148. La sombra a dos euros

Clara Valdivia

 

El primer cliente llegó un martes de julio, a las cuatro y veinte, cuando Joaquín había decidido que hasta las seis no pensaba moverse del olivo de la linde.

Estaba con la gorra sobre los ojos y una botella de agua entre las botas. Desde la carretera apareció un ciclista extranjero, rojo de calor, empujando la bicicleta. Señaló el suelo.

—¿Puedo?

Joaquín se encogió de hombros.

—La sombra no es mía.

El hombre se dejó caer junto al tronco. Bebió, respiró un rato y, antes de marcharse, quiso darle una moneda de dos euros.

—Por el agua —dijo en un español trabajoso.

Joaquín se negó. El ciclista insistió. Acabó dejando la moneda sobre la piedra del lindero. Joaquín la recogió cuando el ciclista ya estaba lejos y se la metió en el bolsillo. En casa terminó en un plato de loza del aparador, junto a dos llaves que nadie sabía qué abrían y una pila gastada.

Aquella noche, durante la cena, Joaquín contó la historia.

—Dos euros por sentarte debajo de un olivo —dijo Andrés, su hijo—. Y tú llevas cuarenta años diciendo que el campo no da dinero.

Pilar dejó la ensalada en la mesa.

—No le des ideas.

A la mañana siguiente, en la entrada de la finca había un cartón sujeto con dos alambres:

SE ALQUILA SOMBRA
2 € / MEDIA HORA
AGUA GRATIS

Pilar lo encontró colocando una silla de anea bajo el árbol.

—Te estás quedando tonto.

—Puede ser.

—¿Y si viene alguien?

—Pues que se siente.

El olivar tenía cuatrocientas doce plantas según la última declaración de la PAC y cuatrocientas once según Joaquín. El plantón que Andrés había puesto junto al camino no contaba todavía; llevaba dos años allí y apenas levantaba del suelo.

La finca había sido de su padre y antes del padre de su padre. En marzo se estropeó la bomba del pozo. En mayo hubo que cambiar dos ruedas del tractor. Luego llegó el recibo del abono. Andrés guardaba las facturas en una carpeta azul y cada vez que la llevaba al cortijo Joaquín procuraba buscarse algo que hacer fuera.

Desde enero hablaban de vender.

Una empresa había ofrecido comprar la finca para levantar un alojamiento rural con piscina, aparcamiento y catorce habitaciones «integradas en el paisaje». El proyecto conservaba los olivos que quedaban cerca de los caminos y de la futura piscina.

—¿Y estos? —preguntó Joaquín, señalando en el plano una mancha de árboles al fondo.

El representante pasó la uña por el papel.

—Aquí habría que despejar.

Joaquín dobló el plano y se lo devolvió.

Durante tres días nadie alquiló la sombra.

El cuarto se detuvo un coche con matrícula francesa. Bajó una pareja, leyó el cartel y preguntó cuánto costaba una hora.

—Cuatro euros.

La mujer señaló dos árboles.

—¿Podemos elegir?

Joaquín miró alrededor.

—Ese de la piedra es más fresco. El otro tiene mejores vistas, si han venido a mirar olivos.

Eligieron el de la piedra.

Pilar apareció al rato con pan tostado, un cuenco de aceite y tomate con sal.

—Esto no entra en los cuatro euros —advirtió.

Los franceses sonrieron sin entenderla. Se lo comieron todo.

Lucía, la nieta de Joaquín, llegó dos días después para pasar parte de agosto en el pueblo. Estudiaba Comunicación Audiovisual en Granada. Encontró a su abuelo discutiendo con un matrimonio de Albacete sobre si la media hora empezaba al sentarse o al dejar de sudar.

—Abuelo, te están pagando.

—Por sentarse.

—Te están pagando.

Lucía hizo unas fotos, las colgó en el perfil de la asociación del pueblo y puso un número para reservar. El primer fin de semana llamaron cuatro personas. Al siguiente fueron nueve. Después telefoneó una guía de la comarca que quería llevar a un grupo pequeño.

—¿Y qué les voy a contar yo?

—Lo que haces aquí.

—Trabajar.

—Empieza por ahí.

Antes de la primera visita, Lucía clavó una tabla junto al cartel:

SOMBRA — 2 €
SOMBRA + PAN CON ACEITE — 5 €
SOMBRA + PASEO CON JOAQUÍN — 7 €

—Siete euros por pasear conmigo —dijo Joaquín—. A tu abuela le va a dar algo cuando se entere de lo que ha estado haciendo gratis.

El grupo llegó un viernes: una familia de Valencia, dos maestras de Bilbao y un hombre de Córdoba con una libreta pequeña. Joaquín los llevó hasta un olivo de tres pies.

—Este ya estaba aquí cuando mi abuelo era un crío.

Una de las maestras levantó el teléfono.

—¿Cuántos años tiene?

—Muchos.

—¿Doscientos?

—Ni idea. En cuanto un olivo es viejo, aparece alguien diciendo que lo plantaron los romanos. Yo no conocí al romano.

Siguieron caminando. Joaquín cortó una ramita y les enseñó dónde esperaba fruto. Abrió una aceituna con la uña, todavía dura, y habló de la vecería y de lo que podía hacer una helada a destiempo. Cuando el hombre de Córdoba preguntó por el aceite de oliva virgen extra, Joaquín señaló las cajas que esperaban junto al cobertizo.

—Hay que traer la aceituna sana y llevarla pronto a la almazara. Luego allí saben más que yo.

—¿Y para saber si es bueno?

—Huélalo. Después lo prueba.

—Eso ya lo sabía.

—Pues una cosa menos que tengo que contarle.

Bajo el toldo, Pilar servía aceite de la cooperativa en vasos pequeños.

—Con la mano —decía cuando alguien agarraba el vaso por arriba—. Calentadlo un poco.

Uno de los visitantes tosió al probarlo.

—Pica.

—Mejor —dijo Pilar.

—¿Eso es bueno?

—En este, sí. En otros, ya veremos.

Joaquín la oyó desde el otro lado de la mesa.

—A ti te van a tener que poner también en el cartel.

—Ni se te ocurra.

Aquel día vendieron seis botellas. La semana siguiente, cuatro. La otra, ninguna.

Andrés ayudaba a cargar cajas cuando salía del taller, aunque seguía apareciendo con la carpeta azul.

Una tarde la abrió sobre la mesa de la cocina.

—En octubre vence esto.

Joaquín miró la cifra.

—Ya.

—Y en noviembre, esto otro.

—Ya lo veo.

Lo que dejaban las visitas había pagado parte del gasóleo y el arreglo de la bomba. Poco más.

—La oferta sigue en pie —dijo Andrés.

Joaquín cerró la carpeta.

—Pues déjala de pie.

Dos días después volvió el representante de la empresa. Esperó a que terminara una visita y pidió hablar con Joaquín.

—Hemos visto lo que están haciendo. Podría encajar en el proyecto.

—¿El qué?

—Las visitas. La cata. Mantendríamos esta parte del olivar y podríamos contar con usted para la experiencia de los huéspedes.

Joaquín miró el cartel que Lucía había encargado: EL OLIVAR DE JOAQUÍN. SOMBRA, ACEITE Y PASEOS.

—¿Después de comprarlo?

—Claro. Habría que definir su colaboración.

—Primero lo compran y luego me llaman para que lo explique.

El hombre hizo un gesto con las manos.

—Si quiere decirlo así.

—Es que así lo entiendo mejor.

No discutieron mucho más. Cuando el coche se perdió por la carretera, Pilar salió con una bolsa de basura.

—¿Ha subido la oferta?

—No me ha dado tiempo a preguntarlo.

—Entonces has hablado demasiado.

Aquella noche Joaquín encontró a Andrés en el patio. Eran más de las tres. El hijo tenía el móvil entre las manos, con la pantalla apagada.

—¿Lo has llamado tú? —preguntó Joaquín.

Andrés asintió.

—Antes de que empieces: no quiero vender por gusto. El taller está flojo, tengo la hipoteca y los niños. Todos los años ponemos algo aquí. Unos años más y otros menos, pero ponemos. Yo ya no sé si estamos sosteniendo la finca o aplazando lo mismo.

Joaquín se quedó mirando una grieta entre dos baldosas.

—Podías habérmelo dicho.

—Te lo llevo diciendo seis meses.

No hablaron durante un rato. Al otro lado de la tapia, un perro empezó a ladrar y otro le contestó desde más lejos.

A la mañana siguiente Joaquín quitó el cartel de los dos euros.

Lucía lo vio desde la ventana.

—¿Qué haces?

—Tengo que echar cuentas.

—¿Te ayudo?

—Cuando me atasque.

Durante varios días no aceptaron visitas. Joaquín fue a la cooperativa, preguntó por los seguros y habló con una mujer que organizaba rutas por la comarca. El dueño del horno le dio precio para el pan. Andrés le hizo una hoja con gastos e ingresos y luego tuvo que explicársela dos veces.

El domingo se sentaron los cuatro en la cocina.

Empezarían con cuatro visitas al mes, siempre con reserva. Paseo por el olivar, explicación de las labores que hubiera en ese momento, cata, pan del horno y venta directa. En invierno, si alguien quería ver la recogida, tendría que venir a la hora a la que se recogía.

Andrés repasó la hoja.

—Esto no paga la finca.

—Ya.

—Puede ayudar.

—Para eso lo hacemos.

Andrés pasó el dedo por una casilla.

—Aquí falta el IVA.

Joaquín se quitó las gafas.

—Déjamelo para después de comer.

La primera visita de la nueva etapa fue a finales de septiembre. Llegaron catorce personas; Lucía había admitido dos más de las acordadas y Joaquín se lo recordó antes de empezar.

Las aceitunas seguían verdes. Al abrir una entre los dedos, la pulpa dejó un olor áspero en la yema. Joaquín llevó al grupo hasta el olivo de la piedra.

Un niño levantó la mano.

—¿Este es el de la sombra?

—Este es.

—¿Y sigue costando dos euros?

—No. La sombra ya no la cobramos.

—¿Entonces qué pagamos?

Joaquín señaló a Pilar, que estaba colocando los vasos de la cata.

—El aceite, el pan y el rato que os damos la lata.

Al terminar, el niño volvió mientras su padre compraba dos botellas.

—Tome —dijo, tendiéndole una moneda de dos euros—. Por la sombra.

—Ya te he dicho que es gratis.

El niño cerró los dedos de Joaquín alrededor de la moneda y salió corriendo hacia el coche.

Joaquín la miró un instante. Después fue hasta la mesa donde Pilar cobraba. Abrió la caja de lata y dejó los dos euros con el cambio.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad