147. La merienda de la abuela

Juan Mariano Franco Montes

 

Hay recuerdos que nunca se olvidan. Han pasado muchos años y, cuando cierro los ojos, no necesito ver nada. Solo con el olfato me dejo llevar hasta la cocina de mi abuela.

Cogía una esquina de la hogaza de pan y, con la punta del cuchillo, hacía un pequeño hueco en el migajón. Después lo llenaba de un aceite cuyo aroma, estoy seguro, lo olían hasta los ángeles los domingos en el cielo.

Era un aceite que se deslizaba lentamente por el pan y, cuando mojabas el migajón, acababa resbalando entre los dedos. A mí nunca me importó mancharme las manos. Aquello sabía a gloria.

Y, por si fuera poco, mi abuela lo acompañaba con un gran terrón de azúcar, o azúcar por encima del pan con el  aceite.  Entonces el azúcar se vendía molida o en terrones, dentro de un cartucho de papel de estraza. Esa fue la merienda de miles y miles de niños que, como yo,  esperábamos la cena.

Hoy comprendo que mi abuela no solo me daba pan, aceite y azúcar. Me estaba regalando un recuerdo para toda la vida.

Hay aromas que el tiempo nunca consigue borrar.

Gracias, abuela.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad