122. El cariño sin palabras

Aldo Óscar Miranda

 

Cuando Clara volvió al olivar familiar, después de la facultad, el aire tenía ese perfume antiguo que solo producen esos árboles que han visto demasiadas vidas. El maestro almazarero le ofreció probar el aceite nuevo, dorado como una mañana recién nacida. Clara cerró los ojos: el sabor era cálido, profundo, casi familiar.

Cada gota parecía recordarle esa vieja memoria con las manos de su abuelo vareando, las risas de su madre recogiendo aceitunas, los veranos interminables bajo el sol.

Mientras volvió a caminar entre los troncos retorcidos, vio una pequeña caja de madera escondida bajo una raíz. La abrió con cuidado. Dentro había una nota escrita con la letra de su abuelo y una pequeña botellita: “Cuando pruebes este aceite, sabrás la verdad.”

Clara volvió a la almazara, tomó otra copa y bebió un sorbo más largo. Entonces lo sintió: un sabor nuevo, distinto, imposible de olvidar.

Era el mismo aceite que su abuelo había probado el día que decidió cambiar todo, para comenzar de nuevo.

Y Clara comprendió que el olivar no solo guardaba recuerdos. Guardaba decisiones. Y que ahora, sin buscarlo, le estaba entregando su viejo secreto.

 

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