143. La cuerda y la raíz

Ana Paula Gunkel

 

A las seis de la tarde, cuando el calor empezaba a retirarse de los caminos, Daniel llegó al olivar con una cuerda enrollada en el asiento trasero.

El auto avanzó lentamente por la huella de tierra. A cada lado se extendían los olivos, pequeños y retorcidos, con las hojas plateadas por el viento. Algunos estaban cargados de aceitunas verdes; otros, más viejos, parecían árboles quemados por dentro. Daniel los había visto muchas veces desde la carretera, pero nunca se había detenido a mirarlos.

El olivar pertenecía a una finca abandonada. El antiguo dueño, don Eusebio, había muerto sin hijos y nadie quiso hacerse cargo de las tierras. Durante años, las ovejas atravesaron los cercos, las ramas crecieron sin poda y las aceitunas caían al suelo para pudrirse entre las piedras.

Daniel había ido allí porque desde ese lugar se veía el valle entero.

Se veía el pueblo, con sus tejados rojizos y la torre de la iglesia. Se veía el hilo fino de la carretera, Se veía la estación de servicio donde había comprado un café esa mañana. Se veía, incluso, la mancha azul del embalse, donde el cielo parecía haberse derramado.

Apagó el motor.

Durante unos minutos permaneció dentro del auto, con las manos temblorosas sobre el volante.

No sentía tristeza. La tristeza, al menos, tenía cierta temperatura. Lo que había en él era más parecido a una habitación vacía.

Sobre el asiento del acompañante había dejado una bolsa plástica con una botella de agua, una navaja y un racimo de uvas. Las había comprado en un mercado de carretera. Eran grandes, oscuras, demasiado dulces.

Daniel tomó una. La lavó con el agua de la botella y la colocó entre los dientes. La piel estalló con un chasquido leve. El jugo le llenó la boca. Era frío, aunque la tarde ardiera. Sabía a tierra, a hojas, a una dulzura breve y profunda. Daniel cerró los ojos.

No era un sabor extraordinario. No tenía música, ni revelación, ni la fuerza de una palabra largamente esperada. Era apenas una uva.

Pero la uva estaba allí.

Y eso, por un instante, pareció suficiente.

Masticó lentamente. Sintió cómo las semillas pequeñas se movían contra la lengua. Después tragó.

Abrió los ojos.

Frente al auto había un olivo enorme. No era el más hermoso ni el más joven. El tronco estaba dividido en tres partes, como un cuerpo que hubiera intentado caminar en direcciones distintas. Una de las ramas principales estaba seca. La otra, sin embargo, conservaba hojas nuevas.

Daniel bajó.

La cuerda seguía en el asiento trasero.

Caminó hasta el árbol y apoyó la espalda contra el tronco. La corteza le raspó la camisa. Sobre su cabeza, las hojas se rozaban unas con otras, produciendo un murmullo que no llegaba a ser un sonido.

Pensó en la uva.

Pensó que una persona podía vivir sin comprender el mundo, pero no sin encontrar de vez en cuando algo para saborear en su boca.

Una uva.

Un trozo de pan.

Una aceituna.

El sabor no solucionaba nada. Pero abría una pequeña interrupción en la oscuridad.

Daniel retiró la cuerda del auto y la dejó en el suelo junto al tronco.

Después regresó al pueblo.

La mujer del almacén se llamaba Amalia. Tenía el cabello blanco, una voz ronca y la costumbre de envolver cada producto en papel de diario, aunque no lo pidieran.

—¿Vas a podar? —preguntó cuando Daniel compró una tijera, una azada y una garrafa de combustible.

—Voy a limpiar un olivar.

—Ese olivar no se limpia. Se vende.

—No es mío.

—Peor todavía.

Amalia pasó los productos por la balanza.

—¿Sabés algo de olivos?

—No.

—¿Sabés algo de aceite?

—Tampoco.

—Entonces vas a aprender.

Daniel pagó.

Antes de salir, ella lo llamó:

—El árbol más grande todavía produce.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque los árboles no dejan de hacer lo suyo porque uno deje de mirarlos.

Daniel no respondió.

Durante las semanas siguientes regresó al olivar todos los días. Al principio llevaba la ropa equivocada: zapatos de ciudad, camisas claras, pantalones muy inapropiados para arrodillarse en la tierra. Se llenó de cortes en las manos y ampollas en los dedos.

Aprendió a distinguir una rama enferma de una rama dormida. Aprendió que las raíces buscaban el agua por debajo de las piedras. Aprendió que no debía cortar una rama solo porque estuviera seca en la punta. Los árboles guardaban vida en lugares que parecían muertos.

El primer día limpió la maleza alrededor del tronco.

El segundo cavó una zanja para conducir el agua de lluvia.

El tercero descubrió una vieja acequia tapada por la tierra.

Durante un mes trabajó sin hablar con nadie.

Desde el pueblo, algunos lo veían atravesar la calle con las herramientas al hombro. Pensaban que era un excéntrico, un hombre sin trabajo que había encontrado una manera de cansarse. El dueño del bar le preguntó si estaba preparando una secta.

—Estoy preparando aceite —dijo Daniel.

—¿Con esos árboles?

—Con esos árboles.

El dueño del bar se rió.

—Para eso primero hay que esperar que den aceitunas.

Daniel miró hacia la ventana.

—Ya las dan.

La primera persona que subió al olivar fue una niña llamada Lucía. Tendría nueve o diez años y llevaba una bicicleta roja. Se acercó mientras Daniel cavaba junto a una pared derrumbada.

—Mi mamá dice que no hable con desconocidos.

—Tu mamá tiene razón.

—Pero vos no parecés peligroso.

—Eso también puede ser peligroso.

La niña miró las ramas.

—¿Vas a vivir acá?

—No sé.

—¿Vas a hacer aceite?

—Eso espero.

—¿Cómo se hace?

Daniel apoyó la azada.

—Primero hay que recoger las aceitunas.

—¿Y después?

—Romperlas.

Lucía abrió los ojos.

—¿Romperlas?

—Sí.

—¿Y no se enojan?

—Las aceitunas no se enojan.

—¿Estás seguro?

Daniel observó el árbol mayor.

—No del todo.

La niña dejó la bicicleta junto a la pared y lo ayudó a levantar unas piedras. Antes de irse, encontró una aceituna caída, la limpió contra el vestido y se la llevó a la boca.

Escupió de inmediato.

—Es horrible.

—Todavía no es aceite.

—¿Y cuándo se vuelve bueno?

Daniel miró las montañas.

—Cuando uno sabe qué hacer con lo amargo.

El invierno llegó con heladas.

Daniel construyó un pequeño cobertizo junto a la acequia. Dormía allí algunas noches, sobre un colchón que había conseguido en el pueblo. Otras veces regresaba a su departamento, aunque le resultaba cada vez más extraño entrar en aquella habitación donde todo seguía igual.

El teléfono permanecía apagado.

No quería recibir mensajes de su hermano, ni de su ex mujer, ni del banco. No quería escuchar voces que le preguntaran si estaba mejor.

Estar mejor era una expresión demasiado grande. Él solo estaba allí.

Una mañana encontró al propietario del terreno junto al olivo.

Era un hombre alto, vestido con botas nuevas y un abrigo de cuero.

—¿Usted es Daniel?

—Sí.

—Me dijeron que viene trabajando la finca.

—La estoy limpiando.

—Sin permiso.

—La finca estaba abandonada.

—No importa.

El hombre sacó unos papeles del bolsillo.

—Voy a vender todo esto para un proyecto turístico de domos rurales. Si tiene herramientas, retírelas antes de fin de mes.

Daniel miró los olivos.

—Los árboles están produciendo.

—Producen poco.

—Pueden producir más.

—No me interesan los árboles.

—¿Qué le interesa?

—El terreno.

El hombre guardó los papeles.

—No se encariñe.

Daniel pensó en la uva. En su piel tensa, en la pulpa que había cedido entre los dientes. Pensó que quizá encariñarse era una forma de resistencia, aunque no sirviera para impedir que alguien comprara una tierra.

—No estoy encariñado —dijo.

El hombre sonrió.

—Mejor.

Cuando se fue, Daniel se quedó junto al tronco.

No sabía por qué la amenaza de las domos rurales le producía tanta angustia. Los árboles no eran suyos. Nunca lo habían sido. Él había llegado con una cuerda y una intención. Se marcharía con las manos vacías.

Sin embargo, esa noche durmió poco.

Antes del amanecer, salió del cobertizo y encendió una lámpara. A la luz amarilla, el olivo parecía más grande que la noche. Daniel apoyó una mano sobre la corteza.

