajar algunas tierras. Los niños empezaron a conocer una palabra que durante años había pertenecido únicamente a los libros: olivo.
Daniel llevó a su hijo a aquel campo.
El niño se acercó al árbol más grande.
Lo tocó.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Es verdad que de aquí sale el aceite?
Daniel sonrió.
—Sí.
El niño miró las ramas.
—¿Y antes había muchos?
Daniel contempló el horizonte.
Durante un instante pudo imaginarlo como había sido. Miles de árboles, miles de troncos retorcidos, miles de hojas moviéndose con el viento. Una extensión interminable de verde y plata.
—Sí —respondió—. Había millones.
El niño se quedó pensativo.
—¿Y por qué los dejamos desaparecer?
Daniel no supo qué contestar.
Porque no había sido una sola persona.
Ni un solo gobierno.
Ni una sola generación.
Habían sido todos.
Poco a poco.
Decisión tras decisión.
Hasta que un día descubrieron que algunas cosas podían sustituirse, pero no recuperarse.
Daniel arrancó una aceituna madura.
La sostuvo en la palma de su mano.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Durante mucho tiempo pensamos que el aceite era lo que salía de los olivos.
El niño esperó.
Daniel miró el árbol.
—Pero estábamos equivocados.
—¿Entonces qué es?
Daniel sonrió.
—Es lo que queda cuando aprendemos a cuidar aquello que creíamos que nunca iba a desaparecer.
Una gota de lluvia cayó sobre la aceituna.
Después otra.
Y otra.
Y, por primera vez en muchos años, la tierra no pareció tener sed.