149. Cerro Zayit

Miguel Ángel Catalán García

 

Como cada mañana, se levantó antes de que despuntara el alba. Cargó en bandolera su pequeño morral de cuero con unas cuñas de queso añejo, una hogaza de pan, varias piezas de fruta y su vieja cantimplora. Cerró la puerta de su casa con una enorme llave de hierro, que escondió, como siempre, en el hueco de una teja del voladizo de su leñera.

Se encaminó a su olivar en el cerro Zayit por un sendero flanqueado de acebuches, a media hora de camino del pueblo. Con el paso de los años, el trayecto hasta el casquero se había ido alargando a la vez que menguaban sus zancadas. Esta circunstancia le servía al tío Benito para filosofar a su manera sobre el paso del tiempo y la fugacidad de la vida.

Él lo resumía lacónicamente:

— Qué pronto se me ha pasado la vida.

Sobrellevaba sus setenta años tieso como un ajo, pero su complexión fuerte había perdido vigor y la ropa ahora, al gusto de las vecinas, le quedaba holgada de más.

Se cubría del frío o del calor con una gorra campera de piel, a la que parecía haber tatuado las mismas arrugas y pliegues de su rostro curtido por el solano. Se acompañaba de un cayado de nogal para apoyarse en las pendientes o cazar algún conejo encamado entre los espartos.

Benito no era tío de nadie, pues fue el único hijo que pudo alumbrar su madre, fallecida durante el parto. Así que fue un poco hijo de todos y de nadie, con un padre viudo en aquella pedanía olvidada de Dios. La aldea, de arquitectura sencilla, mostraba vestigios diseminados de una atalaya almohade, cuyos restos, con el paso de los siglos, pasaron a forma parte de los dinteles de algunas casas y de las albarradas que separaban huertos y linderos.

A excepción del morral, Benito no cargaba con más peso porque todos los aperos necesarios los almacenaba en una pequeña caseta de piedra protegida por una puerta cuarteada a la que echaba un candado herrumbroso, más para advertir que la propiedad y sus enseres tenían dueño que para disuadir la entrada a extraños.

El olivar de cerro Zayit era su único bancal y su medio de sustento desde que lo heredara. Un legado familiar transmitido a lo largo de incontables generaciones, cuya propiedad hasta figuraba en los registros parroquiales con una antigüedad de más de trescientos años.

Además de los olivos, cultivaba una pequeña huerta al pie del cerro, que le alimentaba durante todo el año con verduras de temporada.

Con eso y con el pequeño corral situado detrás de la casa, donde guardaba una mula, un par de cabras, gallinas ponederas castellanas negras, un cerdo para cebar todos los años y algunos conejos, no pasaba necesidad. Solo transigía,  a regañadientes,  con la compra del pan.

Al tío Benito nunca le preocupó nunca su subsistencia. Todos sus ingresos procedían de la maquila de sus olivas cornicabra, una variedad muy común en la zona, cuyo aceite era apreciado por su picor y sabor afrutado. Sus antepasados lograron doblegar el carácter vecero de aquellos olivos y, salvo temperaturas extremas o plagas de mosca o de barrenillo, siempre su olivar se exhibía bien cuajado para envidia de todos los lugareños.

Porque la cornicabra si se mima -como decía él-, y no la agotas por avaricia, se mostraba dadivosa.

Con aquel aceite elaboraba su pisto manchego y guardaba en la bodega las conservas del lomo de orza y perdiz escabechada, además de alcachofas y espárragos. También conservaba pequeños botes de cristal con el ungüento mezcla de cera de abeja, caléndula y aceite que usaba para los sabañones y los cortes feos provocados por el hocino y el serrucho en la poda

De esta manera atendía sus necesidades, aunque, como él sentenciaba cuando le bromeaban con ser el soltero de oro del pueblo:

No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita’.

El cerro Zayit era considerado por los lugareños el patrimonio más valioso y singular del pueblo, y por el que algunos paisanos le ofrecían ocasionalmente ofertas de compra, aunque tío Benito hasta la fecha siempre contestaba:

Ya veremos.

Tío Benito no podía reprimir un suspiro de satisfacción cuando contemplaba el verdor intenso y brillante de las copas de sus oliveras. Desde lo alto en el cerro, parecían un batallón de centinelas apostados para proteger a todo el pueblo y a sus habitantes.

Mientras caminaba aquella mañana de finales de primavera, recordaba el rigor del pasado invierno, que le había obligado a encender fogatas en el bancal para calentarse de vez en cuando las manos y templar el cuerpo.

¡Cuántas veces el gesto repetido de las olivas cargadas desde los mantones, después de ser vareadas, para introducirlas con enérgicos manotazos en las bocas de los sacos de arpillera para acabar con el atado de lazada usando cuerda de esparto!

Cargados los sacos a lomos de la caballería, en serones, después de tantos años de acarreo, el animal no precisaba de unas manos en el ramal que le guiase hasta el pueblo. Su instinto evitaba los tramos helados de la senda, especialmente en las zonas de umbría.

Las fiestas de San Isidro quedaron atrás y era tiempo de escarda.   Le gustaba estallar los pies dos veces al año, a finales de mayo y para San Roque, aunque sus paisanos eran más partidarios de trabajar solo una vez y dejar esta tarea para finales de agosto.

Él prefería escardar dos veces porque el trabajo se le hacía más llevadero. Los brotes entonces estaban tan tiernos, que a veces bastaba quitarlos con la punta de la uña, y las varetas aún eran más pequeñas y poco vigorosas.

Había convertido el trayecto al olivar en un camino de reflexión y andaba con su morral como un monje benedictino en meditación tras el rezo de vísperas.

A cada paso se repetía, día tras día, las mismas preguntas al pasar por los mismos lugares. Los reconocía por la presencia de algún corro de chaparros o encina singular, o por algún recodo rocoso de formas caprichosas, como aquel con forma de silla, donde a veces se sentaba para recuperar el resuello.

¿Qué iba a ser de su olivar cuando él desapareciera? ¿Quién se haría cargo del legado de toda su vida y de la de sus antepasados?

Y para su desesperación, no encontraba una respuesta. No encontraba a nadie que reuniera los méritos necesarios para cuidar y preservar aquella herencia.

En el cruce de caminos que dividía la senda de la vega del ramal hacia las estribaciones de la sierra, siempre concluía con pensamientos similares.

—Los hombres pensamos con soberbia que disponemos de tiempo infinito, cuando esa es gracia exclusiva del Altísimo. Y yo ahora, como otros afortunados,  puedo reconocer que el tiempo se me agota y que muchos propósitos dejaré inconclusos. A los más desafortunados no les queda tiempo ni para eso y la muerte les sorprende sin aviso. Aunque quien sabe —suspiró—, quizás sea lo mejor.

A veces se arrepentía de haber rechazado la oferta del Museo Nacional de Arqueología para quedarse con la propiedad con fines de estudio e investigación. A cambio le permitirían seguir explotando el olivar.

Pero también a eso contestó:

— Ya veremos.

Para su asombro la delegación de Madrid, que le visitó en su casa acompañada del señor alcalde pedáneo, le demostró que cerro Zayit ya estaba datado en el año 1.100 en una relación de propiedades de la Marca Media perteneciente al califato de Cordoba. También aparecía en los estudios del sabio agrónomo árabe Ibn Hajjaj al-Garnati, depositados en la que fue la mayor biblioteca de Occidente del siglo X.

Los estudiosos estaban convencidos de que en el cerro Zayit encontrarían cerámica, monedas y restos arqueológicos valiosos de construcciones de la época omeya.

Por más que le insistieron sobre el valor histórico y patrimonial de los muros que conformaban las terrazas del olivar y de las pequeñas acequias que descendían por el lado sur para inundar de agua los alcorques excavados y mantenidos con esmero a sus golpes de azada,  éste se negó con su fórmula habitual:

—  Ya veremos.

Los razonamientos cruzados entre los profesores y el tío Benito de aquella jornada todavía provocaban carcajadas en los corrillos del bar en las tardes de invierno, cuando los vecinos se entretenían con la humareda del tabaco negro de liar y el golpeteo seco de las fichas de dominó sobre los veladores.

Sabían los lugareños que, por muchas veces que le animaran a que repitiese aquel encuentro con los señoritingos del Museo de la capital, las risotadas estaban servidas. Y eso que el tío Benito nunca se salía del guion, añadiendo o inventando nuevas anécdotas.

Y el «ya veremos» volvía a salir a escena.

Ni muerto ni cadáver iba a permitir a un grupo de extraños que pisoteara como un rebaño de ovejos su olivar, excavando hoyos y extrayendo piedras que provocaran el derrumbe de algún murete o desplazar paramentos que habían sobrevivido intactos a lo largo de los siglos, tanto en tiempos de paz como de guerra.

Cerro Zayit era el único olivar con regadío de toda la comarca, pero esa no era la única condición que le hacía singular. Sus olivos de tres y cuatro pies exhibían un grosor de portes centenarios y horadaban con sus raíces en la profundidad de la tierra, fijándolos al suelo en una trabazón firme como las anclas de un buque fondeado.

El olivar se asentaba sobre unas terrazas de piedra seca que circundaban todo el cerro hasta la misma cima, coronada por un enorme y profundo aljibe que recogía el agua de lluvia y una excepcional corriente de agua subterránea.

El cerro con forma de cono estaba parcelado en una docena de terrazas y el vuelo de los olivos anillaba con un aura esmeralda toda la superficie del casquero.

Desde el aljibe se descolgaba una acequia principal con hileras de canales paralelos a las terrazas que repartía agua a los alcorques.  Cuando estaban llenos, cegaba el canal con una pequeña losa para impedir la entrada de más agua y regar la terraza inferior. Y así sucesivamente hasta llegar al pie del cerro, utilizando el sobrante para los cultivos de la huerta.

El tío Benito respetaba y conservaba la tradición de su abuelo, quien había bautizado el bancal de cada terraza con nombres bíblicos del Antiguo Testamento para acordarse mejor de las tareas pendientes.

De vuelta a casa repetía sin dificultad los trabajos de las futuras jornadas: desvaretar a los hijos de Abraham, Samuel y Moisés para mañana; podar a las doce tribus de Israel antes de la Candelaria; bajar y clarear los tamarones a los hijos de Raquel, Lea y Rebeca; acopiar cobre para el demonio del repilo y sulfatar antes de Todos los Santos…

Y, con este murmullo de monje al rezo de un rosario de labores, profetas y fiestas de guardar, volvía a casa a prepararse la cena y descansar.

Esa mañana se levantó con un poco de angustia en el cuerpo y, cuando salió de casa, pensó que las goteras de la edad no perdonan ni hay tejas que las reparen.

Una vez más por el camino, se arrepintió de no haberse casado. Iba ser él, el que terminara con una larga tradición, dejando el cerro Zayit sin un heredero legítimo y capaz.

Pero ¿quién habría sido la desesperada que no sólo quisiera emparentar con él,  sino que además estuviera dispuesta a compartir la compañía de su padre? Había perdido el juicio bien temprano al quedar viudo y solo lo recuperaba en momentos fugaces cuando le preguntaba por el olivar.

¿Qué si estaba bien cuajado? ¿Que si se iba a acordar del verdeo para poderle hacer sus tres cortes con su navajita y echarlas en agua para aliñarlas con ajo,  romero , laurel y tomillo?  ¿Que no dejara subir al cielo los cogollos y los clareara? ¿O cuántos kilos y qué rendimiento había obtenido en la maquila de la almazara en la última cosecha?

Después de eso la mente de su padre se perdía en cosas vividas o soñadas y a veces tenía prontos tan violentos que debía atarlo a la cama.

¡Menudo plan para un casamiento!

La angustia no cesaba. Cada vez sus pasos eran más cortos y apenas levantaba el cayado con su brazo izquierdo para apoyarse. No le faltaba mucho para llegar, pero se sentía agotado.

Era todavía primavera y corría una brisa fresca con aroma a pino, espliego y romero que le dulcificaba la mueca de dolor con una tenue sonrisa.

¡Así es la tierra!

Y bendijo al aire que le aliviaba el sofoco.

«Creo que hasta aquí hemos llegado», pensó.

Dibujó con el cayado una línea recta sobre el ruedo del olivo más cercano.

«Ahora ya no es angustia, es un dolor que me quema el pecho y el brazo».

Se derrumbó en el suelo y logró apoyar la espalda sobre el tronco del primer olivo de la terraza de Abraham

Parecía resignado a su suerte. Se consoló sentenciando que tampoco era mala muerte.

En voz baja se decía sentir en las manos la tierra que le había dado de vivir, la corteza áspera de los olivos que había cuidado como ellos a él, y miraba un azul raso, que le presagiaba el cielo eterno, si todos sus pecados le eran perdonados.

—Al final —suspiró—, voy a ser el último de la estirpe de la heredad del cerro Zayit, después de incontables generaciones.

Otra quemazón en el brazo interrumpió sus pensamientos, que vagaban ahora lentos y dulces sobre su pasado. Quiso mirar por última vez la cima del cerro.

Sintió una convulsión en las piernas que ascendía por la espalda y maldijo su suerte.

Siempre había esperado una muerte tranquila y no agónica, sin estremecimientos ni estertores que retorcieran su cuerpo como un loco.

Entonces extrañado se dio cuenta de que el temblor que lo agitaba no procedía de su cuerpo, sino del tronco del olivo donde estaba recostado.

Parpadeó varias veces incrédulo.

Desde la cima del cerro llegaba un ruido sordo y una nube de polvo.

La cúpula y los muros del aljibe comenzaron a desmoronarse. Una ola de tierra y piedras, procedente de los muros de las terrazas, avanzaba y se desplomaba de forma inexorable. El cerro se hundía sobre sí mismo, dejando a su vista una porción mayor de horizonte.

En segundos aquella rompiente ocre de tierra y piedras llegaría hasta él en un silencio extraño y profundo y le sepultaría con sus olivos.

Y cerro Zayit desapareció de la faz de la tierra, así como su último dueño.

No procedió misa exequial para el tío Benito porque nunca se encontró su cuerpo como tampoco lápida en el campo santo.

La aldea recordaba a su paisano con un cartel turístico que indicaba a los viajeros que el enorme agujero excavado en la tierra se conocía en la actualidad por Torca Zayit.

En una vitrina acristalada y con marco de madera adosada al cartel aparecía impresa la página de un diario local en la que se publicaba el hundimiento del cerro Zayit. Sin foto, se informaba que el siniestro había dejado una víctima a la que las autoridades daban por desaparecida.

El día que la tierra se tragó el olivar del cerro Zayit, incluido el propio otero donde estaba plantado, todo el mundo en la comarca supo que el tío Benito había muerto.

Al invierno siguiente, cuando los vecinos se juntaban para jugar al dominó y las cartas, escuchaban decir de forma balbuciente al borracho del pueblo.

—El tío Benito, genio y figura hasta en la sepultura. Él ya lo sabía. ¿Por qué creéis que, cada vez que le mentaban el olivar y su futuro contestaba con esa flema: «ya veremos»? Porque lo sabía, lo sabía. Sabía que se llevaría con él el olivar de cerro Zayit. Y ahora se ríe de todos nosotros mientras lo está podando.

Nadie le mandaba callar en el bar porque las palabras del borracho y de los niños dicen siempre la verdad.  Y cerrando a pitos o cantando las cuarenta, en la baza ganada, brindaban risueños a la memoria del tío Benito.

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