—No sé cómo defenderte —le dijo.

La corteza permaneció fría.

Pero una gota de agua cayó desde una rama y le golpeó la muñeca como una lágrima, como una forma de respuesta.

La primavera trajo flores pequeñas. Daniel no las había visto nunca. Eran diminutas, casi insignificantes, ocultas entre las hojas. Una mañana el árbol mayor parecía cubierto por una especie de polvo blanco.

Lucía llegó con un cuaderno.

—La maestra dijo que las flores tienen que ser bonitas para servir.

—La maestra se equivoca.

—¿Por qué?

—Porque algunas cosas trabajan en silencio.

La niña se sentó sobre una piedra.

—¿Todavía querés morirte?

Daniel dejó de podar.

El viento agitó las hojas.

—¿Quién te dijo eso?

—Mi mamá.

—¿Por qué habla de mí?

—Porque sos el hombre del olivar.

—Hay muchos hombres.

—No como vos.

Daniel clavó la tijera en la tierra.

—No quiero morirme hoy.

Lucía lo observó con seriedad.

—¿Y mañana?

—Mañana tengo que revisar la acequia.

—Entonces tampoco.

—Probablemente.

La niña abrió el cuaderno y le mostró un dibujo. Había garabateado el olivo como solo el pulso infantil puede hacer. Un tronco enorme y raíces extendidas bajo la tierra. En una de las ramas, una figura pequeña sostenía una botella.

—¿Eso soy yo?

—Sí.

—¿Y la botella?

—Aceite.

—Todavía no tenemos aceite.

—Pero lo vas a hacer.

Daniel sonrió por primera vez en varios meses.

Cuando llegó el verano, las flores se transformaron en frutos diminutos.

La finca comenzó a tener otro aspecto. Las ramas que Daniel había podado recibieron luz. La tierra, libre de malezas, conservaba mejor la humedad. El olivo mayor estaba cubierto de pequeñas aceitunas.

Daniel compró un burro a un hombre de la comarca. Lo llamó Emilio, porque el animal tenía una paciencia que él nunca había poseído. Con Emilio transportaba agua, herramientas y sacos de abono.

Algunas tardes subían turistas por el camino. El propietario había empezado a anunciar “paseos por un olivar tradicional” aunque todavía no había construido los famosos domos rurales.

Los visitantes fotografiaban a Daniel.

—¿Es usted parte de la experiencia? —le preguntó una mujer.

—No.

—¿Trabaja aquí?

—Sí.

—¿Podemos verlo podar?

—No estoy podando.

—¿Y qué está haciendo?

Daniel miró la rama que sostenía entre las manos.

—Esperando.

Los turistas se marcharon decepcionados. Esperar no era una actividad que pudiera venderse.

En octubre, las aceitunas comenzaron a cambiar de color. Algunas permanecían verdes; otras adquirían manchas violetas. Daniel recorrió cada árbol con una libreta. Anotaba cuáles tenían más frutos, cuáles habían sufrido plagas y cuáles necesitaban una poda más severa.

Había dejado de pensar en su vida anterior. No porque la hubiera resuelto, sino porque cada día le ofrecía una tarea por cumplir.

Limpiar.

Regar.

Esperar.

Cortar.

Recoger.

Una mañana volvió al mercado donde había comprado las uvas aquella vez. Amalia seguía detrás del mostrador.

—¿Y? —preguntó.

—El árbol va a dar una buena cosecha.

—¿El grande?

—El grande y otros seis.

—¿Ya sabés hacer aceite?

—No.

—Entonces todavía te falta lo principal.

Amalia le entregó una bolsa de uvas.

—Son de la misma finca que las de aquella vez.

Daniel tomó una.

La mujer lo observó mientras la lavaba.

—¿Qué sentiste?

—¿Cuándo?

—Cuando decidiste volver.

Daniel pensó en la carretera, en la cuerda, en el olor del olivo al amanecer.

—Sentí el sabor.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Mordió la uva.

Esta vez estaba tibia. La piel se rompió más lentamente y el jugo le llenó la boca. Era dulce, pero también ácido. Tenía una pequeña dureza al final.

Daniel masticó. Después tragó.

—No es la misma —dijo.

—Ninguna fruta es la misma dos veces.

