140. La inmortalidad

Irina Nolarios

 

Llegaron desde los márgenes del tiempo buscando El Aureium.

Las leyendas hablaban de organismos ásperos capaces de sobrevivir siglos y de diminutos cuerpos finitos donde infinitas propiedades eran contenidas en formas perfectamente limitadas.

Hallaron cientos de organismos ordenados a intervalos casi idénticos, cuerpos nudosos, perforados y todavía capaces de producir materia. A su alrededor se acumulaban pequeñas formas ovaladas, densas, residuos de una actividad antiquísima.

Un poco más abajo encontraron una edificación en ruinas. No sin temor, accedieron.

En el interior encontraron conductos, cavidades, discos pétreos y mecanismos estáticos. Supusieron que aquel recinto servía para someter las formas a algún proceso desconocido.

Abrieron una cavidad metálica hermética. En el fondo quedaba una película dorada. Los instrumentos detectaron materia orgánica, grasas, agua y compuestos aromáticos. Nada explicaba por qué las leyendas atribuían a aquella sustancia propiedades medicinales, rituales y hasta sagradas.

Uno de los exploradores propuso que aquella antigua especie extinta había aprendido a destilar la duración y convertirla en materia vital.

Antes de salir del recinto, encontraron varios recipientes plásticos intactos. Limpiaron uno y reconstruyeron trabajosamente los signos.

Si no erraban, allí ponía: «Aceite de oliva virgen extra».

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