—Pero esta viene del mismo lugar.

—Eso no significa nada.

Daniel pagó y salió.

La cosecha comenzó en noviembre.

Lucía acudió con su madre. También vinieron dos vecinos, un muchacho que trabajaba en la estación y una pareja de ancianos que había conocido a don Eusebio. Extendieron lonas bajo los olivos y utilizaron peines pequeños para desprender las aceitunas.

El árbol mayor les llevó casi todo el día.

Daniel subió a una escalera y trabajó rama por rama. Las aceitunas caían sobre la lona con un sonido leve, semejante a una lluvia diminuta. Cuando terminó, el árbol quedó desnudo en algunas partes, pero no parecía vencido. Parecía aliviado.

Llevaron los frutos a la almazara del pueblo. La maquinaria era vieja, aunque había sido reparada. Primero separaron las hojas; luego lavaron las aceitunas y las pasaron por el molino.

La pasta resultante era verde y brillante.

Daniel hundió un dedo, esperó que se enfriara y probó una mínima cantidad. Era amarga. También picaba.

Lucía hizo una mueca.

—¡Otra vez es horrible!

Daniel se rió.

La pasta fue batida lentamente y después pasó por una pequeña centrífuga. El aceite salió en un hilo turbio, con reflejos dorados. Lo recogieron en un recipiente de acero. No era mucho. Un poco más de veinte litros.

Daniel lo dejó reposar durante varios días. Luego lo filtró y lo guardó en botellones oscuros.

En el primer botellón colocó una etiqueta escrita a mano:

Aceite del árbol que quedaba. Primera cosecha.

No vendió ninguno.

Regaló uno a Amalia, otro a Lucía, otro al hombre de la estación. Guardó uno para él y llevó el último al propietario de la finca.

El hombre lo observó a contra la luz.

—¿Cuánto quiere por el aceite?

—Nada.

—Entonces, ¿por qué me lo trae?

—Para que sepa qué está vendiendo.

El propietario no respondió.

Daniel se marchó.

Al llegar al olivar descubrió máquinas al otro lado del cerco. Habían empezado a abrir un camino para las futuros domos rurales. Dos olivos jóvenes estaban marcados con pintura roja. El árbol mayor aún no tenía ninguna marca.

Daniel se acercó. En las ramas más altas habían quedado tres aceitunas, pequeñas y oscuras, que nadie había recogido. No intentó alcanzarlas. Se quedó mirando el tronco.

Después caminó hasta una rama que había guardado de la poda de primavera. La había mantenido enterrada durante meses en un cajón de arena húmeda, casi olvidada. La sacó del cobertizo. Buscó un lugar donde la tierra estuviera blanda. Cortó la rama. La preparó con cuidado. Hizo un pequeño agujero junto a una piedra y hundió allí el primer esqueje. Lo cubrió con tierra. Presionó alrededor con las dos manos. Luego se incorporó.

Desde el camino llegó el ruido de una máquina. Daniel miró hacia el cerco. Las luces amarillas avanzaban lentamente entre los árboles.

Volvió al cobertizo. Su imagen desapareció por unos minutos. Cuando salió llevaba una escopeta.

Caminó hasta el olivo viejo y se sentó descansando su espalda contra el tronco.

Apoyó el arma sobre las piernas.

No la cargó. O quizá ya lo estaba.

Desde allí podía ver las máquinas detenidas al otro lado del cerco. También podía ver el pequeño montículo de tierra donde había plantado el esqueje.

Daniel apoyó una mano sobre el tronco. La corteza estaba fría.

Durante un largo rato no ocurrió nada.

El viento movió las hojas. Una aceituna cayó sobre la tierra. Daniel no se movió.

Pensó en la cuerda que había dejado meses atrás junto a ese mismo árbol.

Pensó en la uva. Pensó en Lucía y en sus preguntas incómodas, queriendo saber si al día siguiente también tendría un motivo para vivir.

Pensó en todas las cosas que todavía no sabía hacer.

Después miró el pequeño esqueje. Era apenas una rama clavada en la tierra. No había ninguna garantía de que echara raíz.

Permaneció así sentado, la escopeta seguía sobre sus piernas.

Del otro lado del cerco, uno de los motores volvió a encenderse. Daniel sintió el crujir del olivo viejo vibrar en su espalda.

Entonces levantó la cabeza. Y esperó.

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